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CONTRAATAQUE. Autor: david pérez

david pérez | @davidperezglobal

La presencia de Lionel Messi en la Casa Blanca durante una ceremonia institucional encabezada por el presidente Donald Trump generó un debate que va mucho más allá del fútbol. El gesto, que en principio responde a una tradición del deporte estadounidense —invitar a la Casa Blanca a los equipos campeones— fue inmediatamente interpretado dentro de múltiples marcos narrativos.

En la esfera pública, las acciones de una figura global rara vez permanecen confinadas a su contexto original. Son absorbidas por debates culturales, políticos y simbólicos más amplios. Por eso el episodio no solo despertó preguntas sobre la supuesta neutralidad que el deportista ha procurado meticulosamente durante su carrera, sino que reactivó una comparación histórica profundamente arraigada en la cultura argentina: la relación entre Messi y Diego Maradona, dos figuras que representan modelos de país y dos modelos distintos de héroe público.

Una de las primeras interpretaciones es la narrativa institucional del deporte. En este marco, el episodio se entiende como parte de un ritual protocolario muy característico de la cultura política estadounidense, según la cual deportistas destacados son invitados a la Casa Blanca para ser reconocidos oficialmente. Desde esta perspectiva tan reducida, Messi no actuó como individuo político sino como capitán de un equipo campeón que participa en una tradición institucional. Desde esta ceguera, el gesto no implicaría adhesión ideológica ni respaldo político, sino simplemente respeto a un acto ceremonial que conecta deporte y Estado dentro de una práctica cultural.

Otra interpretación es la narrativa de la neutralidad del atleta, sostenida en gran medida por la industria global del deporte y por sectores del público que valoran la universalidad del fútbol. En esta lectura, Messi ha construido durante toda su carrera una imagen pública basada en la prudencia política y la concentración exclusiva en el deporte. Hay que decir que la mayor parte de su carrera, y sobre todo su momento más alto, lo vivió en una de las regiones del mundo donde fútbol y política muchas veces apenas se distinguen, como lo es Barcelona; sin embargo Messi salió de allí «inmaculado».  Su figura se percibe como un símbolo global que trasciende fronteras, ideologías y conflictos nacionales.

Sin embargo, una tercera interpretación introduce una tensión importante, la narrativa crítica de la neutralidad. Desde esta perspectiva, la neutralidad absoluta es difícil de sostener cuando una figura pública participa en actos institucionales de alto contenido simbólico. En este marco, el episodio se compara con el antecedente de la celebración del Mundial de Qatar, cuando la selección argentina no visitó la Casa Rosada para evitar una lectura política del triunfo argentino.

La comparación entre ambos episodios abre una pregunta inevitable sobre la coherencia pública de las decisiones, si se evitó un gesto institucional en un contexto político, ¿por qué aceptar uno para compartir escenario político con Donald Trump?

Esa comparación conduce a una cuarta narrativa profundamente arraigada en la cultura futbolística argentina, el análisis comparado entre Messi y Maradona. En este marco interpretativo, cada gesto de Messi se examina a la luz del estilo público de Maradona, quien nunca ocultó sus posiciones políticas ni su cercanía con líderes de un perfil muy concreto. Mientras Maradona representaba el modelo del deportista que utiliza su fama para intervenir abiertamente en la esfera política, Messi ha querido cultivar durante casi toda su carrera un estilo mucho más reservado y universal, entonces, ¿por qué decidió cambiar eso frente a Trump? La comparación entre ambos no es sólo deportiva, refleja dos formas distintas de entender el papel del futbolista en la vida pública, representa dos Argentinas distintas.

Más allá del deporte, existe también una quinta interpretación de carácter cultural, la narrativa del mito nacional. En sociedades donde el fútbol ocupa un lugar central en la identidad colectiva, los grandes jugadores se convierten en símbolos culturales que representan valores y aspiraciones sociales. El crítico cultural Roland Barthes explicó que las sociedades modernas producen mitos alrededor de figuras públicas que condensan significados colectivos.

En ese sentido, Maradona encarnó el mito del rebelde popular que desafía al poder global, mientras que Messi encarna el mito del artista silencioso que alcanza la perfección técnica del deporte, que alcanza casi la pureza, que está más allá del bien y del mal. Cada gesto público de Messi reabre el debate sobre cuál de esos mitos refleja mejor la identidad nacional. Sin embargo, me parece que en este caso cada mito refleja una época distinta, estos dos mitos futbolísticos nos permiten analizar dos momentos del proceso evolutivo, o de involución mejor dicho, de Argentina.

Para algunos, interesados en conservar la imagen del mito más reciente, la visita es un simple protocolo deportivo, para otros, es un gesto políticamente significativo, para otros más, es un episodio dentro de la eterna comparación entre dos íconos del fútbol argentino.

Esta multiplicidad de interpretaciones confirma que las personas pueden intentar decidir lo que hacen, pero no pueden controlar completamente el significado que sus acciones adquieren una vez que entran en el espacio público. En ese sentido, el gesto de Messi ya no pertenece únicamente a Messi, pertenece también al mundo que lo observa y lo interpreta.

Antes que Messi, Cristiano Ronaldo a propósito de «nada» visitó la Casa Blanca y se tomó la foto con Trump. Una visita que obedeció a «alianzas estratégicas», que no generó el mismo debate porque CR7 hace mucho tiempo que es una marca orientada al mayor rendimiento económico y porque no tiene una figura como Maradona para que lo comparen. Eusébio, «la Pantera Negra», le queda a una distancia política sideral, lo que confirma la tesis de este contraataque, ese Portugal de Eusebio es uno muy distinto al de Cristiano Ronaldo.

Hay una ausencia que desenmascara a Messi, que le deja sin coartada, que permite afirmar su consentimiento y su estar cómodo a un lado de Trump. La ausencia de una superestrella mundial, modelo y portada de múltiples revistas en occidente y oriente: David Beckham. La figura que fue contratada desde el inicio del proyecto Inter Miami CF para ser el rostro público en torno al cual gira esa institución deportiva no asistió a la foto política. Mismo que sí asistió a la Casa Blanca siendo jugador de LA Galaxy en 2012 cuando Barack Obama era presidente. Si el rostro más «guapo» que es accionista del club no asistió, de no haber querido, Messi tampoco hubiera asistido.

Durante casi toda su carrera se ha querido pintar una figura de Messi como un pobre chico, bajito, sin músculos, inocente, a quien su papá le maneja la carrera a su antojo, y que para disculpar sus tropiezos extracancha se ha llegado al extremo de culpar a la esposa «dominante» y «ansiosa de protagonismo», se ha dicho que ella es la causa de sus poquísimos deslices, todo con la intención de minimizar la capacidad de agencia de una de las figuras globales económicamente más poderosas del deporte. Pero ahora no hay excusas, aquí tenemos a Lionel Messi de cuerpo entero, feliz, sonriendo, aplaudiendo y caminando junto a Donald Trump. En la Argentina que idolatró a Maradona, esta imagen de la Casa Blanca difícilmente se hubiera producido, en la Argentina de Milei es posible.

david pérez

Analista con formación en filosofía, historia, resolución de conflictos y derechos humanos. Ha sido columnista en El Siglo de Torreón, Grupo Reforma y Grupo Milenio. Dirigió el grupo de investigación en materia de derechos humanos del Mecanismo de Esclarecimiento Histórico que investigó las violaciones graves a los derechos humanos cometidas en el periodo de 1965 a 1990 en México. Actualmente conduce el podcast Hacer las Paces y dirige la editorial independiente Pacífico Global Media.

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