Inicio Nacional Contraataque | Amarilla sobre Mbappé. Autor: david pérez

Contraataque | Amarilla sobre Mbappé. Autor: david pérez

david pérez | @davidperezglobal

La escena fue tan llamativa como reveladora. Tras la eliminación de Paraguay frente a Francia, la senadora paraguaya Celeste Amarilla no se limitó a criticar el comportamiento de Kylian Mbappé. Lo llamó «camerunés colonizado», «feo», «rico nuevo», «bruto», afirmó que «ganaron de pedo», sugirió que un jugador paraguayo debió darle «una bofetada de mano abierta» y remató con expresiones que comparaban su educación con la de chimpancés. No fue un arrebato cualquiera. Fue una radiografía de una forma de entender la política.

No toda descalificación es fascista. Pero tampoco todo fascismo comienza con uniformes y desfiles. Con frecuencia empieza con la normalización de un tipo de discurso.

El primer elemento es el nacionalismo étnico. Al llamarlo «camerunés colonizado» no se cuestiona una decisión deportiva ni una actitud dentro de la cancha, se pone en duda la legitimidad de su identidad nacional a partir de su ascendencia africana. Es la vieja idea de que la ciudadanía auténtica depende de la sangre y no del derecho. Una lógica que Europa conoce demasiado bien.

El segundo rasgo aparece cuando la discusión abandona las acciones y se dirige al cuerpo. Llamarlo «feo» no aporta absolutamente nada al debate deportivo. Es la reducción del adversario a un objeto de burla física. Los movimientos fascistas han recurrido históricamente a esa degradación estética porque antes de excluir políticamente a alguien resulta útil presentarlo como inferior.

Luego aparece el desprecio clasista. «Rico nuevo» no describe una fortuna; pretende descalificar a quien supuestamente no pertenece al grupo social correcto. El fascismo nunca fue una simple exaltación nacionalista. También construyó jerarquías de personas consideradas naturalmente superiores e inferiores, aunque el criterio cambiara entre raza, linaje o clase.

La escalada continúa con «bruto», «no aprendió ni a escribir» y la referencia a los chimpancés. Aquí ya no estamos ante una crítica, sino ante un proceso de deshumanización. La historia demuestra que convertir al otro en un ser menos racional, menos civilizado o menos humano facilita justificar cualquier trato posterior. La violencia rara vez empieza con los golpes; suele empezar con el lenguaje.

Y cuando una representante popular afirma que un futbolista merecía «una bofetada de mano abierta», aparece otro ingrediente inquietante, la normalización de la violencia como respuesta legítima frente al adversario. El autoritarismo necesita precisamente eso, transformar la agresión en sentido común. Me resulta muy difícil no pensar en Jean Améry y su reflexión sobre cómo el primer golpe se rompe la confianza en el mundo y todo lo que ello implica.

Umberto Eco advertía que el fascismo puede reaparecer con otros nombres y otras formas. No siempre regresa vestido de negro. A veces lo hace disfrazado de espontaneidad, de ocurrencia, de «así hablamos», de un comentario publicado después de un partido de fútbol. Precisamente por eso resulta peligroso, porque deja de parecer excepcional.

Todo esto puede discutirse sin caer en la exageración de convertir a la senadora en heredera directa de Benito Mussolini. Pero sí es legítimo señalar que ese conjunto de expresiones reproduce mecanismos característicos del pensamiento fascista, a saber: la identidad entendida como sangre, la jerarquización de las personas, la deshumanización del adversario y la validación de la violencia simbólica y física.

Se puede objetar que Mbappé también fue provocador. Es posible. Los futbolistas pueden equivocarse, ser arrogantes, perder la cabeza o comportarse con soberbia, ejemplos sobran. Pero una cosa es la conducta de un deportista y otra muy distinta la de una senadora de la República. Mbappé representa a un equipo durante noventa minutos. Una legisladora representa a ciudadanos todos los días. Cuando quien ocupa un cargo de elección popular convierte el prejuicio en discurso público, ya no habla únicamente en su nombre, contribuye a ampliar los límites de lo que una democracia empieza a considerar aceptable. Y ese partido, a diferencia del fútbol, nunca termina con el silbatazo final.

david pérez

Analista con formación en filosofía, historia, resolución de conflictos y derechos humanos. Ha sido columnista en El Siglo de Torreón, Grupo Reforma y Grupo Milenio. Dirigió el grupo de investigación en materia de derechos humanos del Mecanismo de Esclarecimiento Histórico que investigó las violaciones graves a los derechos humanos cometidas en el periodo de 1965 a 1990 en México. Actualmente conduce el podcast Pensar la Vida y dirige la editorial independiente Pacífico Global Media.

Deja un comentario

Discover more from Julio Astillero

Subscribe now to keep reading and get access to the full archive.

Continue reading