Inicio Opinión Alegrías, tristezas y nacionalismo. Autor: Federico Anaya Gallardo

Alegrías, tristezas y nacionalismo. Autor: Federico Anaya Gallardo

¿Qué era el nacionalismo visto por Monsi en la Avenida de la Reforma de 1986 en el Segundo Mundial de Futbol mexicano? Nos dice el cronista que se trataba de “la esperanza liberada por el relajo, la alegría que prescinde de la esperanza, el entusiasmo que ve en las emociones a las únicas tradiciones válidas.” (“¡¡¡Gol!!! Somos el desmadre” en Cuadernos Políticos, Era, № 47, Liga 1.)

Monsi era un académico en el Departamento de Estudios Históricos del INAH… digo, aparte de su bien conocida ocupación como numen tutelar de todas las conferencias, de todas las presentaciones de libros y de todas las manifestaciones… Por eso, el cronista nos explica que, ante los regocijados manifestantes en la Reforma de 1986, “las preguntas se distribuyen mentalmente con la impaciencia de un reportero carente de temas: ¿es el futbol la nueva identidad nacional de México? ¿Es esto el esplendor del nacionalismo especializado? ¿Qué otro motivo congregaría tales multitudes?”

Monsi avanza allí un esbozo de respuesta: “En cualquier caso, no todo empezó hoy [Avenida de la Reforma, año de 1986]. Algo queda, digamos, de las atmósferas de las ferias de pueblo, aquellos recordatorios de santos del calendario eclesiástico y de santos del calendario cívico que permitían el primer capítulo de las novelas y la última secuencia de las películas.” Lo mismo que nos recordó Luis Lezama a las y los masiosares el 2 de julio ppdo. (Liga 2.)

Monsi también era sociólogo. En 1986 nos decía que la festividad futbolera también tenía antecedente en “el uso del alcohol [en] las ceremonias cerveceras y el bacardí eufónicamente báquico”. Los jóvenes alcoholizados son, de esa manera, “saludos a la costumbre que exige miradas turbias que sustituyan a los fuegos de artificio”. Este detalle lo subrayó Federico Reyes Heroles en 2026 pero desde el otro extremo: el límite del enjuiciamiento moral. Don Federico estaba escandalizado del consumo inmoderado de alcohol entre la muy fifí concurrencia en el Estadio Azteca, adonde vio con horror “la transformación radical de las personas cuando se encuentran abrazados por la masa”. Reyes Heroles terminó su ensayo con el grito atávico del sabio en la torre de marfil que se enfrenta al caos: “¡Qué miedo!” (Liga 3.)

Aquí quiero subrayar que a Monsi lo recordamos esencialmente como un hombre de buen humor, un intelectual capaz de mostrarnos la sonrisa crítica de la razón ante los peores abusos de los poderosos. Pero no era un entusiasta. Yo sospecho que Monsi era profundamente pesimista, pero de esa estirpe extraña de pesimistas que JAMÁS renunciarán a la esperanza de ser gratamente sorprendidos.

Mientras Monsi hilaba sus hipótesis ante la extraña manifestación del nacionalismo mexicano que nos trajo el Mundial de 1986, nos advirtió que —más allá de los precedentes carnavalescos-saturnales y de liberación limitada al pueblillo de los confines— quienes observaban a las masas futboleras de junio de 1986 debían ser “justos”, Porque “aquí no se consiente la añoranza”. Lo que veía Monsi hace cuarenta años olía a novedad. Se trataba —nos dice el pesimista esperanzado— de “las profecías sobre el México novedoso que se inicia en la euforia y en el trato familiar con los símbolos”.

Y allí Monsi nos suelta una bella retahila de señales sibilinas: “la bandera nacional [que] deja de ser el objeto lejano, aislado en mástiles de reverencia, y para millones de personas se torna algo íntimo, el rebozo o la cobija, el paño compartible, la manta bajo la cual transitan los grupos”.

Monsi nos dice que la apropiación del mayor símbolo patrio (y matrio) es “hogareña”: “Un joven en patines lleva una bandera en cada tenis. Decenas de jóvenes de torso desnudo adoptan la bandera como la camisa óptima o como el equivalente de la banda presidencial”.

¡Atención, lectoras y lectores! ¡He aquí la más fuerte de las visiones de Monsi acerca de ese futuro que hoy ya es presente! Cuando el líder o lideresa nos recuerda que no es nada si no estamos junto a él; o que con ella llegan todas… se deja ver otra vez la visión monsivayana de Decenas de jóvenes torsos desnudos llevando la banda presidencial.

Sigue Monsi: “Decenas de señoras clavan una banderita en su chongo”. Chongos ya no hay en 2026, pero sí chingos de accesorios para el pelo de ellos y ellas por igual… ¿alguien pintó de verde-blanco-y-colorado a los pollitos que se pone uno en la cabeza cuando visita la eterna Alameda central? ¿Los changuitos de alambre y peluche se volvieron tricolores?

Escribió Monsi en 1986: “Una tribu lanza al aire y recoge a uno de los suyos, y la manta elegida es una enorme bandera”. ¿Sabría el cronista que en 2026 yo leería su descripción como el anuncio bien-ominoso del Pueblo que en 2004 lanzó al aire a un Peje convertido en Pepe el Toro durante el Desafuero … para recogerlo en 2018 como el líder elegido por una mayoría democrática llena de esperanzas?

Cerraba el cronista que yo he convertido en Gran Sibila: “La alegría inspira confianza y la confianza otorga proximidad.” Y convertidos en próximos y próximas, es decir, en prójimos y prójimas, todos y todas hemos construido algo al mismo tiempo nuevo y con raíces. Nuestro sueño ciudadano —ese que Escalante Gonzalbo creía imposible— se ha vuelto cada día más real, más tangible… y por lo mismo, más complejo.

Agrego a la crónica de la Gran Sibila Mexicana mi propio testimonio.

Lo que ahora relataré ocurrió luego de otro de los partidos de aquel Mundial de 1986, el del 21 de junio frente a Alemania Federal, en el Estadio Universitario. México logró empatar a ceros en los noventa minutos reglamentarios. Las dos selecciones se fueron a penales. Alemania anotó cuatro, México solamente uno. Si la alegría había inundado Reforma días antes, la tristeza cubrió no sólo aquella elegante avenida sino la inmensidad de nuestra ciudad de ciudades.

Aquella noche yo tenía una reunión con los scouts en San Andrés Tetepilco. Iba en mi camioneta Datsun 1973 por el aún nuevo Eje 6 Sur cuando, poco antes de Plutarco Elías Calles, de una de las calles llenas de vecindades al norte del eje vial surgió una pequeña multitud. Serían unos doscientos o trescientos chavos de aquellos barrios. Venían caminando y cantando el himno nacional, con una inmensa bandera tricolor al frente. Los autos sobre el eje nos detuvimos, dejamos pasar y los vimos regresar a su barrio por Plutarco.

Si en la victoria la alegría creó confianza y la confianza trajo proximidad; la derrota alimentó una identidad solidaria sembrada en las jornadas heroicas de 1985. Dos años más tarde —en 1988— los prójimos y prójimas empezarían a expresarse políticamente.

Y aquí dejo mi aporte a la crónica, porque importa recordar que sólo la mezcla de alegría y tristeza asegura que el cemento de la identidad sea consistente y que la construcción colectiva perdure.

¡Salud y República!

Ligas usadas en este texto:

Liga 1:
http://www.cuadernospoliticos.unam.mx/cuadernos/num47.html

Liga 2:
https://www.youtube.com/watch?v=a3bV7tjhX4M

Liga 3:
https://www.excelsior.com.mx/opinion/federico-reyes-heroles/implosion

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