La idea de que solo algunas personas pueden «representar» lo mexicano reproduce una lógica esencialista, muy cercana a los nacionalismos excluyentes.
david pérez | IG @davidperezglobal
La pureza del fútbol es un mito útil para vender bandera y patriotismo.
En días de ruido fácil, una frase alcanza para encender hogueras. Roberto Gómez Junco, analista de ESPN, fue acusado de menospreciar a los naturalizados en la Selección Mexicana. El linchamiento digital no tardó: «purista retrógrado», «xenófobo». Pero el problema no es una etiqueta ni un tema que se vuelve tendencia en redes, es la plantilla mental que vuelve a circular cada vez que se aborda la «identidad nacional».
El comentario llega en el peor y en el mejor momento, México coanfitrión del 2026, la FMF integrando talentos naturalizados y una crisis futbolística que busca atajos. La discusión se repite como un disco gastado: ¿quién es «de los nuestros»? ¿Quién «merece» el Tri? Lo que conviene decir desde el principio es que en el fútbol, la pureza es un mito útil para vender bandera. Y aquí vamos contra esa pureza que permanece en nuestro imaginario cultural.
Me voy a detener en el detalle de algunas de las frases que dijo Roberto Gómez Junco, y una más aportada por Javier Alarcón en la mesa de debate, con el objetivo de analizar si hay o no elementos de xenofobia en sus palabras:
«Si abusas con los naturalizados ya caes en una falsa representación de tu fútbol».
Es problemática porque implica que jugadores no nacidos en México dan una representación falsa del país, como si no pudieran encarnar genuinamente el proyecto futbolístico nacional. Se introduce la idea de “pureza” identitaria para representar al país.
«Como no formo jugadores, pues tráete a los de afuera, ayúdalos con los papeles…».
Pareciera que con la expresión “los de afuera” generaliza y crea un ellos/otros a los que se les ayuda a obtener una nueva nacionalidad. La frase sugiere que los naturalizados son un recurso fácil, no parte integral de la comunidad.
«En la mayoría de los casos… se va a naturalizar y va a jugar con la selección el que sabe que con la selección de su país de origen no podría jugar».
Estas expresiones reducen la decisión del jugador a un cálculo oportunista, lo que contribuye al análisis de los motivos legítimos que puede tener todo migrante, como lo son el arraigo, la identidad, la vida en el país. Reproduce el estereotipo de que «el extranjero solo viene por beneficio».
¿Y cuál es el problema de que una persona busque una nueva nacionalidad porque en ese país su nivel de rendimiento le alcanza para participar en una selección nacional? ¿Qué problema hay que una persona quiera subir el peldaño laboral que está a su alcance en un país diferente al que nació?
«Quiero una selección en una Copa del Mundo con una selección que digas estos representan lo que es el fútbol mexicano en la actualidad».
Aquí tenemos un problema implícito: un naturalizado no representa «lo mexicano». Lo que crea una distinción peligrosamente cercana a las políticas de identidad excluyente que consideran que el «nacido aquí» es el «auténtico» y el «nacido fuera» representación «contaminada» o menos legítima.
«Son jugadores que se formaron en otros lares».
Esta frase reproduce la narrativa de que formarse fuera inválida pertenecer aquí. Es una forma suave de exclusionismo nacionalista. El que se formó fuera ya se «contaminó» de otros estilos y ya no representa con fidelidad.
«¿Con cuántos naturalizados juegas? Eso tendría que estar reglamentado desde arriba».
Aquí aparece la idea de limitar legalmente cuántos naturalizados pueden representar un país es un criterio de exclusión por origen, no por mérito, lo que contribuye a normalizar mecanismos propios de nacionalismos excluyentes.
Una última frase para analizar, aportada por Javier Alarcón:
«¿Quién es más mexicano?… por ejemplo, Luca Romero nació en Durango, después se fue y cuando hablas con él y tiene todo el tono argentino, todas las formas argentinas… Zague nace en Brasil pero viene muy chavito acá como que la gente de pronto dice sí siento mas mexicano a Zague que a Luca Romero…».
La frase es muy problemática porque tiene implícita una jerarquía en la que unos son «más mexicanos», otros «menos mexicanos» con base en un criterio arbitrario. La identidad se vuelve moneda de autenticidad e introduce una clasificación afectiva que puede derivar en la exclusión identitaria de ser o no ser suficientemente mexicano.
Me parece muy importante retomar algunas frases utilizadas por el analista que claramente no son xenófobas, que son críticas deportivas y administrativas:
«Creo que hay cinco jugadores mexicanos que podrían hacer lo que hace Berterame».
No es xenofobia. Habla de rendimiento deportivo, no de origen.
«Lo que hace Quiñones no hay futbolista mexicano que lo pueda hacer».
Tampoco es xenofobia. Se evalúa el talento deportivo, no se desprecia a extranjeros.
«Tienes 10 años jugando acá, perfecto».
No es xenófoba, aunque subraya la idea del «arraigo» necesario.
Lo que sí hace este tipo de discursos, en su conjunto, es crear tensión entre nación y ciudadanía. El discurso liga la representación nacional al lugar de nacimiento, no a la adscripción jurídica ni al arraigo vital. Esto es incompatible con una visión plural de ciudadanía.
Lamentablemente, con esta exposición se abona al viejo mito de la autenticidad. La idea de que solo algunas personas pueden «representar» lo mexicano reproduce una lógica esencialista, muy cercana a los nacionalismos excluyentes.
Cuando se habla de «falsa representación», se está postulando una selección «pura», limpia de influencias extranjeras. Ese tipo de lenguaje es históricamente peligroso y de fatales consecuencias para naciones enteras.
Asumir que el naturalizado solo busca beneficio (porque no puede jugar con su país de origen) reproduce un prejuicio al mismo tiempo que se niega su capacidad de hacer hogar y pertenencia. Hay contextos como el fútbol profesional donde puede haber más indicios para argumentar esta frase, pero por encima de eso, se debe tener en cuenta el impacto cultural del discurso que se utiliza cuando se habla de extranjeros.
No, no solo se habla de fútbol cuando estamos hablando de fútbol y mucho menos cuando se está hablando de la Selección Nacional del fútbol mexicano que es patrimonio emocional de la nación futbolera. ¡Cuánto nacionalismo junto en un solo párrafo! ya por sí mismo debe ser considerado meritorio de tarjeta amarilla.
Es importante concluir que no hay xenofobia explícita en los dichos de Gómez Junco y Alarcón, pero sí hay matices de xenofobia implícita en forma de esencialismo nacional, sospecha sobre los motivos del extranjero, jerarquización de quién «representa» lo mexicano, y propuestas de exclusión regulada («limitar naturalizados») porque esas frases forman parte de un marco discursivo más amplio que si es abiertamente xenofobia.
Ellos podrían decir que estaban hablando de fútbol, que no hablaban de migrantes en general o de políticas migratorias, sin embargo, ninguna frase es inocente ni se puede separar de los contextos en que los mismos argumentos han sido utilizados para justificar las prácticas xenófobas.
Todas estas frases, en su conjunto, son un discurso nacionalista identitario, no abiertamente xenófobo pero con matices que deben señalarse porque son la raíz que, históricamente, ha alimentado discursos de exclusión más duros.
Repito para enfatizar… ninguna frase es inocente y la forma en que se usa tampoco.
Termino mostrando un ejemplo de la afirmación anterior: xenofobia es una palabra esdrújula, con acento prosódico; fútbol no es una palabra esdrújula, que sea un espectáculo no lo reduce a lo lúdico y puede servir para justificar hasta lo trágico. ¿Me explico?

david pérez
Analista con formación en filosofía, historia, resolución de conflictos y derechos humanos. Ha sido columnista en El Siglo de Torreón, Grupo Reforma y Grupo Milenio. Dirigió el grupo de investigación en materia de derechos humanos del Mecanismo de Esclarecimiento Histórico que investigó las violaciones graves a los derechos humanos cometidas en el periodo de 1965 a 1990 en México. Actualmente conduce el podcast Pensar la Vida y dirige la editorial independiente Pacífico Global Media.
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