Dominadores y dominados. Autor: Ignacio Betancourt

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Bandera mexicana

La complejidad de los comportamientos humanos vuelve casi impredecible la conducta de dominadores y dominados (aunque no siempre). Así como el poder suele desquiciar a los gobernantes, la opresión también puede trastornar a los dominados haciéndolos imaginarse libres sólo siendo dominadores.

Igualmente, quienes acostumbran sentirse superiores a la colectividad por el hecho de gobernar distorsionan peligrosamente su percepción de los entornos, de ahí que lleguen a considerar sus decisiones como lo mejor para la población (o por lo menos para enriquecerse a sí mismos con toda impunidad). Por igual, el oprimido tanto se acostumbra a que todos lo chinguen que llega a considerar como modelo para alcanzar su liberación el abuso impune sobre los demás. Es decir, quiere un cambio para ser él quien oprima (pues es lo que ha observado todo el tiempo). Los modelos contestatarios habrán perdido funcionalidad si se carece de la suficiente autocrítica.

¿Cómo saber si quienes desean transformar un país lo hacen para mejorar sólo ellos mismos? ¿Cómo descubrir si el cambio se requiere nada más para cambiar el nombre del abusador? ¿Cómo contagiar en todos, la necesidad de una transformación a fondo? ¿Cómo convencer de que si no están bien los otros,  los indiferentes tampoco podrán estar bien? Finalmente, la única certeza es aquello de: “por sus frutos los conoceréis”.

Ya no son los tiempos en el que el PRI o el PAN propiciaban y daban por buena una aparente nueva situación política que únicamente existía para permitirles seguir viviendo de la depredación sobre los otros. Hoy que la mayoría comienza a darse cuenta de la importancia de ser la mayoría (sin que ello garantice estar a salvo de equivocaciones), es un momento privilegiado para pensar a México y al mundo de otras maneras y comenzar a cambiar desde dentro, lo que implica transformar lo que nos rodea y además lo que cada ser humano guarda en su interior, todo eso que lo ha configurado a sí mismo como alguien que sólo existe para que lo abusen. Respecto a una realidad que siempre ha resultado opresora el pensamiento también debe cambiar sus estereotipos, implica no solamente modificar lo que nos rodea y la ideas nefastas que sostienen una ideología de la depredación, sino cambiar el interior en cada ciudadano, por lo menos intentando comprender las causas profundas, no aparentes, de la realidad nacional.

Hoy se establece una nueva posibilidad de hacer política, la que las mayorías no habían ejercido desde hace décadas pues el fomento de la inutilidad colectiva así había sido determinado, tanto por Televisa como por los gobiernos y la mayoría de los medios de comunicación, incluso la academia. Hoy, las mayorías mudas y silenciosas han descubierto que tienen voz, aunque por ahora aún sea de manera acotada. Hoy es el tiempo (imagino) de intentar modificaciones no solamente de la realidad exterior sino de nuestra propia subjetividad. El cambio también implica lo invisible, es cualitativo, de ninguna manera es menor el intento requerido para una transformación amplia.

Hasta el silencio cuenta cuando el inconformarse no olvida los agravios. Ya lo dijo el ex presidente asesino, Gustavo Díaz Ordaz: “Todo es posible en la paz”. Y mejor que así sea.

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