Por Alejandra Romero[1]

En el último mes distintos artistas de géneros como corridos tumbados, trap entre otros, han estado en tendencia debido a lo controversial que resultan algunos de sus éxitos. Recientemente el cantante Hassan Kabande, mejor conocido como “Peso Pluma” ha estado en tendencia debido a su último lanzamiento musical en colaboración con Natanael Cano.
El videoclip representa, de manera ficticia, la vida de jóvenes en vueltos en el mundo de las drogas representados como usuarios consumidores, pero también como traficantes con poder.
En diferentes medios, activistas, políticos e internautas se han manifestado en contra de este tipo de contenido musical. En su mayoría consideran que estas manifestaciones culturales hacen una clara apología al narcotráfico y crimen organizado.
Esto al representar, aunque sea de manera ficcional, la vida de los narcotraficantes con el aparentemente rápido ascenso de los mismos, los lujos, el dinero, el poder y también, de forma misógina, el rodearse de mujeres.
Los quejosos, expresan su preocupación a que esta forma de vida ficcional se convierta en un modelo aspiracional para los jóvenes y generaciones futuras, además de que, en su opinión, contribuyen a la violencia del país.
Cierto es que los narco corridos pueden contribuir a una de las tantas formas de normalizar la violencia en México, así como a la normalización de la guerra contra el narcotráfico al llegar a un grado tal que nos parezca indolente e indiferente.
No obstante, no hay que perder de lado que contenidos musicales como los señalados, forman parte del contexto actual al que se enfrenta México. La música, no contribuye en sustancia al crecimiento de los índices de violencia, en cambio, la falta de oportunidades, la falta de políticas públicas y la prohibición sí.
Además, no resulta nuevo que estas expresiones culturales se manifiesten en tiempos actuales. El sociólogo Luis Astorga, registra en su libro Mitología del narcotraficante en México, cómo desde los años setenta, grupos musicales como Los tigres del Norte, Indalecio Anaya, Los Cadetes de Durango, Los Pelados del Norte, entre otros, han narrado en numerosas ocasiones, historias del crimen organizado.[2]
Aunque claramente, los corridos de aquellos años corresponden a una percepción, un mito, estigmatización, una construcción cultural del narcotráfico, y de los narcotraficantes muy específica que en evidencia es diferente a las representaciones actuales.
Pues en aquellos años relataban situaciones que correspondían a homicidios, vida de rancho, balazos y pistolas en su mayoría de las regiones del triángulo dorado.
En contraparte el contenido actual, obedece a otras dinámicas, como la vida, los prejuicios hacia otros grupos sociales como los jóvenes, la variedad de drogas actuales, entre otros. Así mismo, pueden corresponder a diferentes contextos regionales, en su mayoría atañe al urbano.
En términos generales, no son novedosas las representaciones culturales del fenómeno del narcotráfico, mucho menos los narco – corridos o los corridos tumbados son los únicos géneros que hablan sobre estos temas, pues géneros como el trap, rock urbano, rap, incluso la regional mexicana asemejada a la cumbia, han llegado a tratar estas situaciones.
En el mundo al revés, es más indignante lo controversial de algunas canciones, que el problema real en sí como la violencia alarmante por el crimen organizado y la guerra contra el narcotráfico.
En sustancia, las representaciones culturales, sean música, películas o series no son problema menor, puesto que forman parte del fenómeno. No obstante, no debería ser el problema principal que se debería atender.
Por consiguiente, ¿no es más conveniente enfocarse en garantizar políticas públicas eficaces para reducir las desigualdades sociales, así como crear condiciones de trabajo, educación y servicios de salud dignos para la población, en lugar de sentir indignación por una canción?
Dentro de la agenda antinarcótica, existen temas aún más relevantes de abordar como encontrar mejores explicaciones capaces de abrir nuevos caminos para resolver una guerra declarada que acontece desde hace 17 años y un problema de prohibición que se remonta a un siglo atrás.
Solo como amable recordatorio, las consecuencias de la guerra han dejado 111 mil personas desaparecidas y cerca de 350 mil defunciones.
Enfocarse en el espectáculo de la tragedia, solo distrae de atacar el problema real, o es que acaso ¿ese es menos indignante?
[1] Alejandra Romero es historiadora por la UNAM, especialista en historia de las drogas, historia de la juventud y narcotráfico. Miembro de @Narco_Historia Twitter @AleIntrovertida
[2] Luis Astorga, Mitología del narcotráficante en Mexico, Plaza y Valdes, México, 1995.
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