La respuesta desde el interior del recinto no tuvo palabras: una rociada con polvo de extintor directo a la cara
Carlos Rocha | e-consulta
“¡¡¡Chíngale, corre por la otra barreta que nos van a tumbar la puerta y si pasan nos van a madrear a todos!!!”, gritó al borde de la desesperación el guardia de seguridad del Congreso de Puebla que, junto con otros tres hombres, apenas contuvo a la turba que intentó ingresar por la fuerza a la sede de este legislativo al mediodía de este miércoles 11 de septiembre.
Los trabajadores judiciales estaban organizados. Al menos a un grupo de ellos, unos 30 arremolinados y enfurecidos, poco les faltó para tirar las puertas. Quizás con dos o tres empujones más habrían ingresado.
Adentro, los pocos empleados legislativos apenas se dieron abasto para colocar barricadas como su imaginación les dio a entender en los tres únicos accesos. Más que las instalaciones del inmueble, que ya ha sido tomado en anteriores ocasiones por grupos de campesinos y de feministas, a ellos les preocupaba su integridad física.
“¡Si entramos les vamos a romper su puta madre, pinches traidores a la Patria!”, dijo un hombre desgañitándose tras romper los cristales de la histórica puerta principal del Congreso.
La respuesta desde el interior del recinto no tuvo palabras: una rociada con polvo de extintor directo a la cara, como único modo de repeler a los manifestantes tornados violentos.
¿La Policía Estatal? Desaparecida.
Fue completamente rebasada metros atrás, en los accesos a la calle 5 Poniente que se ubica a un costado de la Catedral de Puebla, en pleno Centro Histórico que ostenta el título de Patrimonio Mundial de la Humanidad.
El personal administrativo del Congreso desalojó las instalaciones a las 11 de la mañana.
Durante la madrugada llegó a esta legislatura la minuta del dictamen del Senado que aprobó la Reforma Judicial del presidente López Obrador, y que antes del amanecer ya había sido aprobada por el Congreso de Oaxaca. La legislatura poblana, de mayoría morenista, no podía quedarse atrás por lo que los diputados fueron convocados para una sesión de comisiones a las 12 horas y, previendo una intensa protesta, se pidió a los empleados realizar labores desde sus casas.
El inusual bloqueo de las calles de acceso al legislativo poblano por parte de la Policía Estatal, con vallas metálicas y granaderos, dio confianza a los pocos empleados que quedaron encerrados de que estarían protegidos, pero los policías tardaron más tiempo en poner las vallas y formarse detrás de ellas, que los manifestantes en romper esos cercos: unos cuantos jalones a los escudos y toletes y los gendarmes fueron rebasados.
Desde la calle, sobre uno de los cristales rotos del Congreso, se colocó un escudo de plástico de la Policía. “¡Al fin, llegaron los granaderos!”, dijo emocionado uno de los trabajadores que hacía las veces de cuña sobre un escritorio puesto para bloquear la puerta principal, pero su ánimo se desmoronó tras ver la cara de un manifestante barbado y enardecido gritando “¡los vamos a madrear!”.Ahí se dieron cuenta de que estaban solos.
Resistiendo las embestidas de los trabajadores judiciales, que al grito de “¿dónde están, dónde están los diputados que nos iban a escuchar?”, “diputado ojete, gato del presidente”, entre otras porras, y con las puertas a punto de caer algunas mujeres comenzaron a entrar en crisis de pánico. “Si entran, quítense los uniformes… parezcan que son de ellos…”, fue la indicación que recibieron, asintiendo al borde de las lágrimas. “¿Nosotras qué culpa? Yo ni voté por ellos…”.
El polvo de extintor rociado sobre los manifestantes calmó los ánimos de los agresores. Bajó la tensión y eso dio oportunidad para amurallar con muebles de oficina las puertas del Congreso de Puebla. Cada bando se está reagrupando esperando la sesión extraordinaria convocada para las 7 de la noche.
Al cierre de esta edición, los gritos afuera de ese inmueble de más de 200 años de historia no han cesado, los manifestantes esperan refuerzos para una nueva embestida, más potente que la primera.
Dentro del Congreso de Puebla nadie puede salir ni entrar excepto unos kilos de tacos árabes, un platillo típico de la gastronomía poblana de fama mundial, que no sólo llenaron la panza de quienes se quedaron resguardando el edificio, sino que dieron esperanza de que el día no terminará en una tragedia.
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