david pérez | @davidperezglobal
Un policía puede quitarte una bandera de las manos. Lo que no puede controlar es cuántas aparecerán después.
El domingo pasado, antes del partido de fútbol en España entre Elche y Barcelona, agentes de la Policía Nacional intervinieron contra aficionados azulgranas. Uno de ellos, menor de edad y socio del Barça, llevaba una estelada, que es la bandera no oficial que usan los partidarios de la independencia de Cataluña.
Las imágenes muestran cómo le retiran la bandera y cómo posteriormente varios agentes lo golpean. El ministro del Interior, Fernando Grande-Marlaska, reconoció que «puede haber» existido un uso desproporcionado de la fuerza y la propia Policía abrió una investigación interna.
Conviene recordar que la estelada no está prohibida. No hace falta ser independentista para entender el problema. Ni siquiera hace falta simpatizar con esa bandera y precisamente de eso se trata. Los derechos fundamentales no existen para proteger únicamente aquello con lo que estamos de acuerdo. La libertad de expresión comienza a ser importante cuando protege símbolos, palabras e ideas que incomodan a quien tiene el poder de prohibirlos.
Por eso lo sucedido después en Barcelona resulta mucho más interesante que la discusión identitaria. El Barça tenía previsto homenajear en el Camp Nou a ocho futbolistas de su plantilla que acaban de ganar el Mundial con España. La propuesta había partido de la Federación Española de Fútbol. La directiva decidió cancelarlo. Joan Laporta, presidente del club catalán, explicó que «no se da el contexto» ni era «el momento más apropiado» y denunció la actuación policial en Elche como «desproporcionada y violenta».
Laporta llamó a convertir el siguiente partido en un «acto de exaltación de la estelada». La ANC y otras organizaciones independentistas movilizaron a los aficionados y repartieron 10 mil banderas en los alrededores del estadio. No fue el Barça quien repartió esas 10 mil esteladas, fueron organizaciones independentistas, pero el presidente del club había legitimado públicamente la respuesta. Las 10 mil banderas se agotaron.
El Camp Nou se llenó de esteladas. Hubo dos de grandes dimensiones en las gradas y cientos de pequeñas banderas entre los aficionados. Ahí está la paradoja que debería estudiar cualquier autoridad tentada por el autoritarismo, quisieron retirar una bandera y terminaron multiplicándola por miles.
El fascismo —y también las prácticas autoritarias que pueden aparecer dentro de sistemas democráticos— tiene una obsesión particular con los símbolos. Quieren decidir qué bandera merece respeto, qué canción puede cantarse, qué identidad puede mostrarse y qué expresión resulta suficientemente incómoda como para convertirse en sospechosa.
Pero la represión simbólica suele producir exactamente aquello que se pretende evitar. Una estelada en Elche podía haber sido simplemente la bandera de un aficionado. Después de que un policía la retirara y las imágenes de la actuación recorrieran España, dejó de ser solamente eso. Y miles respondieron llevando la misma bandera.
Por eso el asunto tampoco debería reducirse al independentismo catalán. Uno puede estar radicalmente en contra de la independencia de Catalunya y defender exactamente lo mismo, es decir, que nadie debe temer a una intervención policial por exhibir pacíficamente una bandera legal.
Ese es precisamente el punto antifascista. No defender solamente nuestros símbolos. Defender el derecho del otro a mostrar los suyos.
Hay además algo poderoso en que la respuesta ocurriera en un estadio. El fútbol lleva años convirtiéndose en un territorio obsesionado con controlar el comportamiento político de los aficionados mientras tolera con demasiada facilidad otras expresiones de odio, racismo o xenofobia. En Elche, una bandera terminó en manos de un policía. Cuatro días después, miles ocuparon las gradas del Camp Nou.
La directiva del Barça tomó una decisión discutible, que seguramente no comparte algún sector de sus propios aficionados. El Barça canceló un homenaje deportivo para responder a un problema político. Se puede cuestionar esa decisión. Lo que resulta difícil cuestionar es el principio que Laporta puso sobre la mesa, el hecho de que una bandera legal que expresa pacíficamente una posición política no puede convertirse en motivo para poner en riesgo la integridad física de quien la porta.
Porque existe una diferencia enorme entre combatir una idea y combatir el derecho a expresarla. La democracia permite lo primero. El autoritarismo empieza con lo segundo.

david pérez
Analista con formación en filosofía, historia, resolución de conflictos y derechos humanos. Ha sido columnista en El Siglo de Torreón, Grupo Reforma y Grupo Milenio. Dirigió el grupo de investigación en materia de derechos humanos del Mecanismo de Esclarecimiento Histórico que investigó las violaciones graves a los derechos humanos cometidas en el periodo de 1965 a 1990 en México. Actualmente conduce el podcast Pensar la Vida y dirige la editorial independiente Pacífico Global Media.







