… Veinte años después. Autor: Federico Anaya Gallardo

Hago una segunda excursión al séptimo arte. Propongo al lector observar el oscuro retrato, mitad histórico y mitad ficción de Fernando Gutiérrez Barrios –fundador de la Dirección Federal de Seguridad– que Gabriel Ripstein nos presenta en Un extraño enemigo (2018), trasmitida en streaming por Amazon Prime Video. A media tarde del 3 de octubre de 1968, unas diez horas después de que el niño Carlos de Rojo Amanecer (1988) saliese semidesnudo de su casa, la amante de Fernando llega a la oficina de este para preguntarle si fue él quien orquestó la masacre. El funcionario ni lo niega ni lo reconoce. Trata de verbalizar ante ella la narración oficial. La amante –quien es una escritora en el circuito cultural, a quien Ripstein mañosamente (y genialmente) llamó “Elena”– ataja a Fernando y le reclama que no le venga con mentiras. Él la interrumpe. Avanza hacia la ventana del despacho, que deja pasar sólo la mitad de la luz a través de las persianas y le aclara: “—Tú sabes quién soy yo. Y sabes lo que hago. Siempre lo has sabido”. La cámara planea desde él en la ventana hasta un close-up de ella. Tiene los ojos llenos de lágrimas. Sigue la voz de Fernando: “—Así que no vengas ahora a señalarme, a escandalizarte. ¡A darte golpes de pecho!” La cámara regresa con un golpe rápido al perfil del rostro de él: “—Tú me conociste así y así me metiste en tu cama. Así te enamoraste de mí”. La cámara nos muestra ahora a los dos amantes. Él se aleja de la ventana y se dirige decidido hacia ella, que permanece inmóvil en primer plano, de espaldas a la cámara. Mientras avanza, el funcionario le dice: “—Ni se te ocurra juzgarme, porque somos exactamente lo mismo”. La cámara los rodea, ahora ella queda de frente y le contesta: “—Tienes razón, somos lo mismo”. Él trata de tocarla. Elena se echa atrás. Rechazando a Fernando, se aleja hacia la puerta. No la vemos salir. La cámara ha regresado a mostrarnos el rostro del funcionario, quien solo y solitario, oye que la puerta se cierra. (Temporada 1, episodio 8 [final] “Operación Galeana”.)

Los guionistas del capítulo final de Un Extraño Enemigo (Gabriel Ripstein, Emma Bertrán y Silvia Méndez) forman parte de una generación de cineastas diversa a los autores de Rojo Amanecer (Ortega & Robles). El director Gabriel Ripstein nació en 1972, apenas cuatro años después de la masacre. En 1968, Ortega acababa de concluir sus estudios de periodismo en la Facultad de Ciencias Políticas de la UNAM y durante el movimiento estudiantil trabajaba en la Dirección de Información del área de comunicación social de la Rectoría. Robles era estudiante en la Universidad Autónoma de Puebla; fue golpeado y arrestado el 5 de octubre de 1968 –cuando las fuerzas policiacas estaduales arremetían contra los universitarios poblanos movilizados en solidaridad con sus compañeras y compañeros de la capital federal. [Ligas 1 y 2.]

Es relevante el contrapunto y complemento de ambas visiones cinemáticas. Ortega & Robles juegan con símbolos que subrayan una contradicción histórica de largo vuelo: entre el abuelo revolucionario (don Roque) y la movilización de sus nietos estudiantes (Jorge y Sergio). Esa contradicción es mal-mediada por el padre de estos últimos, funcionario menor de un abstracto “Departamento del Distrito Federal” quien no puede entender la mecánica política del régimen al que sirve. Los símbolos tienen su razón práctica. Cuando Ortega & Robles escribieron en 1988 el guión cinematográfico (titulado Bengalas en el cielo) el régimen represor no sólo seguía vigente y vivo, sino que sería capaz de orquestar el fraude electoral que impidió la llegada de Cuauhtémoc Cárdenas a la Presidencia de la República y en los años siguientes, de asesinar a cientos de militantes del naciente Partido de la Revolución Democrática (PRD). En cambio, Gabriel Ripstein escribe y dirige los ocho episodios de Un extraño enemigo en 2017, en una sociedad que se ha librado ya de aquel régimen autoritario –aunque aún no había logrado que a la izquierda se le reconociese el triunfo en las elecciones nacionales.

Cuando Ortega & Robles escribían en 1988, el “capitán” Fernando Gutiérrez Barrios era candidato por el PRI a la gubernatura de Veracruz y, luego de ganar su elección, sería llamado por el régimen federal espurio de Carlos Salinas de Gortari para ser Secretario de Gobernación –el cargo desde el cual, dos décadas antes, Luis Echeverría había conspirado para llevar a las y los estudiantes a la ratonera de Tlatelolco. Cuando Gabriel Ripstein armó su relato alrededor del alter ego de Gutiérrez Barrios (el “comandante” Fernando Barrientos), el verdadero Don Fernando llevaba muerto y enterrado dos décadas. Retratar a un ser diabólico como este es sin duda más sencillo en 2018 que en 1988.

Pero, me echo atrás y corrijo: El mal no es cosa del diablo sino de hombres y mujeres comunes. Esto no queda muy claro en Rojo Amanecer, adonde la maldad se concentra en los sicarios y se expresa llana en la tortura o el asesinato. Con todos sus defectos y ceguera, los muertos son mártires que tienden a la luz; mientras sus matadores son monstruos que tienden a la oscuridad. En cambio, en Un extraño enemigo,Fernando (el personaje teatral) es un buen retrato de Fernando (el personaje histórico). Gabriel Ripstein se cuida de recordarnos las tragedias comunes y humanas del “comandante” Barrientos. Tiene esposa, amante, hijos, hijas; su relación con ellas y ellos está complicada por enredos sicológicos heredados de su padre, de tragedias familiares no trabajadas y de infancias perdidas. Al final, él sabe lo que es: un policía político y un represor. Es cabeza de una corporación de inteligencia y formador de otros policías políticos. Con estos últimos establece una relación compleja que combina al padre, al jefe, al maestro y al cómplice. Para que quede clara la preocupación del director-guionista con el problema del padre, ha invitado al suyo (Arturo Ripstein) a actuar en la obra, encarnando al titular del Comité Olímpico Internacional.

Los títulos importan. Rojo Amanecer sólo evoca lo que vino luego del 2 de Octubre: todo lo que vino, que fue mucho y lleva aconteciendo un ya largo medio siglo. En 2018, Guadalupe Ortega recapituló no sólo cómo el Movimiento fue creciendo en medio de volanteos en mercados y calles (la exhilarante experiencia de libertad de aquel verano juvenil) sino cómo octubre llegó anunciando the long winter of our discontent. La remembranza épica-simbólica que ella y Robles escribieron oculta que la represión no ocurrió solamente en aquella tarde-noche de Tlatelolco. Desde antes la policía cateaba casas y detenía; y lo siguió haciendo por años. Los estudiantes, sus familias y sus vecinos ocultaban propaganda. Hoy se suele olvidar que la noche de Tlatelolco duró, para las personas detenidas, más de tres años. Y que cuando a esas personas les llegó la libertad, una nueva masacre, la de Jueves de Corpus, les recordó que el país que les recibía en la calle era el mismo que los había encerrado en el Campo Militar Número 1 y en Lecumberri. Ortega afirma que tanto ella como Xavier Robles, su compañero de vida desde 1969, y con ellos otros jóvenes de su generación estaban “muy desilusionados porque después de las masacres no había pasado nada, [porque] el pueblo no se había unido. Había que buscar otra opción”. La encontraron luego de años de esfuerzo. Esto significa 2018: es el fin de una larguísima marcha. (Aunque Enrique Krauze diga ahora que “elegimos un déspota”.)

El amanecer rojo del 2 de Octubre lo fue por la sangre y por la rebelión que prosiguió. El día y el sol que engendraron tardaron en llegar… y al llegar, han resultado paradójicos. Por ello Un extraño enemigo complementa Rojo amanecer. Hoy, que nos preguntamos por qué López Obrador debió ir o no debió ir a Washington; si el Tren Maya debe o no debe construirse; si vale la pena o no tener a tantos mediatintas en la coalición de gobierno; hoy necesitamos recapitular no sólo a los héroes mártires y la esencial lucha por iluminar/calentar el oscuro invierno de nuestro descontento. También requerimos entender qué significa hacer política, ejercer el poder y tomar decisiones.

Regreso al Fernando Barrientos de Ripstein. El director nos muestra un colofón macabro. El hijo exitoso del “comandante” estudia en Boston (símbolo-anuncio de la nueva intelectualidad yuppie de los noventas) pero hasta allá llega un sicario que le asesina a él, a su mujer y al nieto pequeño. La noticia le llega a Fernando durante la noche de festejos por la toma de posesión de Echeverría. Fernando, desesperado pero inmóvil, recorre la sala de recepciones con ojos bien abiertos (pero no desorbitados). Se pregunta quién ha ordenado esta revancha. La cámara nos muestra a Corona del Rosal y a Martínez Manatou (precandidatos priístas derrotados); a Díaz Ordaz (el presidente manipulado); al jefe de estación de la CIA (que no entendió nada); a García Barragán (el general-secretario de la Defensa, quien acaso entendió todo); a Echeverría (el gran triunfador de la orgía sangrienta). Cualquiera pudo hacerlo. Y también podría haber sido cualquiera de las víctimas que se convirtieron en vengadoras de la memoria ultrajada. El rostro-símbolo de Fernando nos ensaña su perdición. Perdición en dos sentidos: como castigo del que optó por la oscuridad y como desorientación en un mundo en que no hay ideales.

Porque eso es lo más fuerte –pero menos notorio– de Un extraño enemigo: no hay ideales. En Rojo Amanecer el problema de los ideales de todos es que son inocentes (los de las tres generaciones), pero en Un extraño enemigo simplemente no hay ideales. Todo es una danza de intereses… Arriba, con las maniobras de Fernando y el resto de los grandes políticos (e intelectuales); abajo, con el fajo de billetes que el aprendiz de policía deja a su hermanito en la lata de canicas. Acaso esto refleja también una diferencia en los autores. Ortega & Robles nunca dejaron de ser militantes. Gabriel Ripstein es el tercer cineasta de una dinastía familiar dedicada al arte (¿por el arte mismo?). Y recordemos a su Elena: ¿no le dijo a su Fernando “Tienes razón, somos lo mismo”?

Fernando es el Estado. Elena es la интеллигенция (intelligentsia). Gabriel Ripstein, en su realismo, aporta luz. Tal vez el distanciarse del Príncipe era sólo una pose. Tal vez la intelectualidad siempre ha estado en la órbita del Estado. Esto es tal vez sea inevitable. (Tal vez lo único evitable es que el Estado sea autoritario.) Para mejor discernir esto deberíamos releer textos y querellas. De Vasconcelos a Reyes Heroles pasando por Torres Bodet. De Novo a Monsiváis, pasando por Benítez. De Cosío Villegas y Silva Herzog a Krauze y Aguilar Camín. Así podremos entender por qué los dos últimos siguen –desde el 10 de Junio de 1971– a la búsqueda de la marcha que se perdieron.

agallardof@hotmail.com

Ligas:

Liga 1: https://www.laotrarevista.com/2018/10/xavier-robles-bengalas-en-el-cielo/

Liga 2: https://www.laotrarevista.com/2018/10/guadalupe-ortega-recuerdos-por-venir-1968/

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