Calle tomada. Autor: Luis Sánchez

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Decisivos factores fueron primero la TV, luego el internet se dice, para alejarnos de la calle paulatinamente.

El terreno fue después ocupado, también a cuentagotas, por el miedo.

La apoteosis del fenómeno que nos fue quitando ese espacio otrora seguro tuvo lugar en el sexenio de Calderón (ya entrando otros factores a la ecuación); lo viví en mi terruño (Monterrey) entonces y no creo que sea un exceso decir que se dio en todo el país.

El ejército en acorazados recorriendo las calles, cuerpos acribillados en alguna esquina, fueron convenciéndome de que las caminatas nocturnas en la ciudad eran ahora caminatas en zona de guerra.

Conducir también se volvió un riesgo. Por ello se impusieron retenes en las principales avenidas, retenes que provocaban largas filas y que nunca llegaron a ser efectivos.

A mí no se me olvida el conductor aquél que se me emparejó cuando me tocaba salir del cuello de botella, que me mostró un arma de fuego y me pidió con amabilidad el pase: ¿me la va a hacer de pedo, verga?

Vi el retén adelante, a los uniformados, y ya no supe “quiénes eran cuáles”. El individuo y su arma pasaron sin ser molestados.

Conocí otra tarde la labor de inteligencia judicial que acecha en los barrios, furtiva, imperceptible. Caminaba del abarrotes de la esquina a casa cuando una camioneta se detuvo a mi lado, rechinando llanta, salida de la nada.

Dos hombres bajaron de ella y uno me sometió contra la pared, me pidieron identificación y, luego de mostrarme las suyas, me interrogaron, aplicando la del policía bueno y el policía malo.

En la calle, a un empujón, la puerta de la camioneta abierta.

Yo me asumí entonces una “baja colateral” más, un desaparecido en el lugar y tiempo “equivocado” al que seguramente asociarían con el crimen organizado.

Resultó esa vez que me parecía a alguien que buscaban, una “investigación avanzada” dijeron, pero ya viéndome bien resultó que no me parecía tanto.

Se fueron como llegaron, pero quedó la aprensión, la frustración que provoca la vulnerabilidad, la convicción de no estar protegido, y lo peor, de no poder eventualmente proteger de esos encuentros a los que quiero.

No por ello renuncio a hacer válido mi derecho de libre tránsito callejero e incluso me aventuro a hacer cine digital guerrilla tomando las calles como puestas en escena (bajo esa modalidad audiovisual es casi una exigencia del oficio partir de lo que ya está ahí).

Y ese puente peatonal, por la noche, estaba hecho para el cortometraje que rodábamos.

Luego de una hora allá arriba, ya terminando los últimos planos, escuchamos un silbido agudo y fuerte. Era casi como el chillido de un águila, cada vez más cerca. En la rampa de subida del puente vimos a dos hombres que nos observaban.

Uno de ellos traía una especie de silbato, con el que hacía el ruido; el otro, luego de colocar lo que parecía un arma bajo el elástico de su pantalón, subió corriendo la rampa, hacia donde nos hallábamos.

Antes de que el individuo nos alcanzara ya habíamos bajado por el otro extremo. Nos detuvimos agitados y nerviosos a una calle de ahí.

El hombre que nos seguía se quedó en la rampa del puente, como un guardián que protegía el acceso; en el otro extremo el otro seguía emitiendo el chillido; por la avenida, coloreando de azul y rojo la penumbra, una patrulla avanzó lentamente, hasta perderse tras doblar en una esquina.

El mensaje era claro: no teníamos “permiso” para estar ahí.

Los míos fueron apenas roces con ese otro mundo de violencia y crimen que nos rodea. El de miles fue una acometida directa y trágica: bajo su embate fueron muertas (os) y o desaparecidas (os); las más de las veces criminalizadas (os) por las versiones oficiales.

Lo peor es que esto no se acaba, parece que sí de a ratos, que las cosas están bien, pero la verdad es que no, para nuestra desgracia y beneficio de algunos otros, la calle sigue tomada.

@bonsiul

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