Democracia representativa y chalecos amarillos. Autor: Alberto Carral

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Bibliotecas abarrotadas tratan el tema de las democracias representativas, sin embargo pocos estudios tan nutridos como el del filósofo francés Bernard Manin (Principios del gobierno representativo, Alianza Editorial, España, 1998) para abordar la contraposición que inicialmente hubo entre los gobiernos democráticos y los gobiernos representativos. Estos últimos fueron concebidos para excluir de la toma de decisiones políticas a los sectores populares, en abierto antagonismo y con suma consciencia para diferenciarse de las democracias de la Antigüedad y el Renacimiento.

En la actualidad, democracia y representación parecen dos caras de la misma moneda, y el concepto democracia representativa es considerado por políticos, medios de comunicación e intelectuales como un principio fundamental e indiscutible en las sociedades occidentales. La democracia representativa, con frecuencia, llega a ser asociada con diseños institucionales en donde el ciudadano no ejerce el poder público de manera directa, como si representación y participación fueran dos componentes políticos que se excluyen mutuamente; en realidad, la democracia representativa todavía mantiene esa dosis de exclusión para relegar de la política formal a los grupos sociales subalternos.

La democracia representativa tiene sutilmente confiscada la participación, sus rasgos liberales le hacen sospechar de la abierta deliberación pública. Esta exclusión política genera malestar popular, sobre todo entre sociedades con altos niveles de desigualdad social o deterioro acelerado del poder adquisitivo. Las causas de ese descontento son diversas, pero algunos síntomas parecen apuntar hacia el agotamiento del paradigma de la democracia representativa trazado por el liberalismo. Una consecuencia de esta situación es la proliferación de liderazgos políticos con discursos antisistémicos, que están encontrando campo fértil en sociedades donde la única opción de cambio político es la alternancia partidista, con todo y que partidos, gobiernos y parlamentos atraviesen por una fuerte crisis de legitimidad prácticamente en todo el orbe.

Otra manifestación de este descontento social es la movilización de los franceses ‘chalecos amarillos’. Como antecedente, la exitosa campaña política de Emmanuel Macron no fue la de un antisistema, sino la de un presunto outsider desmarcado de las anquilosadas élites políticas de centro-izquierda y centro-derecha que se habían alternado el poder durante los últimos años. El joven político supo leer las exigencias populares de cambio, aprovechar experiencias de renovación política del Mediterráneo europeo y articular un fresco equipo de campaña.

A pesar del éxito electoral, hoy la suerte de Macron es muy distinta y su gobierno, que contaba con grandes expectativas entre una mayoría de electores franceses, está siendo duramente criticado por los chalecos amarillos que comenzaron a movilizarse el pasado 17 de noviembre. Este movimiento social surge en respuesta a una política fiscal específica: el aumento al precio de los combustibles en un contexto de deterioro del poder adquisitivo. Inicialmente, el gobierno de Macron se negó a ceder a las presiones pero luego decidió posponer la decisión del incremento; no obstante, la nueva medida adoptada fue insuficiente para tranquilizar a los manifestantes.

Con los días, los chalecos amarillos pasaron del rechazo de una política fiscal al cuestionamiento de la totalidad de la política económica heredada de sus antecesores y continuada y profundizada por Macron. Los esfuerzos del gobierno francés para terminar con las protestas (alza salarial, pago de horas extraordinarias y exención fiscal a las jubilaciones) no rindieron frutos. Ahora, los chalecos amarillos están ensayando en ideas una propuesta para impulsar un nuevo diseño institucional y acercar la democracia a las instituciones representativas francesas.

El Referéndum de Iniciativa Ciudadana (RIC) es el proyecto que los chalecos amarillos están empujando para garantizar la participación de los electores en la política más allá de los canales y procedimientos hasta ahora permitidos. La propuesta contempla redactar, derogar o ratificar reformas constituciones y legales por parte de los votantes, sin necesidad del aval de los legisladores o de una fracción de ellos. Actualmente se precisa de una quinta parte de los parlamentarios para que una iniciativa ciudadana prospere.

En el fondo, el RIC postula una profunda transformación de las instituciones políticas constitucionales ante el agotamiento de la democracia representativa diseñada desde acotados principios liberales que los padres fundadores de esta institucionalidad imaginaron para prescindir de la participación popular en la toma de decisiones políticas. De prosperar el proyecto que promueven los chalecos amarillos habría un quiebre en el monopolio que las élites partidistas ejercen sobre la política formal, se produciría un importante antecedente para repensar la representatividad en las democracias y generaría una nueva relación entre electores y elegidos; sin embargo, este proceso no estaría exento de resistencias tanto dentro como fuera de Francia. En cualquier caso, los síntomas de la esclerosis en las democracias representativas son evidentes, hay que atenderlos.

@carralb_

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