david pérez | @davidperezglobal
Hay consignas que unen multitudes porque en el presente nadie paga un costo por pronunciarlas. «Las Malvinas son argentinas» es una de ellas. La frase apareció nuevamente en el Mundial en una manta hecha por aficionados y ondeada por jugadores de Argentina como parte de sus festejos frente a Inglaterra. El mensaje emocionó a muchos porque era, al mismo tiempo, una afirmación histórica, un acto de identidad nacional y un recordatorio de una herida abierta desde 1982. Pero toda consigna merece una pregunta: ¿qué ocurre cuando la defensa simbólica del territorio no dialoga con los debates territoriales del presente?
Mientras la nación argentina celebraba aquella imagen en un campo de fútbol, el Congreso argentino discutía una reforma a la Ley de Tierras Rurales que flexibiliza parte de las restricciones a la adquisición de tierras por extranjeros privados, manteniendo límites para Estados extranjeros y empresas estatales —con dedicatoria especial para China—. Es una discusión legítima, compleja y profundamente política. Sin embargo, me llamó la atención el contraste entre la intensidad del discurso sobre las Malvinas y el silencio de buena parte de quienes habían convertido la soberanía en un estandarte visible.
No es obligatorio que un futbolista tenga la obligación de pronunciarse sobre cada reforma legislativa. También es verdad que quien no habla está necesariamente de acuerdo. El problema, me parece, es la enorme facilidad con la que algunas causas históricas consiguen adhesiones generalizadas frente a la dificultad de interpelar los conflictos del presente. Algo así como una falta de «interseccionalidad temporal» o «conexión histórica».
Estamos acostumbrados a pensar la interseccionalidad como el cruce entre distintas formas de opresión: género, clase, raza, orientación sexual. Pero también existe una fractura entre los tiempos de la política. Hay luchas que se congelan en el pasado y dejan de conversar con las del presente. Se recuerda una injusticia histórica mientras se pierde interés por las nuevas formas en que esa misma lógica puede reorganizarse.
Algo parecido ocurre cuando ciertos activismos LGBTQ+ reducen toda emancipación al reconocimiento identitario y dejan fuera la crítica a las estructuras económicas que producen exclusión. O cuando algunos feminismos olvidan analizar las lógicas clasistas y las reproducen. Esas luchas pierden potencia cuando dejan de conectar con otras formas de dominación.
Con la soberanía sucede algo similar. Defender un territorio ocupado hace décadas resulta políticamente seguro. En cambio, discutir quién controla hoy la tierra, bajo qué reglas y con qué consecuencias económicas implica entrar en un terreno mucho más incómodo, implica confrontar el espíritu de las reformas de Milei. Allí desaparecen las unanimidades. Parece que la historia ofrece prestigio y el presente exige riesgos.
Quizá por eso las Malvinas generan aplausos inmediatos. Excepto Inglaterra, nadie discute el reclamo argentino. Pero las decisiones contemporáneas obligan a elegir entre modelos de desarrollo, concepciones de Estado, derechos de propiedad y visiones de país. A veces no basta con repetir una consigna, hay que asumir el costo de una posición.
El filósofo Paul Ricœur sostenía que la identidad no se construye únicamente recordando el pasado, sino manteniendo una narrativa coherente entre lo que fuimos, lo que somos y lo que aspiramos a ser. Las naciones tampoco escapan a esa exigencia.
Si la soberanía es un valor, debería serlo en todos los tiempos, no únicamente cuando el conflicto pertenece a la memoria colectiva. Porque una patria que sólo conmueve cuando mira hacia atrás corre el riesgo de no advertir las decisiones que la transforman mientras mira hacia otro lado.
Pareciera que para los jugadores de la Selección Masculina de Argentina es más fácil solidarizarse con las causas del pasado y, al mismo tiempo, callar frente a Milei y sonreír junto a Trump. Si la soberanía es realmente la causa, ¿es tan difícil sostener con una mano una manta que diga «Las Malvinas son argentinas» y con la otra mano sostener una manta que diga «No a la Ley de Tierras de Milei»? Sin duda, Las Malvinas seguirán siendo una causa histórica para Argentina, pero, ¿qué causas del presente merecen la misma pasión?

david pérez
Analista con formación en filosofía, historia, resolución de conflictos y derechos humanos. Ha sido columnista en El Siglo de Torreón, Grupo Reforma y Grupo Milenio. Dirigió el grupo de investigación en materia de derechos humanos del Mecanismo de Esclarecimiento Histórico que investigó las violaciones graves a los derechos humanos cometidas en el periodo de 1965 a 1990 en México. Actualmente conduce el podcast Pensar la Vida y dirige la editorial independiente Pacífico Global Media.



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