Contra el capitalismo patriarcal adultocentrista; todes los derechos para todos. Autor: Iván Uranga

No existe mejor adulto para construir un futuro, que el que está pletórico de infancia.
Iván Uranga

Adultocentrismo

El patriarcado adultocentrista surge como un sistema de dominación violento de los hombres adultos a través de la fuerza, esquema que se fortaleció al surgir la enseñanza de las artes de la guerra a los niños y es a través de la guerra que los adultos varones afirman su “superioridad” sobre todos los demás;  niños, mujeres y viejos.

Durante las primeras sociedades humanas, en las hordas, la capacidad de caza de hombres y mujeres significó su sobrevivencia, pero también fue donde las mujeres desarrollaron un papel predominante porque ante su menor fuerza física desarrollaron una mayor habilidad recolectora, que las alteró genéticamente hasta ahora. Esa es la causa por la que las mujeres distinguen muchas más variantes en los colores que los hombres, porque esa capacidad significaba la diferencia entre un fruto bueno y uno potencialmente peligroso. Esa habilidad las empoderó en la era en donde la caza escaseó y se dependió de la recolección.

Cuando se pasó a las sociedades agrícolas, se requería de un determinado uso de fuerza física que solo tenían los adultos varones, la personas menos fuertes sólo desarrollaban tareas con menos reconocimiento social, fue como los varones adultos fuertes fueron quienes se apoderaron de los excedentes económicos. A diferencia de las sociedades cazadoras y recolectoras, en la agricultura, por ser un medio controlado, los varones adultos podían emplear mano de obra infantil para incrementar la producción y generar más excedentes.

El patriarcado exigía que los varones jóvenes que aún no tenían mujeres de su propiedad, debían contar con el favor de algún adulto que les diera acceso a los servicios femeninos, con lo que el varón adulto reafirmaba su poder, no sólo sobre las mujeres, sino también sobre los varones jóvenes.

Era importante contar con más mujeres para el trueque o intercambio de bienes con otros adultos varones, con el surgimiento de la agricultura, también se volvió importante tener más niños y niñas que participaran de la producción y comenzaran a aportar su capacidad reproductiva al grupo. Por lo que en la guerra, la usurpación de la capacidad reproductiva se volvió prioritaria.

  • Es fundamental que incorporemos en los análisis de género, el concepto de minoridad, –es decir, ser concebidos como una persona de menor grado– como actualmente se ve a las niñas y niños, porque este concepto ha permitido la reproducción del modelo de dominación económica, patriarcal y adultocentrista, en donde los niños y sobre todo las niñas pasaron a convertirse en parte del ganado y la ganancia.

En las nacientes estructuras clánicas, se enfatizó el relegamiento de las mujeres a las tareas domésticas, la alimentación del grupo y el cuidado de las niñas y niños, lo que les dio un rango de poder sobre otras personas consideradas menores y se convirtieron en una extensión del patriarcado adultocentrista,  pero sobre todo se convirtieron en las reproductoras de este paradigma, porque fueron las responsables de trasmitir los nuevos roles sociales, entre los que estaban la normalidad de poder ser vendidos o intercambiados como propiedad del patriarca; ahí nace el esclavismo.

Así también surge el valor superior de la mujer como madre entre los minorizados, por su valor reproductivo, que la deshumaniza y la hace dependiente –valor vigente hasta hoy–; su valor exaltado como “madre” en su capacidad reproductiva y su responsabilidad de imponer el paradigma patriarcal sobre las niñas y los niños minorizados les forma su propio paradigma de subordinación al patriarca –es como el capataz que cuida y defiende los intereses del amo o patrón, sometiendo a los más débiles por la fuerza, con lo que le da un estatus de superioridad sobre los más débiles, aun siendo explotado–.

Por eso es que ahora existen millones de mujeres que consciente o inconscientemente deciden no querer tener hijos, como parte fundamental del ejercicio de su libertad. Y por eso también pudimos ver hace unos días a todos los medios patriarcales destacar como noticia el que Ailín Cubelo Naval, una joven de 22 años, se operara para no tener hijos nunca, con encabezados ultra machistas como “¡Cierra la fábrica!”, porque para el sistema capitalista patriarcal eso son, una fábrica de obreros y consumidores, y el que una mujer haga pública y notoria su decisión es un gran riesgo para la existencia del sistema mismo. Y aunque son millones de mujeres que han tomado esta decisión, el valeroso acto público de Ailín significa mucho más que la primera mujer que se quitó el sostén como protesta en un acto público. Esta determinación radical y pública es el acto feminista más importante de nuestra generación, porque rompe de tajo y para siempre con la subordinación patriarcal y de paso debiera hacernos reflexionar sobre la mega-sobrepoblación de nuestra especie que nos está llevando inexorablemente a la extinción.

La juventud como peligro social

Para el capitalismo patriarcal la juventud es un riesgo, porque comenzará a adquirir la fuerza y la madurez en su inteligencia para competirle es sus formas de control y porque además existe un momento en la transición de la niñez a la adultez en donde los jóvenes se sienten sometidos por las disposiciones adultas y se genera un periodo natural de rebeldía, en donde a la mayoría menos favorecida intelectualmente, esta rebeldía, sólo les alcanza para rebelarse a su medio familiar un periodo, mientras encuentran su propio rol dentro del paradigma impuesto para regresar a acomodarse en su grupo social.

Pero siempre ha existido una minoría más favorecida intelectualmente, que es capaz de ver que el sometimiento y la minorización no viene de su familia, que ni siquiera viene de su grupo social o de un género determinado, y puede ver que su familia y su grupo social sólo reproducen un paradigma impuesto por un sistema incrustado en lo más profundo de nuestra miseria antropológica, y deciden rebelarse contra ese sistema.

Desafortunadamente esta rebeldía juvenil, se va sometiendo conforme el sistema va creándoles necesidades de consumo y responsabilidades reproductivas, que los lleva a priorizar su manutención y la de “los suyos” por encima de sus ideales, hasta que se convierten en un engrane más del sistema. Algunos de estos jóvenes rebeldes (regularmente los líderes que ya probaron el aroma del poder) deciden convertirse en dirigentes del sistema a través de partidos y puestos políticos.

Son muy pocos los que dentro de esta minoría permanecen activos contra el sistema después de la juventud biológica, y son estos adultos rebeldes los que permiten la evolución de los derechos de las minorías al transmitir a las nuevas generaciones la posibilidad de rebelarse contra el sistema. Es esta minoría la que ha impulsado los grandes cambios a través de luchas sociales a lo largo de la historia, porque de no ser por esta minoría no existiría ningún derecho para los minorizados.

Las leyes son para los minorizados

La perpetuación de este sistema ha encontrado en las leyes especiales para los minorizados un desfogue de las inquietudes de justicia, es decir; el sistema crea leyes especiales para los minorizados con las que los “protege” de su ejercicio de poder, con lo que los minorizados se sienten compensados y especiales y comienzan a significarse a través de su estatus minoritario, y cínicamente el sistema a través del Estado los reivindican como grupos vulnerables al mismo sistema. Y comienzan a aparecer leyes y programas especiales para los seres humanos menores, menos valiosos, minorizados; leyes y derechos especiales para las mujeres y su capacidad reproductiva, los indígenas, los homosexuales, las niñas y niños, los ancianos, los pobres, los “minusválidos” (los que menos valen). Lo primero que debemos observar es que estas “minorías” vulnerables al sistema son 99% de la población, porque si no eres mujer, eres niño, o pobre, o viejo o indígena, u homosexual, o negro, o empleado. Según su clasificación, los únicos que no son un grupo vulnerable son los hombres, ricos, blancos y/o poderosos, es decir; 1% de la población total del planeta.

Cada vez que se hace una ley especial para un grupo minorizado, se perpetúa su condición de persona con menos valor. Desafortunadamente estamos tan acostumbrados al patriarcado que la absoluta mayoría de las demandas sociales son totalmente asistenciales, hasta la paridad de género en las estructuras de poder son favores patriarcales, (aunque se molesten las compañeras) la realidad es que asignar un puesto por tu condición de género o por cualquier otra condición de minorizado, es un atentado flagrante contra la igualdad humana, porque nadie debiera obtener beneficios por tener un pene o una vagina.  

Todos los derechos para todos

Un primer paso para acercarnos a la justicia, es que todas y cada una de las leyes deben ser para todos y cada uno de los seres humanos sin distinción ninguna, que todos y cada uno de los derechos sean para todos.

Es urgente que esta, que parece ser la generación que tendrá la última oportunidad para que sobrevivamos como especie, incorpore en sus luchas la desaparición de los derechos especiales para todos, que eliminen el concepto de vulnerabilidad y no acepten que ningún ser humano sea minorizado. Para mi es preocupante el que se focalicen las luchas a través de segmentos humanos minorizados, que las mujeres luchen sólo por lo que creen son sus derecho de mujer y no de humanas. Que los indígenas hablen de no ser minorizados, que enfoquen su lucha en ser reconocidos como entes políticos y que en el interior de sus comunidades sigan ellos minorizando a las mujeres de todas las edades y a los niños. Que se crea que los derechos sexuales pasan por absurdos como el matrimonio, que es uno de los instrumentos más efectivos del patriarcado, en donde el pasivo de la relación pasa a asumir su rol de minorizado. Nunca en una relación matrimonial existirá una relación de iguales, porque su estructura de origen es jerárquica, al igual que las familias tradicionales en donde se le asigna un valor descendente después del “jefe de familia” aunque este sea una mujer. Ni el machismo, ni el feminismo depende de tu género, eso se construye en la consciencia y esta no tiene pene o vagina.

¿Pero entonces qué derechos debieran son los buenos para todos?

La respuesta fácil es decir: todos los derechos para todos. Pero quiero hacer una propuesta diferente, en tanto que necesitamos referentes para asirnos de ellos, así que si debemos escoger qué derechos son los buenos, propongo que el punto de partida sean los derechos universales de las niñas y niños y que estos los que se apliquen a todos, independientemente de la edad. Con esto, lo que pretendo es darnos a todos no la condición de niños, lo que quiero es dar a todos condición de adultez pero queriéndonos como si fuéramos niños. No podemos seguir promoviendo o esperando que sea el sistema capitalista patriarcal adultocentrista el que nos diga a que tenemos derecho. Todos y cada uno debemos asumirnos como nuestro propio patriarca y darnos todos los derechos, debemos liberarnos de esa condición de menores de edad que nos asigna el sistema.

Para entender esta propuesta:

  • Imagina ¿cómo te gustaría que fuera tu papá perfecto? Piénsalo.

He hecho este ejercicio con miles de seres humanos en mi vida y todos coinciden en general, que quieren un padre amoroso, procurador, comunicativo, amable, lúdico, inteligente, fuerte, valiente y lo que les digo al cierre de la dinámica es que esa es la buena noticia, la mala es que ya son mayores de edad y que tienen el deber de convertirse a sí mismos en sus papas perfectos; que no podemos seguir reprochando un pasado que solo estorba y que solo tenemos la capacidad de cambiar el aquí y ahora, es decir, ellos y ellas deben ser para sí: amorosos, procuradores, comunicativos, lúdicos, inteligentes, fuertes y valientes. Y cualquier otra cualidad que le pusieran a su papá perfecto. 

Por eso, propongo que todos los seres nos demos:

Derecho a la vida, a la supervivencia

Derecho de prioridad

Derecho a la identidad

Derecho a vivir en familia y a elegirla

Derecho a la igualdad sustantiva

Derecho a no ser discriminado

Derecho a vivir en condiciones de bienestar y a un sano desarrollo integral

Derecho a una vida libre de violencia y a la integridad personal

Derecho a la protección de la salud y a la seguridad social

Derecho a la inclusión

Derecho al aprendizaje

Derecho al descanso y al esparcimiento

Derecho a la libertad de convicciones

Derecho a la libertad de expresión y de acceso a la información

Derecho de participación y toma de decisiones

Derecho a la intimidad

Derecho a la justicia

Derecho a migrar sin restricción

Derecho de acceso a todas las tecnologías

Y derecho a la felicidad que son actualmente los derechos de la niñez.

Para los que valientemente llegaron a esta parte del artículo, merecen una explicación del “todes” en el título del mismo; desde donde veo, la reivindicación de un lenguaje asexuado es otra minorización que no aporta a la construcción de la libertad; debemos reconocer que no somos iguales, existen diferencias biológicas, pero las diferencias sustanciales que vemos entre hombres y mujeres son culturales a partir de paradigmas impuestos, es por eso que existen cientos de palabras que en otros idiomas cambian de género, tienen los dos géneros o simplemente no tienen ninguno, por lo que si insisten en pelear por el lenguaje, habrá que reclamarle al francés que las nubes, la sonrisa, la cama, la pareja y la felicidad sean masculinas.

Iván Uranga
Iván Uranga

Especialista en Ciencias Sociales, promotor de comunidades autónomas autogestivas, investigador social, docente de Permacultura, escritor de
ensayos, novelas, cuentos, teatro y poesía.

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