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Claudia y el poder real: Piedras en el camino. Autor: José Reyes Doria

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José Reyes Doria | @jos_redo

El momento político que vive México es sumamente interesante. En un mismo tiempo, ocurren diversos procesos que serán determinantes en la naturaleza y la estructura del nuevo régimen. Uno de los aspectos más atractivos de la coyuntura, podríamos describirlo como el proceso de transferencia de poder político, de una personalidad extremadamente poderosa como Andrés Manuel López Obrador hacia una personalidad que ostenta la investidura formal de Presidenta de la República, que es Claudia Sheinbaum.

El contexto es de todos conocido: López Obrador tomó el poder en 2018 con un respaldo popular inmenso, con una mayoría aplastante en el Congreso, y el reconocimiento generalizado de su poder y su liderazgo. La personalidad política de AMLO fue la que acumuló una cantidad colosal de respaldo popular, mientras que su partido, Morena, ha sido el instrumento organizativo del movimiento. De tal forma, que el poder personal de López Obrador ha sido, entre los suyos, indiscutible desde que era Jefe de Gobierno de la CDMX; pero con la conquista de la Presidencia de la República en 2018, concentró en su persona el poder real y el poder formal del país.

Ya no solo entre los miembros y facciones de su movimiento, sino en todo México, el poder político de López Obrador creció exponencialmente, al grado de ser prácticamente incontestable. Como Presidente, AMLO no distribuyó el poder, ni entre el partido, ni en el gabinete, ni en el Congreso, ni en los estados. Dicho de otra forma, el estilo de gobernar del tabasqueño impedía que los Secretarios de Estado cobraran el menor protagonismo, incluso en algunos casos indujo la “desaparición” de algunos, como fue el caso de la secretaria de Gobernación, Olga Sánchez Cordero, o el secretario de Salud, que fue tan anulado que no nos acordamos de su nombre. El ex Presidente se saltaba las funciones legales de algunas Secretarías y se las asignaba a otros funcionarios: la SEDENA haciendo aeropuertos, la secretaria de Seguridad fiscalizando al ISSSTE, y un largo etcétera.

Ese estilo, inevitablemente, tuvo repercusiones en la calidad de la gestión pública, pero lo significativo fue la repercusión política, pues el Presidente movía de manera directa todos los hilos del gobierno, concentrando en su persona un poder de decisión enorme. Un esquema similar de relación política se reprodujo con el partido, los legisladores, los gobernadores y demás actores que inciden en el sistema político. Todos estos actores tienen poder y legitimidad, sin embargo, se alinearon en una estructura vertical donde el ex Presidente López Obrador ocupó de manera incuestionable la cúspide. El poder político ejercido por AMLO en 2018-2024 ha sido el más potente de la historia reciente de México, solo se le puede comparar el que tuvo Carlos Salinas de Gortari en su momento. El hecho es que ese poder de AMLO, potenciado por la investidura presidencial, era un poder personalísimo, alineado a su persona y voluntad.

Ahora, en el inicio del sexenio de la Presidenta Claudia Sheinbaum estamos ante un interesante proceso de despersonalización del poder político, proceso que es a la vez inevitable y necesario. En los escasos 45 días del gobierno de Claudia, es evidente que la estructura el poder político no presenta la figura vertical encabezada por quien ocupa la Presidencia de la República, como ocurrió el sexenio pasado. Pero tampoco estamos ante un dominio vertical de López Obrador, porque al ya no tener la investidura presidencial, el tabasqueño no tiene todos los hilos en la mano, por más poderoso que siga siendo.

Por eso decimos que el proceso de desmontar el poder hiper personalizado en las manos de AMLO, es inevitable: Claudia Sheinbaum es la Presidenta de la República, las atribuciones constitucionales, legítimas, con las que cuenta, son colosales y está obligada a ejercerlas con responsabilidad. Claudia ganó con el 60 por ciento de los votos, un caudal superior al que obtuvo el propio AMLO en 2018. Una porción significativa de los grupos, facciones e intereses que conforman la llamada Cuarta Transformación, se han alineado con Claudia Sheinbaum; eso se refleja nítidamente en la integración del gabinete, donde se observa paridad de fuerzas entre los titulares afines a AMLO y los cercanos a Claudia. En otras condiciones, en otros sexenios, lo normal era que el Presidente entrante nombrara prácticamente a todo su gabinete, pero en 2024 es diferente debido al fenómeno AMLO.

Si bien se puede entender la narrativa que expresan públicamente los distintos voceros del régimen, de que no existe una dualidad de poderes porque tanto AMLO como Claudia impulsan el mismo proyecto transformador, lo cierto es que la propia dinámica del poder hace inevitable la confrontación entre ambos polos. Algunos de los hechos políticos ocurridos en este naciente sexenio, ayudan a ilustrar los anterior, pero especialmente el caso de la reelección de Rosario Piedra en la CNDH.

La impresión generalizada es que AMLO mandó la línea de que los senadores de Morena reeligieran a Piedra. En todo el proceso se observaron abiertamente divisiones y posturas contrarias en la bancada morenista, porque la gestión de Piedra ha sido severamente criticada por especialistas, organizaciones, víctimas, trabajadores de la institución; de hecho, en el proceso de selección fue la aspirante peor calificada por las comisiones del Senado. Incluso, notables periodistas y propagandistas afines al régimen expresaron su desacuerdo con la ratificación de Piedra. El minieditorial del periódico más cercano a la 4T, la Jornada, fue lapidario en su crítica al publicar “Y la historia dirá: el Senado tropezó, otra vez, con la misma piedra.”

Otro elemento que redondea la impresión de que AMLO ganó este episodio, es que una de las aspirantes a encabezar la CNDH, Nashieli Ramírez, es identificada como cercana a Claudia Sheinbaum. En todo caso, es muy verosímil la lectura de que la reelección de Rosario Piedra dividió fuertemente a la bancada de Morena en el Senado, y que esa confrontación interna no solo afectó a los senadores, sino que tensó al oficialismo en el partido gobernante, en el gabinete, en las gubernaturas, en los medios. El columnista Jorge Zepeda, afín a AMLO, señaló que esa demostración de poder de López Obrador no era necesaria, porque podría tratarse de una victoria pírrica que conlleve profundas fisuras en la 4T.

Aquí podemos volver a la figura vertical del poder. En el sexenio de AMLO, toda la clase política estaba alineada absolutamente bajo el predominio del entonces Presidente, sin el menor asomo de disidencia ni cuestionamiento. Pero la gran mayoría de los políticos son profesionales y astutos, saben que Claudia no tiene los mismos hilos del poder que tenía AMLO; dicho de otra forma: saben que, aunque es la Presidenta de la República, y que con las atribuciones del cargo puede imponer decisiones y aplastar opositores si fuera necesario, por el momento no tiene el suficiente margen de maniobra para ejercer plenamente esas facultades, porque el otro polo de poder, es decir AMLO, cuenta con instrumentos potentísimos para acotar a la Presidenta.

Y no es que necesariamente vaya a darse una guerra civil entre Claudia y AMLO, porque, insisto, coinciden en los términos generales de la llamada Cuarta Transformación. Pero si bien el Proyecto los une, el ejercicio del poder puede generar confrontaciones porque, lo sabemos desde Aristóteles, Julio César y Maquiavelo, hasta Napoleón, Plutarco Elías Calles y Lázaro Cárdenas: el poder difícilmente se puede compartir, porque no es funcional que existan dos cabezas para un solo poder, los equilibrios son insostenibles. Por eso decíamos que la despersonalización del poder concentrado en un ciudadano que ya no tiene la investidura presidencial formal, como hipotéticamente es el caso de AMLO, es algo necesario, porque lo contrario es fuente permanente de tensión, incertidumbre y división en la clase política, y de inestabilidad creciente en las instituciones.

La línea vertical del poder existente en 2018-2024 no es posible en el arranque del sexenio actual, porque Claudia no ha tenido tiempo aún de construir y consolidar un liderazgo que trascienda las coordenadas formales de la investidura presidencial. Por lo mismo, algunos grupos y actores muy avezados, como los coordinadores parlamentarios del partido gobernante (presuntamente colocados por AMLO, y además rivales de Claudia por la candidatura presidencial), que manejan una poderosa mayoría calificada, saben que tienen ante sí un escenario propicio para no someterse totalmente a los designios de la Presidenta.

Pero aquí aparece la fuente de la inestabilidad, porque los coordinadores parlamentarios, así como otros actores en el gabinete, en los temas de la seguridad pública, en la relación con Estados Unidos, en la política presupuestaria y fiscal, etcétera, esos actores olfatean que también existen condiciones para no someterse del todo a la línea de AMLO. Es decir, que la presunta postura del ex Presidente de seguir ejerciendo el enorme poder personal que innegablemente tiene, invadiendo en ocasiones áreas sensibles que deberían ser solo de la Presidenta, puede generar una especie de desarticulación de los factores de poder donde cada uno empiece a priorizar sus intereses facciosos aprovechando el juego de simular o condicionar lealtades a Claudia o a AMLO.

Un columnista no derechista, como Carlos Pérez Ricart, dice que, aunque apenas van 45 días del sexenio de Claudia, ya existe temor de que ocurra como en la famosa obra de Samuel Beckett “Esperando a Godot”, donde los personajes pasan mucho tiempo esperando a alguien que los ayudará, pero ese salvador no llega nunca. Claudia no ha llegado, dice, y ya se está tardando mucho, porque más confrontaciones como la del Senado por la CNDH, serían potencialmente devastadoras. Como en la obra de Beckett, las amplias franjas sociales que no están alineadas ni con uno ni con otro polo de poder, pero saben que siempre es mejor que se consolide el poder formal-constitucional, no pueden quedarse a esperar eternamente la llegada real de Claudia. Difícil no darle la razón al columnista.

José Reyes DoriaPolitólogo por la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales, y Maestro en Auditoría Gubernamental por la Facultad de Contaduría y Administración, ambas de la UNAM. Asesor parlamentario en diversos órganos de gobierno y comisiones de la Cámara de Diputados del Congreso de la Unión. Colaborador en portales informativos. Conferencista sobre temas legislativos y políticos. Consultor en materia de comunicación política, prospectiva y análisis de coyuntura. Contacto: reyes_doriajose@hotmail.com rdj082013@gmail.com

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