Caminantes blancos y cosas peores. Autora: Pilar Torres Anguiano

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Homo Homini Lupus. Georges Rouault. 1926

Homo homini lupus.
Thomas Hobes

Ya sé que a todos les gusta la primavera. No digo que a mí no, pero me trae algunos inconvenientes: alergias e insectos, entre otros. Mi casa está invadida por hordas de hormigas que salen de quién sabe dónde. Ya tratamos el ácido bórico, insecticida, vinagre y hasta un líquido extraño que me vendió el de la camioneta de productos de limpieza que va de casa en casa… todo funciona de momento y algunas horas o días después nuevamente surgen. No importa cuántas veces repita el proceso. Pinches hormigas. Las mato y, una de dos: o se hacen las muertas un rato para levantarse después, o de plano reviven. En medio de mi desesperación inicié una minuciosa investigación (eufemismo de buscar en Google), y descubrí que las hormigas dejan rastros de feromonas para que otras hagan el mismo camino y lleguen a la tierra prometida. Supe que ya había leído demasiado, cuando encontré un artículo de un hongo que ataca a ciertas especies de hormigas, atacando su sistema nervioso y convirtiéndolas en una especie de zombis.

Entre eso y la ensoñación en la que me encontraba por el maratón de Game of Thrones que me receté, se me ocurrió la muy predecible idea de comparar la invasión de hormigas con los caminantes blancos… y con algo más.  Las hormigas me invaden en primavera y los caminantes blancos lo hacen en invierno, pero es lo de menos.

Resulta que los primeros hombres avanzaban, arrasando a su paso con los árboles sagrados. Entonces, los niños del bosque crearon, como forma de defensa, a los caminantes blancos. Pero resultaron ser un destructor aún peor, principalmente porque su poder aumenta exponencialmente porque incorporan a su ejército a todos los muertos en las batallas de los que luchan contra ellos. Poco a poco se convierte en una plaga que se sale de control y amenaza con destruirlo todo. Si todo fuera ficción no tendría sentido mencionarlo. Pero así, tal cual, es como se va tejiendo también la violencia en las redes sociales.

Las redes parecen una utopía donde el ciudadano ha depositado la voz para comunicarse con sus iguales. Nos animan a interactuar, relacionarnos, opinar y además garantizan al usuario un recurso que le permite hacer lo que quiera: el anonimato. Son territorios para la expresión, la denuncia, el debate, pero también para la propaganda, la difamación y el descontrol. Así, la violencia argumentativa, la agresión y la desinformación, como el ejército de caminantes blancos, crece incontrolablemente. Tomo el celular, entro a tuíter y al poco rato, casi sin darme cuenta, todos estamos pelando.

En el mejor de los casos, los tuiteros recreamos otra versión de nosotros mismos a partir de pedazos de información personal, y –en el mejor de los casos– fotografías retocadas y comentarios sobre lo que hacemos y lo que nos gusta (o más bien, sobre lo que nos gusta que los demás vean de nosotros). Y digo, “en el mejor de los casos”, porque frecuentemente el perfil agresor ni siquiera es real, sino un alter ego. Por su naturaleza, las redes fomentan que se expanda nuestro alcance y propician que elevemos el número de amigos y seguidores, solicitando así la aceptación de gente que no conocemos, pero con la cual podemos llegar a entrar en contacto, incluso más que con la familia y amigos reales.

Así se acelera el proceso de participación: estando sin estar, la dinámica se automatiza y la tecnología se convierte en un medio que aparentemente niega la inter personalidad, pero permite una comunicación eficaz e inmediata. Todo un caldo de cultivo para la propagación de nuevas formas de amistad… pero también de violencia. Aquí hay un punto importante: muchos dicen que las amistades que se establecen en las redes sociales no son reales… pero si la amistad no es real ¿la violencia tampoco lo es?

Para Daniel Innerarity, los medios de comunicación suscitan una familiaridad y proximidad con las cosas y las personas, pero no permiten la otra cara de la realidad: su manufactura, su carácter de mediación construida, su superficialidad. La visibilidad y aparente transparencia de las redes producen una ceguera específica. Vemos lo que queremos ver.

Una fotografía que se sube a las redes tiene exactamente el mismo potencial de documentar la realidad que de tergiversarla, late en ella la misma posibilidad de informar que de construir ficciones. La misma fotografía, en contextos distintos, puede denunciar la violencia, ocultarla o generar más violencia. Además de sus bondades, las redes traspasan definitivamente la frontera entre lo virtual y lo real, nos permiten al mismo tiempo lanzar la piedra y esconder la mano… nos deshumanizan. Nos convierten en algo parecido a los caminantes blancos y al parecer, es contagioso.

Debería poner en mi currículum vitae que logré ver las siete temporadas de Game of Thrones en tres semanas. Imagino que la fracción más conservadora del fandom de la serie no me consideraría digna, porque llegué siete años tarde. Que me perdonen los puristas, pero a cada uno le llegan las cosas a su tiempo. Los nerds lo sabemos bien. Estoy lista: Que venga el invierno. Todo sea como la violencia ficticia. A la de las redes, en cambio, todavía no me acostumbro. Mucho menos a la real.

Aquí unas palabras de Eduardo Galeano: Según dicen, el hombre es el lobo del hombre. Pero ningún lobo mata nunca a otro lobo. Ellos no están dedicados, como nosotros, al exterminio mutuo. Tienen mala fama los lobos, pero no son ellos quienes están convirtiendo al mundo en un inmenso manicomio y un muy poblado cementerio.

@vasconceliana

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