Inicio Opinión Acarreos sonsos ¿o zonzos? Autor: Federico Anaya Gallardo

Acarreos sonsos ¿o zonzos? Autor: Federico Anaya Gallardo

Nuestros gurúes y gurúas politológicas (al menos quienes salen en la tele) suelen olvidar los humildes y bárbaros orígenes de la democracia electoral moderna. Nos citan con voz grave y aspecto de circunstancias La Democracia en América de Alexis de Tocqueville –pero omiten la descripción de las elecciones populares que el aristócrata francés vio durante su visita a unos jovencísimos Estados Unidos de América en 1830. Para compensar, lectora, déjame contarte de cómo se hacía la política y las campañas electorales en el Illinois entre 1820 y 1840.

Thomas Ford (1800-1850) fue electo gobernador de Illinois para el periodo 1842-1846. En 1854 se publicó póstumamente un libro suyo en Chicago, titulado A History of Illinois –cuyas 468 páginas puedes consultar en la Liga 1 gracias al Hathi Trust. El exgobernador Ford nos dice que en 1827, a santo de la designación del Tesorero del Estado, hubo una pesada discusión en la Legislatura. El candidato favorito perdió inesperadamente. Al enterarse de su derrota, entró a la sala en que se reunían los diputados “y empezó a azotar a cuatro de los más importantes y decididos de sus oponentes, que habían osado votar en su contra. El resto de los diputados escaparon. Encontraron modo de salir de la cámara y huyeron como ovejas cuyo prado es invadido por un lobo. Nada se hizo para castigar al agresor. Al contrario: en la misma sesión se le nombró secretario de un tribunal de apelaciones y encargado del registro público en el municipio Jo Davies” (pp.81-82).

De acuerdo con la descripción de Ford, la política illinoisense de los 1820 era salvaje. Entre los primeros colonos había gentes de cuchillo que vestían mocasines y gorras de castor que amedrentaban a los votantes. Los electores eran “preparados” con aceite de opossum (alcohol de tlacuache, destilado clandestinamente) y luego llevados a las casillas por quienes madrugaban. Ford nos dice que en ese tiempo “ni el Pueblo ni sus servidores públicos se imaginaban que el gobierno debiera ser un instrumento para alcanzar un más alto destino social. Parecía no existir ánimo para avanzar la civilización ni la verdadera felicidad de la familia humana. Se asumía que el gobierno era algo necesario, pero nadie entendía (ni le importaba entender) cuál era su verdadero objetivo. … El pueblo nada preguntaba y nada reclamaba –salvo que lo dejasen en paz. Así que los políticos solían reunirse entre ellos y se repartían beneficios y ventajas. Esto sólo beneficiaba a los hombres ‘activos’ a quienes todos procuraban con atenciones y zalamería. Cargos y oficinas se creaban, leyes especiales de todo tipo se aprobaban, ninguna para el beneficio general o público. Cuando había algo bueno, las cosas se dividían en medio de negociaciones, intrigas y pactos en lo oscurito, y todo se hacía mediante fraude, engaño y ‘tacto’” (pp. 89-91).

Con el tiempo las cosas fueron mejorando. Pero muy, muy lentamente. Todavía en la elección de 1830 “la gente bebía grandes cantidades de whiskey y otros licores y proveer bebida o ‘entretener’, como se le llamaba, era siempre un éxito para los candidatos. En muchos municipios … alquilaban todas las tiendas de la región, y allí la gente podía obtener alcohol gratis por varias semanas antes de la elección. Así las cosas, antes de los comicios, cada sábado llegaban los votantes de la comarca a la cabecera, tanto para ver a los candidatos como para oír las noticias. Venían por docenas de todas partes, y por todos los caminos se les veía montando sus ponis, que luego amarraban en las verjas, árboles y arbustos del pueblo. Llegaban asimismo los candidatos, y se dirigían al pueblo reunido desde carretas, mesas, viejos troncos y tocones [stumps] recién cortados –de donde viene la frase stump speeches, usada para describir una arenga popular durante elecciones. Terminados los stump speeches, todo mundo comenzaba a beber y antes de que cayese la noche una vasta mayoría de los ciudadanos estaban borrachos y vagaban por la villa tambaleándose, mentando madres, insultando, saludando, gritando, humillando a favor de su candidato favorito. Sacaban sus armas y las paseaban, amenazando pelea –y peleando. Y cuando llegó el día de la elección yo ya había visto cientos de personas así en Springfield, que entonces era la nueva y pulida sede del gobierno del Estado. Hacia el atardecer, los borrachos montaban sus ponis, aún tambaleándose y galopaban por la ciudad, aventando sus gorras y sombreros, chillando como espíritus del averno que escapaban de su prisión… hasta que al fin se iban a sus casas.” (pp. 104-105.)

Las cosas ciertamente han mejorado y La Democracia en América es no sólo un libro venerado, sino una realidad admirable… ¡Y no sólo en la América anglosajona, pese a los guatemaltecos reaccionarios y los Mileis de nuestros tiempos!

Pero el viejo espíritu de los EUA demócratas y salvajes (que tanto espantaba a aristócratas como el visconde Tocqueville) de vez en cuando nos muestra su fea cara. Si quieres reír, lectora, mira los vídeos de Trump bailando sobre una tarima en un acto de campaña en 2020. Si quieres llorar, revisa las explicaciones de Trump frente a las acusaciones de violencia de género. Y recordemos que el tipo es el republicano favorito para los comicios de 2024.

Dicho lo anterior, mi recomendación es que al hacer análisis político, dejemos fuera nuestras caretas de “buena moralidad burguesa”. Las elecciones son, todavía, un mercado de opiniones, promesas y manipulaciones más bien sucio (y con una horrible tendencia a ensuciarse siempre un poco más).

Paradoja. Uno de los elementos más antiguos de las prácticas democráticas, la transparencia, ayuda a limpiar la inevitable inmundicia. En las antiguas democracias griegas la designación se hacía por tómbola entre iguales. Pero cuando las cosas estaban calientes (es decir, ante decisiones muy importantes), todos los ciudadanos estaban presentes cuando los nombres de los elegibles se ponían en la urna. Todo mundo podía verificar que los nombres de todos los elegibles estuviesen en el juego. En las democracias modernas decidimos votar por candidaturas que debaten y ofrecen proyectos políticos al electorado. (Schumpeter lo llamaba un mercado electoral.) Pero las promesas son receta del infierno y escuela de infamias.

Para evitar la compra de voto se han establecido reglas más o menos duras en todos los países democráticos. Las mexicanas son especialmente exigentes. (El viejo PRI nos enseñó mucho.)

Déjame contarte ahora una anécdota del proceso de designación de la Coordinación Nacional de los Comités de Defensa de la Cuarta Transformación en Morena. Érase que se era una unidad habitacional en una de las colonias más populares en nuestra metrópoli federal. La unidad fue conquistada por una organización popular que ocupó a la brava un terreno, soportó represiones y amenazas, no se dejaron engañar ni corromper. Luchó contra los gobiernos priístas por servicios y consiguió finalmente que se construyesen viviendas dignas. Hoy día, los habitantes de esa unidad son la segunda generación de las heroínas y héroes de esa movilización popular. El retrato de su líder está a la entrada de la unidad, recordándoles a todas y todos el proceso que les dio organización, dignidad y un techo.

Pues resulta que hace meses llegaron a esa unidad unos compañeros a invitar a una concentración a favor de una de las personas aspirantes en el mecanismo de Morena. Mucha gente fue al evento. A muchas se les ofreció un crédito para empezar un negocio. La promesa era “fuerte”. Después de todo, hoy en día Morena tiene el control de las instituciones que pueden dar esos créditos. El esquema es claramente el de una compra de voto. Es inmundo, pero no me negarás, lectora, que es menos inmundo que ofrecer alcohol de tlacuache en el Springfiel, Illinois, de 1830. Y los oferentes no iban vestidos con mocasines y gorras de castor, blandiendo sus cuchillos frente a los electores. (La Humanidad mejora, pese a sí misma.)

El ejemplo me lo puso un amigo abogado en un cafetín para demostrarme la absoluta malignidad del proceso de Morena. Por supuesto, su pretensión –que esto era una “absoluta malignidad”– es una exageración. (Por eso empecé contándote la antigua experiencia illinoisense.) Pero lo que más me preocupó es que mi querido abogado (experto en los elementos de existencia y validez del contrato civil de compra-venta) no hubiese pensado cómo funcionaría exactamente en el caso la compra del voto.

Igual que en el caso de Zuckerman y el dedazo que analicé en este espacio la semana pasada, vale la pena revisar los detalles. Recordemos que el mecanismo morenista era una encuesta abierta. Verdad de Perogrullo: Las encuestas no son elecciones generales. Los ejercicios estadísticos se basan en muestras, más o menos representativas, de la población general o del electorado. Para que el caso que me presentó mi amigo abogado en el café se consolidase como una compra-de-voto, los beneficiarios del crédito ofrecido deberían ser parte de la muestra en alguna de las cinco encuestas que realizó Morena.

Hasta donde ha revisado mi amigo abogado del café, ninguna de las encuestas del mecanismo de Morena se realizó en esa unidad habitacional. Hace tiempo, varios meses antes, se había realizado allí una encuesta para medir las preferencias acerca de las y los aspirantes morenistas. Pero esto fue antes de la oferta de créditos. Es decir, no hay modo en que los habitantes de la unidad lleguen con quienes les prometieron el crédito para “cobrar su premio”.

Si les dan el premio pese a no ser parte de la muestra (que no fueron), los oferentes del premio demostrarán ser muy sonsos. Y me imagino que, como los oferentes habrán hecho semejantes promesas en muchas otras partes, eventualmente tendrán que denegar el premio a alguien. Es decir, su sonsera sería peor, más grande… y merecerá escribirse con dos zetas: zonzera.

De nuevo, estamos ante un caso en el cual la gente cree lo que le conviene creer y no lo que es la realidad.

Que el ejemplo que me compartió mi amigo abogado de café exista, es una buena nueva. Una magnífica noticia equivalente a las que Tocqueville describió en su Democracia en América en los 1830. Quienes antes no eran parte de la cosa pública (la República) ahora son ciudadanos que deben ser cortejados por los políticos. Las hijas e hijos de los precaristas que debieron luchar con manos desnudas por su derecho a la vivienda, ahora son poseedores de credenciales de elector que los hacen “atractivos” para las maquinarias electorales de un nuevo Establishment.

Pero esas electoras y electores no son tontos –como sí lo son los zonzos que les ofrecieron créditos. Los procesos de movilización popular conscientizan y acumulan conocimiento. Esa comunidad de la que hablo fue parte de las campañas de Cuauhtémoc Cárdenas y de López Obrador en los últimos treinta años. Aprendieron a lidiar con los mercaderes de promesas electorales. Aprendieron que pueden tomar el regalo y luego votar en libertad. Por eso, puedo imaginarme el desprecio con el cual vieron a quienes les ofrecieron el crédito. ¡Esa gente sabía que tienen derecho a ese crédito y que no necesitan hacer nada electoral para pedirlo y obtenerlo! Cosa relevante: igual fueron al evento al que les invitaron. Porque su identidad política está con el partido-movimiento, incluso cuando los operadores de este sean zonzos.

El movimiento-partido siempre debe voltear a ver hacia abajo. Debe respetar a su gente. Y, como el exgobernador Ford de Illinois, confiar en que la ciudadanía aprenderá y mejorará. En 1860, Thomas Ford era recordado como el primer gobernador honesto de Illinois por un candidato a la presidencia de los EUA. Míra lectora, qué tipo de ciudadano nació de aquel democrático salvajismo. El candidato se llamaba Abraham Lincoln.

Liga usada en este texto:

Liga 1:
https://babel.hathitrust.org/cgi/pt?id=uiuo.ark:/13960/t06w98m4b&view=1up&seq=9

Federico Anaya-Gallardo
Federico Anaya-Gallardo

Abogado y politólogo. Defensor de derechos humanos. Ha trabajado en Chiapas, San Luis Potosí y Ciudad de México. Correo electrónico: agallardof@hotmail.com

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