Inicio Opinión Museo Yáncuic en Iztapalapa. Autor: Federico Anaya Gallardo

Museo Yáncuic en Iztapalapa. Autor: Federico Anaya Gallardo

Yáncuic es la palabra náhuatl para Nuevo. Pero en los diccionarios antiguos y modernos de la venerable Lengua Mexicana (como se conoce también al Náhuatl), la traducción ha registrado algunas variantes que utilizaré el día de hoy: Cosa Nueva, Algo fresco y reciente, Novicio, Nuevo en el Arte, Cosa Reciente. Cuando se felicita a alguien porque ha recibido una buena noticia, se le dice: ¡Kuali iwan yancuic tlatohli! (¡Bien por la buena palabra!… que en versión más chilanga sería ¡Vientos por la buena nueva!).

Te pido ahora, querida lectora, que viajes mentalmente al Oriente de la megalópolis llamada México. Deja a tu imaginación volar en un dron sobre el amplio valle. Agrego a este artículo un par de fotos publicadas en Facebook por Gabriel Tolentino el 24 de junio de 2023. (Liga 1.) Nos muestran, arriba, la Iztapalapa de hoy (2023) y abajo, la Iztapalapa de ayer (1930). El siglo entre ambas imágenes es el de la industrialización mexicana… expresión que implanta en nuestra mente chimeneas, ferrocarriles y maquinaria pesada.

Pero esa imaginería olvida quiénes trabajan en las fábricas. El milagro urbano chilango –igual que el tapatío y el regio– no lo hicieron capitanes de industria que fuman puros de a mil pesos en el Club de Banqueros en el virreinal Colegio de Niñas. Lo lograron decenas de miles de familias campesinas que, traicionados los ideales de la revolución cardenista, debieron migrar a las urbes para vender barata su mano de obra.

¿Se preocuparon los gobiernos desarrollistas (de Alemán a Díaz Ordaz) por ofrecer vivienda digna a esos migrantes campesinos? No. Los utilizaron y los olvidaron, como lo documentó Luis Buñuel en 1950. No. Los usaron para limpiar las calles de las burguesías vieja (en la del Valle y Las Lomas) y nueva (en la Roma y la Narvarte) mientras los obligaban a construir sus propias casas con cartón de reúso junto a los basureros –como nos mostró Ismael Rodríguez en El hombre de papel de 1963. Nadie se preocupó de aquellas gentes, así que ellas solas construyeron el mundo que soñaban –desde abajo, contra mil obstáculos, en las peores condiciones.

En Náhuatl, una manera de decir “ciudad” era Tollan –que significa “abundancia de tules”. Los monárquicos académicos del Castellano nos dicen que en El Salvador, Honduras y México el nahuatlismo Tule es el “nombre genérico de varias especies de plantas de tallo largo, con cuyas fibras se tejen petates y asientos de silla”. Las imágenes que nos regaló el año pasado Gabriel Tolentino te permitirán, lectora, entender por qué Tollan es ciudad. Como bosque de tules florecieron las casas de esos macehuales pobres y migrantes. Enredados los tallos de mil tules construyeron sus redes las macehualas y los macehuales. A ellas y a ellos les debemos esa ciudad nueva.

En medio de esa nueva Tollan-Iztapalapa acaba de aparecer algo Nuevo en el Arte… un gran edificio de nueve aristas afiladas que apuntan al cielo. Uno puede ver, a través de siete altas vidrieras, amplios espacios dentro de su mole. El edificio alberga el Museo Yáncuic, salas de teatro y cine, una librería y un PILARES (Punto de Innovación, Libertad, Arte, Educación y Saberes).

Yáncuic se eleva a la vera de las vías de la Línea 8 del Sistema de Transporte Colectivo (Metro). Una foto de dron lo captó al tiempo que el río naranja pasaba justo frente a él uniendo Oriente y Occidente de la megalópolis. La imagen, promocionada por la Secretaría de Cultura de la Ciudad de México (@CulturaCiudadMx) nos deja ver, detrás de la nueva mole la colonia iztapalapeña de Los Ángeles. Enfrente, abajo del dron-fotógrafo, está la colonia Constitución de 1917.

Así, lectora, las imágenes de la cámara en el artefacto volador nos confirman que el nombre del edificio corresponde a la realidad. En verdad que es “cosa nueva”. Su arquitectura rompe con las líneas usuales para las y los vecinos de las colonias que le rodean y aún más para quienes habitan la antigua Santa Cruz Meyehualco que está un poco más adelante, cruzando el Periférico Oriente.

Viendo el resultado final de esta nueva urbe, nuestro corazón romántico querría explicárselo como destino seguro. Pero no. Lo bello de hoy no fue “cosa del destino”, sino resultado de muchos esfuerzos y dolores.

Hace siglos, Iztapalapa era una próspera cabecera náhuatl. Hoy llamamos Iztapalapa de Cuitláhuac a su centro histórico porque hace cinco siglos ese tecutli (señor) tenochca gobernaba desde allí toda la región. Por siglos, Iztapalapa fue parte del complejo sistema de agricultura lacustre que alimentó la ciudad de México, y luego de la Revolución Mexicana sus pueblos originarios lograron que se les reconociesen sus tierras como comunidades agrarias o ejidos. Pero esa justicia duró poco. El crecimiento de la urbe mexicana arruinó la agricultura y las tierras de los pueblos fueron lotificadas. Así nacieron las colonias que hoy rodean el edificio Yáncuic. Estamos hablando de los años 1960 y 1970.

Este nuevo Oriente de la ciudad creció rápido en las últimas décadas. También por eso es exacto el nombre Yáncuic: porque las gentes a quienes prestará servicio son “novicias” y “recién llegados”. Mujeres y hombres nuevos.

Sí. La gente trabajadora que aquí se asentó prestaba sus servicios en otras partes de la metrópoli. Miles y miles de familias. Pero carecían de servicios, de vías de comunicación y de medios de transporte adecuados. ¡Cuánto esfuerzo se desperdiciaba en ir y venir! La gran ciudad industrial y comercial quería agotar a las mujeres y hombres que llegaban a trabajar en ella; cansarlas y cansarlos para que aceptasen sus injustas condiciones de trabajo.

Pero estas gentes no se dejaron derrotar. Todo el Oriente de la nueva metrópoli hirvió con asociaciones nuevas. Si el gobierno no atendía, la gente desde abajo se organizaba. Como si el espíritu del último tecutli (señor) de Iztapalapa, Cuitláhuac, reencarnase en las y los “novicios” que habían llegado a asentarse en la región. (Pero esto es romanticismo: en la realidad, el dolor acicateaba su dignidad; la injusticia les indignaba.)

La Línea 8 del Metro apenas empezó a construirse en 1990 y su primer tramo se inauguró en 1994, iniciando con la Estación-terminal “Constitución de 1917” –justo al lado del edificio Yáncuic. La sección oriente del Anillo Periférico que se empezó a construir en tiempos de López Mateos y Díaz Ordaz en el poniente capitalino en los 1960 se construyó en Iztapalapa treinta años tarde. Lo único que el Estado autoritario construyó en el Oriente fueron nuevas cárceles. Una visión amenazante para esas familias campesinas proletarizadas a quienes se sobreexplotaba pero insistían en autoorganizarse. Resumo: los servicios urbanos que el Estado debía a estas gentes no fueron concesiones graciosas sino conquistas de aquella nueva sociedad que se organiza y exige. La Tollan-Iztapalapa es de ellos y de ellas.

Otra novedad. El nuevo edificio Yáncuic presta servicios gratuitos a esa nueva ciudadanía nacida de las colonias que le rodean. Se trata de una ciudadanía popular que desde hace veinte años ha peleado, cada tres años en las urnas para asegurar que las administraciones de su alcaldía y de su entidad federativa les sirvan. Por eso a Yáncuic se puede llegar por Metro, pero también por Cablebús y Trolebús elevado. Los gobiernos democráticamente electos se deben a sus electores. El único dolor es pensar en el tiempo que se perdió, en las mil cosas que no hicieron los gobiernos autoritarios.

Ojalá y en alguno de los espacios en Yáncuic se reúnan las generaciones de las que hablo en este comentario. Que los abuelos y las abuelas les cuenten a las nietas y los nietos cómo nacieron las colonias, cómo se exigieron los derechos, cómo se organizaron las gentes. Cómo tejieron juntos los tules de esta nueva Tollan. Que se rescate esa experiencia y nos enseñen al resto de las y los chilangos, cómo se construye la utopía desde abajo.

Otra vez: esto no es obra del destino sino del esfuerzo que nace del dolor.

Hace tres décadas, si tres adolescentes de Santa Cruz Meyehualco deseaban ir al cine una tarde, probablemente tendrían que hacer el duro recorrido matutino de sus padres y madres en combis y camiones destartalados para llegar a Plaza Universidad (en la Colonia del Valle). Y habrían encontrado que todas las salas estaban llenas. (Imagínen ustedes que alguno de ellos fuera persona con discapacidad.)

Y aún peor, si esos chicos buscaran comprar algún libro, descubrirían que ya estaba cerrada la librería del Fondo de Cultura Económica. (¡Atención! Entonces nada más había una en toda la ciudad, en la esquina de Avenida Universidad y Parroquia.) De hecho, nuestros tres muchachos estaban condenados a sólo ver los libros muy caros y los cómics en el Sanborn’s de Plaza Universidad, y eso sí: siempre bajo el ojo vigilante y clasista de un policía.

¡Yáncuic! El nuevo centro cultural cuenta con una librería del Fondo de Cultura Económica. (Un FCE que, aparte, se ha preocupado por reducir al máximo el costo de todas sus ediciones.) ¡Yáncuic! El nuevo centro cultural ofrecerá funciones de cine y teatro.

Y, gracias a que los caminos sirven para ir y venir, todas y todos los chilangos podremos disfrutar de esta cosa nueva que ha surgido en la nueva Tollan-Iztapalapa. Hace unos días, durante la inauguración protocolaria del Museo o Centro Yáncuic, el jefe de Gobierno Martí Batres Guadarrama, compartió contento que había llevado a sus hijos a disfrutar del lugar.

Hay que imitarle: un nuevo museo, una buena librería, y una ciudad nueva está a un viaje de Metro de nosotros –habitantes del poniente de la Cdmx. Y lo que nos muestra Yáncuic es apenas una probadita de la nueva Tollan-Iztapalapa. No es broma aquello que se repite tanto: De Iztapalapa para el mundo

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