Aprensión. Por Luis Sánchez

Por Luis Sánchez

Armando entró a la cantina con un andar natural. Saludó al cantinero, pidió lo acostumbrado y acomodó su cuerpo en la mesa del centro. En su rostro macilento no había expresión, nada que revelase el porqué de su insistente “seriedad”, con la que llevaba días enfrentando al alcohol. Era una batalla ardua la de mostrarse cuál no era lo que sentía; por lo que a ello se agregó una pesadez en su cabeza, una tensión que no le permitía pensar con claridad; aunque le dejaba sobrellevar las relaciones cotidianas: con su mesera favorita, con los teporochos del rincón, el cantinero.

Mantenía su mirada al frente, aunque no veía algo, aunque tampoco razonaba. Daba tragos cortos, esa noche en particular, noche cumbre de sus esfuerzos, debía procurar la sobriedad hasta que la embriaguez no llegase a causarle un problema. Sin embargo, le temblaba la mano cada vez que sostenía su cerveza. Pensó <<¿Qué habría sido si no me hubiese preparado con tiempo? El miedo sería tanto que no podría siquiera mantener la postura… al menos puedo controlar el envase desde la mesa hasta mi boca>> Y de repente en ello ponía todo su enfoque, porque de esa forma no divagaba, divagar significaba entregarse a la nada y en esa intemperie sería más fácil caer, quedar prisionero tras las barras de la intimidación.

Había esa noche algo singular en la cantina; algo que al ojo menos precavido hubiérale causado una fuerte impresión de inesperado. Las paredes, dos noches antes rojas de la mitad para abajo, cremas para arriba; eran ahora moradas y blancas; con cuadros diferentes adornándolas; en donde resaltaba el azul-morado oscuro y las figuras abstractas, negras, evocaban elasticidad; como vómitos amoldados. Armando no se percató del cambio, aunque sintió una atmósfera más fría, cargante; cosa que atribuyó al posible encuentro.

Muy lejanamente escuchaba las risas, la música de la Sonora, muy lejos y discorde veía el baile de algunas tres parejas. Como sombras que no le decían algo y jugaban un papel accesorio en la noche, pero al fin fundamental. Tomó el envase y se lo llevó a la boca; encendió un cigarrillo, el primero de todo el día <<El humo también lo aletarga a uno>> Luego, casi en el acto otro trago, y otro toque; notó que la compulsión lo debelaba. Trató de calmarse, advirtiéndose las consecuencias de comenzar con ese ritmo tan propio de sus pasadas borracheras; antes de que comenzara con su disciplina de “seriedad”. Contra su voluntad, acaso la voluntad genética, restregó el ascua del cigarrillo en el cenicero, aplastándolo hasta romperlo… uno menos, se dijo. Alegre iba dar un trago a su cerveza, animado por el frenesí de su victoria ante el ansia. Pero nuevamente se contuvo, y sintió una doble victoria; <<que venga ahora>> se dijo con súbito valor <<soy capaz de defender la resolución más estúpida ante lo que sea>>  <<De eso se trata, de seguridad>>  Pero no pudo convencerse del todo.

Pasaron los minutos y la exaltación se disolvió, quedando sólo ese amargo sentimiento que deja tras de sí; una especie de resaca emocional. Sí, algunos esfuerzos son capaces de granjearnos satisfacciones heroicas, pero no quiere decir que esos logros sean más que insignificancias en la bastedad de logros de todas las vidas, no siquiera de una menos débil que la mía, pensó. Entonces sintió el deseo de levantarse, salir de esa cantina para ya no volver; aún era tiempo, a ella no le importaría verse plantada; o al menos le importaría menos que…Pero era mentira; en realidad todo recaía en él: sería menos el pesar para él si ella se sintiera plantada; menos que tener que enfrentarla y cargar luego con alguna mirada particular o alguna frase a la que tendría que dar mil vueltas antes de fulminarla en el olvido <<Olvido, pero nada queda ahí>> <<si soy un montón de miedos es porque no he podido olvidar>> <<o peor… ¿Será mi naturaleza?>> Y nuevamente le temblaba la mano, esta vez obligándolo a derramar el líquido.

Una mujer se le acercó, al parecer una mesera nueva. Era enorme, de anchas caderas y senos prominentes, con semblante de niña. Su blusa, color negro, dejaba ver la oscuridad desvanecida del pezón; de tan apretada, ponía en alto sus dos carnosidades. Con voz aguardentosa y gestos coquetos pidió un cigarro a Armando, pero no obtuvo respuesta de éste; que apenas atinaba a distinguir el leve movimiento en sus labios cuando hablaba. La mujer le repitió su solicitud, pero ahora con semblante incrédulo; Armando simplemente no tenía el control de sí, sus ojos vacíos, sin quererlo, reposaban en los senos enormes, porque en alguna parte debían reposar. A dos mesas de ahí los teporochos del rincón murmuraban y soltaban risotadas, aguardando el desenlace de aquello. <<Suelen gustar mucho, cabrón>> dijo ella en voz alta <<Pero no creas que las cambio por cigarros>> Mas algo extra había de hacer, porque ya no era sólo la atención de los teporochos, ahora también el cantinero y algunos borrachos de la barra miraban. La mujer tomó un cigarrillo, acalorada, sabiendo que tenía en ese momento la atención, y al regresar la cajetilla le derramó, con ademán de falsa violencia, la cerveza sobre el pantalón. Entonces Armando volvió de su letargo.

En el baño, frente al espejo, la angustia le acometía doblada. Sintió un tremendo odio hacia sí mismo; no toleraba el hecho de no poder controlar los mecanismos físicos más elementales: escuchar, responder, dar una dirección consciente a sus ojos. Ahora toda aquella gente jugaría un papel no tan accesorio. Cada mueca burlona, cada mirada le pesaba ya aunque resguardado por las paredes del baño: el miedo devenía en terror. 

No había más personas ahí aparte de él y otro hombre, defecando en el único retrete cerrado. Un olor pestilente provenía de ahí, reforzada su repugnancia con el pésimo estado de las paredes, irrigadas de manchas líquidas escurridas, salpicadas por rastros de espeso vómito, y por primera vez en la noche la sensibilidad le distrajo. La voz sugirió a un hombre seguro de sí <<¡Compadre! No seas gacho, échame unas servilletas, carnal… no hay papel>>  y temblaban sus palabras por la risa. Armando envidió su situación; ojalá fuera la de él tan fácil de arreglar; supo cuánta satisfacción le regalaba al darle un puñado de servilletas, las que ya no le servirían para borrar la mancha de su pantalón, no la atención de cuántos vieron el acto de la mesera. <<Gracias, compadre, me acabas de sacar de un pedote>> Asunto arreglado ¿Y cómo escaparía intacto, él, de su inminente cita, ante los teporochos, el cantinero, la mesera? ¿Cómo sin dejar de ser un cobarde?

Al abandonar el otro hombre el recinto de baños, antes que la puerta se cerrase, Armando alcanzó a ver entre las mesas: ella estaba ahí, sentada de espalda a los sanitarios. Inconfundible su pelo negro, corto, que dejaba ver el cuello pálido. La forma tan recta de sentarse le “recordó”, aunque nunca antes le había hablado, la severidad de su persona. Ahora mismo estará preguntándose qué clase de hombre es el que ya no sólo se atreve a citarla a ciegas, a ella, sino el que lo hace en una cantinucha como esta, se increpaba… <<¡A la chingada con todo!>> y una risa neurótica lo sacudió. <<Esto es tan cosa de risa como la de cagar sin papel a la mano>>  y luego, exagerando la analogía, tal vez para sentirse resguardado por un gigante de la antigüedad <<Tan Héctor enfrentando a Aquiles, hijo de una diosa, invencible; hay que enfrentar a esa mujer dura, dispuesto a ser despedazado emocionalmente>> <<Un trauma más uno menos ¡Vale madre!>> Se decía, invocando al frenesí, pero no se convenció del todo.  

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