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CONTRAATAQUE | Organizar la indignación. Autor: david pérez

octubre 10, 2026
CONTRAATAQUE | Organizar la indignación. Autor: david pérez

david pérez

En febrero de 2024, un grupo de deportistas decidió organizarse para exigir un alto el fuego inmediato en Gaza y fundaron Athletes for Ceasefire. En septiembre de 2025, deportistas de distintas disciplinas, coordinados por Nujum Sports bajo la iniciativa Athletes 4 Peace, exigieron a la UEFA la suspensión de Israel de sus competiciones. Dos meses después, el colectivo respaldó una nueva carta, impulsada por Game Over Israel y suscrita por más de setenta profesionales del deporte. No eran solamente declaraciones de solidaridad ni gestos individuales frente a las cámaras. Eran deportistas organizándose para denunciar el genocidio en Gaza y exigir responsabilidades a las instituciones deportivas.

Al cumplirse tres años del 7 de octubre de 2023, y con una nueva convocatoria de movilización global para este 10 de octubre nos invita a pensar en algo que suele quedar relegado detrás de las imágenes de las protestas, es decir, la capacidad de organizarnos. Hemos aprendido a reconocer la valentía de quienes levantan la voz individualmente, pero quizá prestamos menos atención a quienes construyen las condiciones para actuar juntos. ¿Cómo puede la organización colectiva convertir la solidaridad frente al genocidio en una forma efectiva de poder político?

Athletes for Ceasefire articuló una declaración colectiva para exigir el fin de los ataques contra la población civil palestina. Athletes for Peace dirigió una exigencia concreta a la UEFA, una institución con capacidad para tomar decisiones sobre la participación de Israel en el fútbol europeo. Sus iniciativas son distintas, pero comparten la convicción de que la responsabilidad política de los deportistas no termina en expresar sus opiniones. También puede ejercerse construyendo acuerdos, sosteniendo compromisos y disputando las decisiones de quienes administran el deporte.

La historia ofrece un contraste revelador. Cuando recordamos los Juegos Olímpicos de México 1968, pensamos en los puños levantados de Tommie Smith y John Carlos. Sin embargo, detrás de aquella imagen existía el Olympic Project for Human Rights, un movimiento organizado contra la discriminación racial que impulsó demandas y propuestas de boicot. Nuestra memoria colectiva y mediática conservó el gesto extraordinario de dos atletas, pero frecuentemente olvidó el trabajo colectivo que lo hizo posible. Quizá porque nos resulta más sencillo admirar héroes que comprender los procesos políticos colectivos que construyen su capacidad de actuar.

El genocidio, obviamente, no consiste únicamente en la destrucción de vidas individuales. Supone también un ataque contra las condiciones que permiten a una comunidad sostener su existencia colectiva, a saber, sus vínculos, sus instituciones, su memoria y sus posibilidades de futuro. Frente a esa destrucción, la solidaridad organizada adquiere una dimensión particular.

Hannah Arendt comprendía el poder, por decirlo en pocas palabras, como una capacidad que surge cuando las personas actúan concertadamente. Judith Butler nos permite pensar cómo la vulnerabilidad y la interdependencia pueden convertirse en condiciones para construir alianzas políticas.

Desde estas perspectivas, organizarse no significa simplemente sumar indignaciones individuales, sino producir una capacidad compartida de intervenir en el mundo. La solidaridad deja entonces de ser solamente una respuesta moral ante el sufrimiento ajeno para convertirse en una práctica política que construye vínculos frente a su destrucción.

Esto exige cambiar nuestra manera de mirar las protestas deportivas. Preguntamos quién se pronunció, quién guardó silencio o quién arriesgó su carrera, son preguntas legítimas. Al mismo tiempo, necesitamos preguntarnos qué redes se están construyendo, qué compromisos pueden sostenerse colectivamente y qué instituciones pueden ser obligadas a responder. El protagonismo individual produce imágenes memorables, la organización puede transformar las relaciones de poder que esas imágenes denuncian.

Sería ingenuo afirmar que una carta firmada por setenta deportistas puede detener por sí sola el genocidio en Gaza. También sería equivocado medir su importancia exclusivamente por sus resultados inmediatos. Organizarse no garantiza una victoria. Las alianzas pueden debilitarse, las instituciones pueden ignorar sus demandas y la solidaridad puede quedarse en declaraciones. Precisamente por eso, la organización necesita continuidad, estrategias y capacidad de autocrítica.

Algunos ejemplos concretos son: Irish Sport for Palestine es un colectivo irlandés que reúne a deportistas y personas vinculadas a distintas disciplinas para denunciar la violencia contra la población palestina y promover acciones de solidaridad y presión política. En la propia Gaza, Gaza Sunbirds, un equipo palestino de paraciclismo, combina la práctica deportiva con la distribución de ayuda humanitaria y la defensa de los derechos de su comunidad. De este proyecto surgió Athletes for Palestine, una campaña internacional que convoca a deportistas y organizaciones deportivas a movilizarse contra el genocidio, exigir un alto el fuego y reclamar el fin de la ocupación israelí.

Por su parte, Sport Scholars for Justice in Palestine es una red de académicos e investigadores del deporte que promueve la reflexión crítica, la investigación y la acción colectiva en solidaridad con Palestina. Aunque sus integrantes y estrategias son diferentes, estas iniciativas comparten una característica fundamental, buscan transformar la solidaridad individual en prácticas organizadas de denuncia, apoyo comunitario y exigencia de responsabilidades políticas e institucionales.

Las movilizaciones de este 10 de octubre nos recuerdan que la solidaridad no tiene por qué agotarse en expresar públicamente nuestra indignación. Puede convertirse en una práctica sostenida de responsabilidad compartida. Frente a un genocidio que destruye las condiciones de la vida colectiva, organizarse significa también defender la posibilidad de construir un mundo en común.

Quizá la pregunta que permanece no sea cuántas personas están dispuestas a denunciar el genocidio, sino qué estamos dispuestos a construir juntos para que nuestra denuncia tenga poder de transformación. Siendo conscientes de los desafíos que implica la organización colectiva.

david pérez

Analista con formación en filosofía, historia, resolución de conflictos y derechos humanos. Ha sido columnista en El Siglo de Torreón, Grupo Reforma y Grupo Milenio. Dirigió el grupo de investigación en materia de derechos humanos del Mecanismo de Esclarecimiento Histórico que investigó las violaciones graves a los derechos humanos cometidas en el periodo de 1965 a 1990 en México. Actualmente conduce el podcast Pensar la Vida y dirige la editorial independiente Pacífico Global Media.

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