Adrián y las cosas. Autora: Pilar Torres Anguiano

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Madre y niño en azul. Oswaldo Guayasamín

“Todos son bienvenidos, pero queremos tener un perfil de visitante
que tenga mucho mayor derrama económica”
Alcalde de Guanajuato

“Hijo, enséñale a tu tía cómo ya tomas agua en el vaso”. Al pequeño Adrián le faltan algunos meses para cumplir dos años. Ya toma agua en un vaso entrenador (no sé de esto, pero supongo que es normal). Jugando en el vaso chorreó toda el agua que contenía. Se mojó la mesa, el plato, la comida y también se mojaron un poco Adrián y su mamá. Cualquier mamá habría volado para cambiarlo de inmediato secar todo y evitar que el niño tuviera contacto con el agua para que no se enfermara. Pero ella dejó que el niño tomara el agua con sus manitas juntas, en forma de cuenco y se las llevara a la cara. No pasa nada. Está explorando el mundo y eso incluye un poco de líquido (luego lo secó, obviamente).

Lo líquido es un estado de agregación de la materia, con un volumen definido pero sin forma fija. Es capaz de fluir y tomar la forma de cualquier recipiente que lo contenga.

Lo líquido también es una metáfora, a la que recurre el filósofo y sociólogo Zygmunt Bauman, para explicar la época actual. Lo líquido no se fija en el espacio ni el tiempo, es escurridizo y no puede detenerse. Así la época actual. Mientras que el pasado era una época predecible y controlable –sólida– en el presente todo comenzó a derretirse. La sociedad resistente a los cambios ha dado paso a una que, de tan maleable, ya no tiene forma definida.

Vivimos en una sociedad tan líquida, que un alcalde puede atreverse a establecer un criterio clasificador de las personas que visitan su ciudad, con base en el dinero que gasten, el cual los hace más o menos deseables ( #LordGuanajuato).

Olvidé mencionar que el vaso de Adrián es azul brillante, bien bonito. Alguien se lo regaló, pero su mamá enfatizaba al decirle al niño que sujetara bien ‘el vaso’ y no ‘su vaso’. Lo mismo se repite con el juguete, el plato, la cobijita, etcétera. Su mamá está haciendo un pequeño experimento (así le dice ella). No le compra todas esas cosas que no necesitan los bebés pero hacen felices a las mamás. La intención heroica de alejarlo del consumismo y el apego a las cosas, evidentemente llamó mi atención.

En los tiempos actuales, desde niños estamos sobre estimulados. Disponemos de una gran cantidad de información inconexa que nos condiciona a consumirlo todo, a sentirnos atraídos por lo novedoso, a desarrollar una nula tolerancia a la frustración. La paciencia y el aburrimiento que nos obligaba a la introspección, hoy son prácticamente un lujo.

Hoy, con tal de que el chamaco no se aburra (y nos deje en paz), le compramos la tablet. Estamos rodeándolos de inmediatez, de productos que facilitan la vida, de objetos, de cosas que tarde o temprano entenderá como extensiones de sí mismos. En consecuencia, los estamos preparando para la sociedad líquida.

La fenomenología nos enseña que la conciencia está en relación directa con otorgarle un sentido al mundo. Así, desde niños aprendemos aquello que tiene sentido para nosotros y el medio en que nos desenvolvemos propicia el desarrollo de habilidades que contribuyen a descubrir el significado de los contenidos que se nos transmiten.

Dice también Bauman, que una cosa es ser pobre en una comunidad de productores con trabajo para todos; y otra, totalmente diferente, es serlo en una sociedad de consumidores cuyos proyectos de vida se construyen sobre las opciones de consumo y no sobre el trabajo. Antes, ser pobre significaba estar sin trabajo, hoy esto se refiere también a la situación de los consumidores expulsados del mercado. En este sentido los que vivimos a meses sin intereses estamos en una especie de limbo.

Entre buenos fines y blackfraideis, nadie sale librado. Pero no se trata de criticar el consumismo sin más, sino de reflexionar un poco sobre la idea que en él subyace. Tal vez la clave está en los estándares de vida. Hoy esperamos mucho más de nuestra vida de lo que esperábamos en el pasado (lo malo es que eso se traduce, erróneamente, en tener más cosas).

En algún lugar leí que uno no compra productos, compra ilusiones. Algo hay de cierto. Tenemos pantallas de plasma grandes en casas pequeñas porque las pantallas parecen ser una especie de portal que nos sacan del cuarto pequeño para llevarnos al mundo, que es grande. Las señoras compran cosas que no necesitan, pero están de oferta, porque tal vez algún día se ocupen. La prima de una amiga tiene ropa más chica en el clóset ‘para cuando baje de peso’. Los japoneses hasta tienen un término para designar al hábito de comprar libros que no leeremos: tsundoku.

Los pobres –dice Bauman– se encuentran ante un escenario de consumo rapaz y con la incapacidad de solventar los estándares del consumo. Por eso, les deseo todo el éxito a los padres de Adrián en su proyecto. El solo hecho de intentarlo, puede cambiarle la vida. Así, como lo están haciendo: poco a poco, de manera casual, sin metodología, sin exagerar. Creo que vale la pena intentarlo, aunque ya no seamos niños.

A nosotros, los nuevos pobres, no nos caería mal intentarlo. Aunque se nos clasifique con base en nuestro poder adquisitivo. Yo, por ejemplo, anduve por Guanajuato la semana pasada. Y sí, me fui en camión. Y no, casi no llevaba dinero. Y sí, me llevé itacate para el camino. Hasta eso, sí me compre unos zapatos artesanales, pero estaban bien baratos. Qué bueno que no me vio Lord Guanajuato.

@vasconceliana

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