De Hamlet y la tragedia invertida. Autora: Pilar Torres Anguiano

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Para Iván Uranga

A propósito del estreno de la nueva versión del Rey León de Disney, alguien publicó la opinión de que esa historia promueve un discurso fascista y racista. Aquello dio lugar a opiniones de todo tipo. Y es que es innegable que la literatura (y sus adaptaciones al cine) tienen un poder formativo moral de alcances inimaginables. Para Rorty, por ejemplo, la novela y el cine han remplazado al sermón religioso como una de las principales vías de formación moral de la sociedad contemporánea. En este sentido, puede contribuir al desarrollo de habilidades y sensibilidades necesarias –aunque insuficientes– para la formación moral. Pero ello es un efecto, no su función. Es decir… la cosa del Rey León como promotor del discurso fascista, parece que no va necesariamente por ahí.

Sin ahondar en esa discusión, prefiero hacer énfasis en el hecho conocido de que el Rey León sólo es una historia sobre el legado de un padre para su hijo, que retoma elementos centrales de la tragedia más larga de Shakespeare. Ya saben, la del pobre príncipe Hamlet que, desesperado por la muerte de su padre y la repentina boda de su madre con el hermano de su marido, contempla la posibilidad del suicidio, pero el fantasma de su padre le anuncia que Claudio (su padrastro y nuevo rey) es la misma persona que causó su muerte y le pide vengarse.

Probablemente Hamlet es la obra dramática más famosa de la literatura occidental y una de las que mayor número de traducciones, análisis e interpretaciones ha generado. Por ejemplo, a varios desconcierta cuando Hamlet vacila en matar a su tío-padrastro. Para algunos, aquello es solamente parte del arco del personaje. Para otros es un asunto más complejo, desde la filosofía y la psicología. Así, cabría interpretar que las dudas de Hamlet se anticipan al existencialismo, que representan el escepticismo moral frente al humanismo renacentista de su tiempo; o bien, que, el conflicto central está motivado por el deseo edípico.

Sus planteamientos invertidos, soliloquios, aparentes faltas de continuidad y cambios argumentativos la convierten en una historia literariamente perfecta. No obstante, para como están las cosas, no me extrañaría encontrarme una crítica a su autor, por promover la guerra, la venganza, el asesinato, la traición, y lo que se acumule. El comentario irónico me sirve para plantear dudas más profundas:

¿Es válido usar la literatura para formar moralmente? ¿Nos prepara la literatura para enfrentar la realidad?

Para Aristóteles, en “La Poética”, una tragedia es la representación (mímesis) de una acción seria, completa en sí misma; en un lenguaje bello, que mediante una serie de hechos que suscitan compasión y aversión, tiene por efecto elevar y purificar el ánimo. La historia trae consigo conceptos de nobleza, heroísmo, templanza, fortaleza y otras virtudes que mueven a las personas.

Esa mímesis o representación que se da en las historias (desde Hamlet hasta el Rey León), luego toma un valor moral, pues el estilo mimético –dice Aristóteles– es la expresión del alma, e influye en ella, se da una asimilación de costumbres, carácter y conducta. Toda tragedia despierta compasión por el héroe y aversión por el villano, produciendo así la catarsis, que significa purificación emocional.

Este efecto es semejante en las tragedias de la vida real. Esas que vemos en las noticias y que las circunstancias nos han obligado a normalizar. Un video tomado con un celular en el que un padre, rodeado de policías que acordonan la zona, abraza el cadáver de su hijo mientras expresa con dolor. Una escena desgarradora y conmovedora. Debo aclarar que aquel video lo vi sin sonido. Y que me enteré segundos después de que la persona muerta era el asaltante. En su gran mayoría, los comentarios que la gente dejaba en el portal de noticias celebraban el hecho de que hubiera “una rata menos”; otros recriminaban la responsabilidad moral del padre en el comportamiento del hijo.

No me extraña que reaccionemos así. Cuando nos enteramos de una tragedia, es de lo más frecuente (y lamentable) la reacción casi instintiva de culpar a la víctima y pensar que, si algo malo le pasó, fue porque seguramente “andaba en malos pasos”. ¿Cómo no reaccionar así cuando la víctima resultó ser, de hecho, un victimario?

En mi caso, no voy a negar que me sorprendió saberlo. Pero era ya demasiado tarde para cambiar de sentimiento. Lo primero en llegar fue la empatía y después el desconcierto. Seguí sintiendo ambas cosas aún después de conocer ese repentino cambio argumentativo que de golpe mostraba la realidad.

No es mi intención proponer una reflexión moral sobre la compasión. Mucho menos, hacer apología del crimen o apelar al principio cristiano del perdón y el amor a los enemigos o de la validez de celebrar el dolor ajeno. Sólo me quedé pensando en un comentario que leí al respecto: “Comprendo el dolor del padre. Pero sus lágrimas, tal vez llegaron muy tarde.” Precisamente por eso, la escena es absolutamente trágica.

En palabras de Oscar Wilde, la literatura no puede ser moral ni inmoral, solo bien o mal escrita. Pero en las tragedias reales, más allá de la compasión o aversión que en nosotros produzca, ojalá nos sirva para dar paso a esa purificación o catarsis, en la que está el verdadero aprendizaje.

@vasconceliana

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