david pérez | @davidperezglobal
Mohamed Ridouani decidió que el partido de Europa League entre Union Saint-Gilloise y Hapoel Be’er Sheva no se jugaría en Lovaina. Argumentó razones de seguridad y volvió a colocar a una ciudad belga en medio de la discusión sobre Israel, Gaza y el deporte. La decisión generó titulares, apoyos y acusaciones. Pero, ¿quién es el alcalde que pudo hacerlo?
Mohamed Ridouani no apareció con la invasión en Gaza. Nació en Lovaina, hijo de inmigrantes marroquíes, estudió en la universidad local y trabajó en el sector privado antes de dedicarse profesionalmente a la política. Uno de sus proyectos anteriores fue una organización dedicada a acompañar en sus estudios a jóvenes con vulnerabilidad social, iniciativa que todavía atiende a unos 1,500 niños y jóvenes cada año. Según su propio relato, aquella experiencia le hizo pensar que desde el gobierno municipal podía transformar las condiciones que producían esos problemas.
El comienzo de su carrera política. En 2006 fue elegido concejal y el histórico alcalde socialista Louis Tobback lo incorporó al gobierno municipal. Educación, diversidad y juventud estuvieron entre los asuntos que marcaron sus primeros años. Ridouani no construyó una carrera saltando de un cargo nacional a otro, hizo de Lovaina su territorio político y terminó sucediendo a Tobback como alcalde en 2019. Esa permanencia local es importante para entender su popularidad, el politólogo Steven Van Hecke considera que los electores incluso han premiado que rechazara oportunidades para dar el salto a la política nacional y permaneciera concentrado en su ciudad.
Pero heredar una alcaldía no significa conquistar una ciudad. Esa prueba llegó en octubre de 2024. Vooruit, el partido socialdemócrata de Ridouani, obtuvo el 41.7 por ciento de los votos, frente al 26 por ciento de seis años antes. Consiguió 23 de los 47 escaños del consejo municipal, apenas uno menos de los necesarios para gobernar en solitario. Su resultado superó incluso la mejor marca electoral conseguida por Tobback. Ya no podía hablarse simplemente del heredero de un viejo bastión socialista, Mohamed Ridouani había construido su propia mayoría.
Eligieron una manera de gobernar. Después de semejante victoria, Ridouani necesitaba solamente un socio para alcanzar la mayoría y tenía margen suficiente para decidir hacia dónde mover el gobierno. N-VA, la derecha nacionalista flamenca, había quedado segunda con cerca del 20 por ciento. Ridouani prefirió mantener la coalición que ya gobernaba Lovaina, con los socialdemócratas de Vooruit, los democristianos de CD&V y ecologistas de Groen. Entre los tres controlan 35 de los 47 escaños.
Esa elección dice algo sobre Lovaina. Mientras en otras ciudades flamencas Vooruit podía entenderse con N-VA, aquí la enorme fortaleza electoral de Ridouani le permitió preservar una coalición diferente. El politólogo Dave Sinardet ha descrito precisamente a Lovaina como una excepción y atribuye parte de su particularidad al peso de una población expuesta a un tipo de educación y al fuerte liderazgo local de su alcalde. Electoralmente, los extremos tampoco consiguen penetrar con facilidad.
Lovaina no es progresista solamente porque sea universitaria. La presencia de KU Leuven, la población estudiantil, la investigación y una sociedad altamente formada ayudan a comprender su composición social, pero ninguna universidad convierte automáticamente a una ciudad en progresista. Lo relevante es cómo esas características sociales se han traducido electoralmente. Durante décadas los socialistas han gobernado la ciudad y ahora un político de origen migrante ha conseguido llevarlos hasta un resultado superior al 40 por ciento. Lovaina no simplemente toleró a Mohamed Ridouani, sino que lo convirtió en el político dominante de la ciudad.
Tampoco estamos ante el estereotipo del progresista ingenuo. Van Hecke advierte que Ridouani mantiene parte de la política firme de orden público que caracterizó a su antecesor Louis Tobback, aunque con un estilo mucho más conciliador. Su discurso insiste en conectar antes que dividir, pero entre sus competencias como alcalde están precisamente la policía, la seguridad y la gestión de crisis. Esa combinación resulta importante, porque gobierna con las perspectivas de integración y diversidad por un lado y, al mismo tiempo, cumple con la figura de autoridad municipal y orden público por el otro. Reducirlo a «alcalde musulmán que prohíbe a un equipo israelí» no sólo sería simplista, impediría comprender su verdadera trayectoria política.
Gaza tampoco llegó ayer a la política de Lovaina. Antes de la prohibición del partido, el gobierno municipal ya había reclamado un alto el fuego, destinado ayuda humanitaria, mostrado públicamente la bandera palestina y convertido los derechos humanos y la solidaridad internacional en parte de su política institucional. Por eso la decisión sobre el equipo Hapoel Be’er Sheva puede discutirse, pero resulta mucho más difícil presentarla como un gesto improvisado de un alcalde que descubrió la causa palestina cuando aparecieron las cámaras.
Mohamed deja de ser el protagonista. Porque resulta demasiado fácil convertir las decisiones políticas excepcionales en historias de individuos excepcionales. El alcalde importa, pero detrás de él existen elecciones, coaliciones, instituciones, organizaciones sociales, una universidad, décadas de gobierno municipal y, sobre todo, ciudadanos que votan de una forma concreta. Ridouani obtuvo casi el 42 por ciento porque decenas de miles de habitantes encontraron razones para respaldar esa forma de gobernar.
Europa suele mirar sus ciudades para medir cuánto avanzó la extrema derecha. Cada elección se convierte en un mapa donde buscamos nuevos porcentajes de partidos o personajes como Vlaams Belang, AfD, Le Pen o cualquier otra expresión del nacionalismo identitario. Lovaina permite hacer la pregunta inversa, ¿cuáles son las condiciones sociales, institucionales y políticas que consiguen que esas fuerzas permanezcan en los márgenes mientras un hijo de inmigrantes marroquíes obtiene uno de los respaldos electorales más contundentes de la ciudad?
Mohamed Ridouani nació en Lovaina, pero políticamente también fue producido por ella. No necesitó esconder su apellido, desprenderse de su historia familiar ni adoptar el discurso nacionalista para demostrar que pertenecía a la ciudad donde nació. Los habitantes de Lovaina tuvieron otras opciones. Las pusieron en la boleta y las eligieron por mayoría.
En tiempos en que tantas ciudades europeas intentan explicarse por qué crece la extrema derecha, sería mucho más útil preguntarnos qué hizo Lovaina para poder elegir a Mohamed Ridouani.

david pérez
Analista con formación en filosofía, historia, resolución de conflictos y derechos humanos. Ha sido columnista en El Siglo de Torreón, Grupo Reforma y Grupo Milenio. Dirigió el grupo de investigación en materia de derechos humanos del Mecanismo de Esclarecimiento Histórico que investigó las violaciones graves a los derechos humanos cometidas en el periodo de 1965 a 1990 en México. Actualmente conduce el podcast Pensar la Vida y dirige la editorial independiente Pacífico Global Media.
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