Ciudad de nostalgias. Autor: Óscar G. Chávez

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¿A poco no se te hace que parece un nacimiento con sus foquitos? A mí, desde la primera vez que vine así se me imaginó. Persiste en la memoria la voz de mamá Quique indicándome la próxima llegada.

No se llamaba Enriqueta, pero nadie me quitará el orgullo de haberle impuesto (por ociosa asociación infantil) ese nombre, con el que fue conocida  y es recordada desde entonces. Quizá alguna de las tías diga –celosa– que no era mi mamá; pero lo fue desde que nací y hasta hace veinte años.

La sucesión de luces en la obscuridad de la noche, primera vista y primer recuerdo de la ciudad. La persistencia de la imagen.

La ciudad, tema recurrente en todas las pláticas con papá Quique –él sí se llamaba Enrique–,  siempre ejerció sobre mí un curioso magnetismo. Y cómo no si me contaba que en ella don Rosalío lo enseñó a leer, y de sus caminatas diarias de Tacubaya a Tepito. Con inocencia o deliberadamente ignoré que me hablaban de una ciudad de las primeras décadas del  siglo, y aunque la construí a mi gusto, en nada se asemejaría a la que conocí.

La ciudad, a donde huyó al sentirse en riesgo de muerte –y en donde sobrevivió– un tío, luego de saberse reprobado en alguna materia de secundaria. Entonces la terminal estaba por Lerdo Chiquito… anduve deambulando por el rumbo de San Fernando… me recogieron unos muchachos, electricistas. La muerte inminente nunca llegó –aunque en algún momento lo alcanzará– y el encuentro acabó en paternal abrazo.

La ciudad de la que llegó mi ropón de bautismo –fifisísimo–, y a lo largo de mi infancia los juguetes de cumpleaños (creo que por paquetería Estrella Blanca). De allá también provenía mi Rolando, el oso gris con el que voy parejo en años.

Y cómo no iban a llegar tamaños presentes si allá vivía mi tía y madrina, privilegiada –y por partida doble– hermana de mi madre a la que sigo tratando con el respeto que merecen las madrinas de pila y agua. El inmerecido privilegio doble le viene –por si se lo preguntaban– de ser mi madrina y de recibir ese respeto que no prodigo a ninguna otra de mis tías.          

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Archivo: Palacio de Bellas Artes.jpg

Con esos antecedentes, que seguro a nadie importan pero que soy feliz recordando, es lógico suponer que fabriqué un paraíso en torno a esa utópica ciudad. Algún día – soñaba– llegaría el día en que solo llegaría hasta ella, y sólo la recorrería; porque no era lo mismo caminarla imaginariamente, o de la mano con abuela y tías, haciendo surco entre Bellas Artes, la Latino, el zócalo y la Villa.

Eran otros tiempos, podíamos viajar solos desde los 15 años; ¡líbrenos hoy Nuestra Señora de Catipoato de mandar a la tienda solos a los críos! Abordar el Estrella Blanca –no soy accionista de esa compañía como acusa Nuria, pero era lo único que había– no costó más trabajo que pagar el pasaje, y escuchar las consabidas reglas, magnificadas en este caso, de sobrevivencia urbana, rubricadas con la aterradora recomendación: ¡Cuídate de los chilangos!

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Pensaba que la luna era queso y se comía a mordidas; mis provincianas curiosidad e imprudencia me hicieron buscarlos en lo más recóndito de la ciudad. Nunca di con ellos, no hallé a los hombres malos, ni logré saber de qué cuero salían más correas. La búsqueda continua; ¿qué es un chilango? 

Ateniéndonos a la Real Academia de la Lengua Española, que como todos lo sabemos limpia, pule y da esplendor (en lema que le vendría bien a cualquier taller de cromado o limpieza de naves industriales), chilango es: 1. adj. coloq. [adjetivo coloquial] Méx. Natural del Distrito Federal, en México. U. t. c. s. [Usado también como sustantivo] 2. adj. coloq. Méx. Perteneciente o relativo al Distrito Federal o a los chilangos.

La muy limpia, lustrosa y esplendorosa definición no aporta mucho; dice lo que todos sabemos; pero ¿qué significa?, ¿cuál es su origen?, de dónde viene el término que hoy ha sido aplicado por extensión y antonomasia a todo lo referente a la Ciudad de México y su gente.

La palabra la escuchamos y leemos en todas sus presentaciones, la hallamos en cualquier parte del país. Tenemos como adjetivo al chilango y la chilanga, extensivos a todos los pronombres personales; como topónimo y sinónimo de la ciudad: el chilango (ir al), chilangolópolis; como verbo: chilanguear, el cual puede tener diferentes interpretaciones y significados; como una gama de términos lingüísticos: chilanguismos; como acción: chilanguería, chilangada (salir con una). La riqueza del término.

Nadie, se entrevé, ha podido descifrar el origen del término, existen algunas aproximaciones cronológicas a su aparición; complejo resulta su rastreo en el tiempo y  la geografía.  Pareciera de  esas palabras que surgen, caen en desuso, quedan ocultos y años después reaparecen, cuando ya no se recuerda su origen. Pensemos en el caso del término cuitol, usado peyorativamente en la Huasteca potosina para referirse al indígena de aquellos lares, pero que en su alcance original –casi desconocido– dista mucho de serlo.

Hay quienes han pretendido asignarle un origen indígena realizando sesudos razonamientos para demostrarlo. Algo similar a lo que ocurre con gachupín, cuyo sencillo origen castizo nada tiene que ver con el supuesto nahuatlismo.

La revisión bibliográfica no arroja ninguna luz sobre el asunto; ningún vocabulario virreinal o del XIX lo consignan. Tampoco lo aluden los cronistas, ni los historiadores y escritores costumbristas del XIX.  Basta una revisión a Ángel del Campo Micrós, García Cubas, Orozco y Berra, y Guillermo Prieto; a las guías de forasteros de Almonte, o Juan N. del Valle; a los directorios de comercio, como el de Eugenio Taillefert,  para percatarnos de la inexistencia de la palabra.

La misma situación se repite durante el siglo XX con cronistas como Benítez, Galindo y Villa, Novo, y Valle Arizpe. Los novelistas que penetran a las entrañas de la ciudad como Héctor Raúl Almanza en Candelaria de los patos, o La ciudad sobre el lago, de Pablo María Fonsalba (pseudónimo de Asunción Izquierdo Albiñana), ni por equivocación lo citan.

Manuel González Ramírez, en México, litografía de la ciudad que se fue, y Arturo Sotomayor en “México donde nací…” biografía de una ciudad, quienes abundan en rumbos y fisonomías populares, pasan por alto el chilango, utilizando el adjetivo capitalino.

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De unos años para acá, eruditos y legos, consagrados y profanos; residentes de la ciudad o del interior, han pretendido abordar el tema, pero sin profundizar mayormente en él. Así, mientras unos se inclinan por el pretendido origen indígena, otros lo conciben como una aportación del caló popular de la ciudad de México. Hay también quienes dicen que, argumentando infalibilidad pontificia, debe ser utilizado para denominar con él a los que de provincia migran a la capital, y quienes señalan –como los doctos que dicen ser– que fue acuñado para identificar al capitalino.        

Hasta ahora, la primera ocasión en que se abordó el tema de una manera profunda y con la seriedad que merece, es en el insuperable texto de  Gabriel Zaid, Chilango como gentilicio (https://www.letraslibres.com/mexico/chilango-como-gentilicio), publicado en Letras Libres [1999]. En él, Zaid hace una recapitulación profunda de la palabra y recurre a la diversidad de fuentes lingüísticas que pueden aportar sobre el tema.

Ahí mientras desmenuza la historia de la palabra, analiza algunas definiciones como la consignada por Francisco J. Santamaría, en el acucioso Diccionario de Mejicanismos [1959], en donde se señala chilango como una variante fonética de shilango, a la que le da un origen maya por provenir de xilaan, con el que se refieren al personaje de pelo revuelto o encrespado, y que en Veracruz se utiliza para denominar al habitante del interior, en especial al pelado de Méjico.

Luego de Zaid, nadie ha abordado el término desde otras ópticas, antes bien, muchos incurriendo en el consabido y cada vez más común plagio, repiten fragmentos íntegros del citado texto. Un ejemplo concreto lo tenemos en la hoy inefable Wikipedia, la definición, aunque cita a Zaid, es pletórica en torpezas; amasijo confuso de datos.  

En el Diccionario del español yucateco de Miguel Güemez Pineda [PyV, 2011], se consigna chilango como sinónimo de huach o wach, adjetivo que se utiliza para referirse al habitante del altiplano o del centro del país, aféresis de huachinango (chinango), cuyo color asociaban con el color rojizo de los residentes del altiplano que llegaban a tierras bajas. 

Ricardo Colina Rubio y Paulina de Rivera Colina en el Diccionario de la Ciudad de México [Porrúa, 2013], hacen referencia al ya citado texto de Zaid, del que realizan una excelente sinopsis, refiriendo en algún punto: En tiempos pasados, la mayoría de los delincuentes condenados eran enviados a la Ciudad de México para concentrarlos y posteriormente enviarlos a la cárcel de San Juan de Ulúa en Veracruz. Al llegar al puerto, los presos eran atados de manos en hilera en forma similar, los nativos le llamaban chilanga, o sea, como un atado de chiles. De ahí que al chilango se le asocie con aquellos “delincuentes” provenientes de la capital.

Hasta aquí, todo alude a un término utilizado fuera de la Ciudad de México, para referirse –como adjetivo– a quienes llegaban de la misma. Siempre, desafortunadamente, en forma peyorativa.

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Hace casi diez años, gracias a generosa consideración del erudito librero anticuario Enrique Fuentes Castilla, propietario de la entonces llamada Librería Madero, pude adquirir algunos papeles de mi paisano el historiador Joaquín Meade, quien en apostólicos afanes invirtió más de la mitad de su vida y de la totalidad de su fortuna, en revisar todos los repositorios documentales existentes en México, España, Estados Unidos, Roma y Londres, rastreando datos sobre la historia de San Luis Potosí. Tenía  como finalidad y meta, formar un monumental Diccionario arqueológico, biográfico, e histórico de San Luis Potosí

Entre estos papeles hallé parte de su meticuloso fichero de voces huastecas (manuscrito), donde registra una palabra utilizada por los huastecos durante la época prehispánica para referirse a los mexicas. Es ésta una aproximación fonética a tçilango, palabra a la que da como significado gusano de lodo, de pantano; clara alusión al origen o vecindad lacustre.

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A poco más de 650 kilometros de Tapachula, Chiapas, hacia el sur, se encuentra el departamento de Morazán, limítrofe con Honduras. En él, desde la época prehispánica, hasta bien entrado el siglo XIX, se habló la lengua lenca.

De ésta, nos dice Cipriano Muñoz y Manzano, conde de La Viñaza, en la Bibliografía Española de Lenguas Indígenas de América [Madrid, 1892], fue Hablado por los indios del mismo nombre, habitadores de la parte central de Honduras, especialmente de los departamentos de Comayagua y Tegucigalpa.

Aunque el lenca fue propio de Honduras, El Salvador y Nicaragua,  tuvo palabras comunes con el maya y el náhuatl; desafortunadamente para el último tercio del siglo XIX, había muy pocos hablantes y en 1950 era ya considerada una lengua extinta.

Un Pequeño vocabulario de la lengua Lenca, compilado por Eusebio Hernández y Alphonse Louis Pinart [París, 1897] nos da la clave. Luego de la introducción en sus primeras hojas, consigna las divisiones de esta lengua: Lenca hondureño y Lenca salvadoreño (también llamado chilanga).

¿De dónde ese término? Chilanga un pueblo donde se había congregado la mayor cantidad de hablantes, situado en el ya mencionado departamento de Morazán, cuya protección patronal había sido encomendada  a Nuestra Señora de la Concepción. Su nombre, en lenca, significa Ciudad de las Nostalgias. 

El término lenca posiblemente fue utilizado para referirse a los integrantes de las caravanas de pochtecas que hasta allá llegaron durante el apogeo mexica. ¿Acaso no es nostálgica la mirada de un hombre lejos de los suyos? Los hombres nostálgicos.   

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Si bien, el origen de chilango como adjetivo utilizado en México, para referirnos al citamexiquense –gentilicio válido– sigue siendo incierto y se encuentra asociado a una serie de términos formulados siempre con carga negativa, que nos ha llevado a asociarlo sin ningún problema con una cuerda de chiles colorados, debería llevarnos –por humanidad o romanticismo– a vincularlo con la  nostalgia o tristeza retratadas en los rostros y mirada de la cuerda de patibularios. ¿Por qué buscar siempre el estigma?

Pienso en la Ciudad de México, de la que siempre se evoca sus pasados indígena y colonial, su origen lacustre hoy cubierto por concreto, su patrimonio arquitectónico arrasado en aras de un progreso mal interpretado; sus constantes avatares. Es en efecto chilanga.

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Mis recuerdos y el de la ciudad me tornan un poco nostálgico; luego pienso en los amigos que allá viven y que en ella nacieron: todos tienen un algo de nostalgia en sus miradas. Son chilangos; así, soy –también– un poco chilango.

https://twitter/anticuaeguiara

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