De libertinos y utopías

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Cyrano de Bergerac

María del Pilar Torres Anguiano

“A donde voy, mi nariz llega 15 minutos antes que yo”.
Cyrano de Bergerac

Las mujeres siempre nos morimos por putas y por libertinas. Recordé esta dolorosa frase, leída hace tiempo en Twitter, gracias a una conversación entre dos señoras que se referían en esos términos a una joven que sufrió un accidente. Se preguntaban con ignorancia y malicia qué hacía una mujer sola, a esas horas de la noche y en el auto de un hombre que no era su marido. “Ahí andan de libertinas”. La otra decía con nostalgia que ahora ya no hay valores, que antes todo era mejor.

En esto último seguramente tiene razón, sobre todo si nos refiriéramos al mito de la edad de oro que fundamenta prácticamente toda la cultura helénica. Aquella etapa descrita en la antigüedad por el poeta Hesíodo, en la que «una dorada estirpe de hombres mortales fue creada en los primeros tiempos por los dioses que habitaban el Olimpo».

Decía el poeta que en ese tiempo mítico la Tierra producía a manos llenas todo lo que la raza humana necesitaba, por lo que no se conocían la guerra, el trabajo o las enfermedades, y la muerte llegaba a los hombres en un sueño tranquilo. Alusiones a este relato aparecen también en los diálogos de Platón, así como en diversas culturas e historias de todos los tiempos. Algunos –como el pensador medieval Joaquín de Fiore– incluso hablaban de que la humanidad tendrá una segunda época de oro. Sus ideas influyeron en el desarrollo del libertinismo filosófico.

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Los libertinos eran los partidarios de un movimiento cultural extendido por Francia en el siglo XVII, fundamentado en la idea del espíritu libre y en su aspiración por volver al estado de plenitud originario de la humanidad. En esa búsqueda, conciben la vida como algo estrictamente natural, por lo que los instintos no deben ser restringidos.

Así, los libertinos son un reflejo del renacimiento cultural, exaltando el carácter natural del hombre y buscando una renovación del espíritu a través del cuerpo. Para estos personajes, con la redención de Cristo, al hombre le fue devuelta la pureza que tenía en el Génesis. Por esta razón, consideraban también que no todo deseo natural debe ser reprimido por las personas ni condenado por la moralidad.

El libertinismo filosófico, seguido por importantes intelectuales de la época, no era el mismo que el libertinaje moral. No siempre el término fue interpretado negativamente, sino que también se refería a un “espíritu fuerte, crítico y voluntarioso”. Algunos consideraban que esta filosofía fue propiciada por el protestantismo, cuyo fundador afirmaba que sólo quien ha caído al fondo del abismo del pecado puede hacer renacer su fe para remontarse a la salvación. Poco después, con el término libertino, comienza a designarse tanto al personaje indeseable, depravado y adicto a los placeres del cuerpo como al filósofo escéptico y partidario del naturalismo.

Esta concepción del libertinismo, asociada tanto con el nihilismo moral como con la indiferencia religiosa, era popular entre los nobles y burgueses franceses. Algunos eran creyentes como Pierre Gassendi, otros ateos como Cyrano de Bergerac.

Cyrano, nacido un seis de marzo, fue un poeta y pensador francés, célebre por su actitud irreverente hacia la sociedad, la política y la iglesia. Es conocido principalmente por una obra de teatro escrita por Edmond Rostand, que presenta una visión romántica del filósofo libertino y que ha sido llevada al cine en distintas ocasiones. La más reciente en 1990, protagonizada por Gerard Depardieu. En esa historia, Cyrano es un soldado y poeta, atormentado por su fealdad y por el tamaño de su nariz. Su complejo le impide expresar abiertamente su amor por Roxane, por ello escribe bellas cartas de amor que alguien más –Christian– firmará y entregará a su amada. Ella se enamora perdidamente sin saber que es Cyrano y no Christian, el que escribe. Ambos soldados parten a una guerra en la que Christian muere, y le pide a Cyrano que le confiese a Roxane la verdad de aquellas cartas, pero él no lo hace. Más allá de la versión literaria, el personaje real fue un pensador poco sistemático y, por lo tanto, difícil de definir.

Los libertinos fueron fundamentalmente filósofos, escritores, jueces y políticos de pensamiento variado relacionados con los pequeños círculos aristocráticos franceses, que con publicaciones clandestinas trataron de influir discretamente en el poder político. Por sus características propias, el libertinismo filosófico no duró mucho tiempo; sin embargo, influye con su espíritu escéptico y provocador en el libre pensamiento de la Ilustración. Sus ideas filosóficas se diluyeron en otras corrientes, confirmando que de alguna manera –como la materia y la energía– las ideas no se crean ni se destruyen, solo se transforman.

Lo mismo pasa con el mito de la edad de oro, evocada en el presente a través de los distintos enfoques postmodernos y a veces incluso profetizada. Si se hiciera realidad, desearía que, en ella, las personas no tuvieran que ocultar sus sentimientos, como Cyrano; o sus ideas y su sexualidad, como tantos otros. Y, sobre todo, que las mujeres –libertinas o no– pudieran salir a las calles sin miedo a que algo les pase. Si no es mucha molestia, en la próxima edad de oro, me gustaría que ya no feliciten a las mujeres con flores y chocolates, cada 8 de marzo.

@vasconceliana

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