Morena se tragó al PRI, el PAN retrocede 30 años: ¿Transformación o Restauración? Autor: José Reyes Doria

Foto: Cuartoscuro.

José Reyes Doria
@jos_redo

El PRI perdió el registro en Quintana Roo. Hace apenas cuatro años el tricolor tenía la Presidencia de la República y casi la mitad de los estados. La avalancha de 2018 personalizada en Andrés Manuel López Obrador generó numerosos cambios políticos, muchos de los cuales están en proceso, y uno de ellos ha sido la extinción del PRI.

La causa de la muerte del PRI no es natural, más bien es una especie de eutanasia que los priistas aplicaron a su propio partido para poder emigrar a otros centros de poder. En las elecciones del domingo pasado, el PRI perdió las gubernaturas de Hidalgo y Oaxaca por paliza de más de dos a uno. En Hidalgo, se pudo observar este fenómeno de reinvención de los priistas: uno de los bastiones históricos del priismo clásico, imbatible en un siglo, de la noche a la mañana se puso el chaleco de Morena de forma masiva y apabullante.

En otras ocasiones hemos señalado, en este espacio, que los liderazgos regionales, estatales, municipales y comunitarios del PRI, fieles a su pulsión poco ideológica y bastante pragmática, desde el 2018 habían emigrado a Morena. A groso modo, los cuadros, las bases y el voto duro del PRI, en su inmensa mayoría, ahora están en el nuevo partido oficial. El proceso fue distinto en cada estado, pero en todos se hizo posible a partir de negociaciones que garantizaran a los priistas: candidaturas, posiciones de dirigencia y en los gobiernos, recursos y prebendas para los operadores electorales y estímulos para los votantes que históricamente apoyaron al PRI y ahora lo harían por Morena. Así funciona y ha funcionado la maquinaria electoral en México, todos los partidos son partícipes.

Morena se tragó al PRI. La metáfora es válida, porque si bien los priistas preservaron posiciones y protagonismo, las condiciones del juego las pone Morena y en última instancia el presidente López Obrador. Por lo tanto, Morena engulló al PRI para fortalecer el arsenal de instrumentos que su proceso de expansión requiere. Lo que queda del PRI formal podrá sobrevivir una, dos o diez elecciones más, pero está condenado a ser un membrete administrado por los pocos liderazgos que, sea por su historial cuestionable o por convicción, decidan permanecer hasta el final.

Es aquí donde surge la duda legítima sobre las posibilidades de llevar a cabo un auténtico cambio de régimen, la llamada Cuarta Transformación. Volvamos al caso Hidalgo: Morena arrasó, borró de forma aplastante al PRI en uno de sus reductos históricos, pero el candidato morenista apenas ayer era priista, con una trayectoria de más de 35 años en el otrora poderoso partido tricolor. El mismo caso se puede señalar en Tamaulipas y más de la mitad de los estados que hoy gobierna Morena.

Más que una expansión de Morena, lo que estamos viviendo es un movimiento político-ideológico muy poderoso encabezado y personalizado por el presidente López Obrador. Morena es el vehículo que expresa en el territorio nacional el respaldo popular al líder López Obrador, pero todavía tiene que enfrentar el reto de institucionalizarse. Hoy por hoy, la expansión y el ascenso de Morena como el partido claramente dominante obedece absolutamente al poder, el carisma, la legitimidad y la credibilidad de que goza AMLO. Si el Presidente, en algún escenario que no se descarta, decidiera abandonar Morena y llamar a votar por otro partido o por otros candidatos, lo más probable es que el hoy partido oficial se desfondara.

Dicho lo anterior, es pertinente plantear algunas interrogantes sobre las pretensiones de López Obrador y la llamada Cuarta Transformación. Son interrogantes tanto en el plano teórico-analítico, como en el terreno netamente político. ¿La presencia mayoritaria de gobernadores morenistas que tuvieron una pertenencia de décadas al PRI, y que salieron de ese partido hace poco tiempo, permitirá que el proyecto de cambio de régimen se concrete en la política local? La cuestión es interesante, porque es en los estados, en la expresión local de los usos políticos, en el ejercicio del poder local, donde finalmente aterrizan o abortan los proyectos de cambio de régimen.

La cultura política priista forjada a lo largo de décadas, caracterizada en sus aspectos negativos por las tendencias al autoritarismo, la arbitrariedad, la corrupción, la simulación de legalidad, la impunidad, el patrimonialismo saqueador, la desconexión social, y el cinismo como divisa de comunicación, ¿hasta qué punto pueden sacudirse de la noche a la mañana?

Porque no solo se trata de la malformación o el comportamiento de una persona, sea el gobernador, el alcalde, el Director General (Bartlett, Ovalle, entre cientos de casos a nivel federal), el Secretario de Estado, o cualquier otro servidor público; la cuestión abarca también la trama de relaciones e intereses que han configurado en décadas de acción política sistémica. Un equipaje que no es fácil dejar a un lado, no siempre se puede y no siempre se quiere.

Habrá que observar los estilos de gobernar de los Gobernadores morenistas, analizar sexenios completos, esperar a las elecciones donde tengan que buscar el refrendo en las urnas. Pero la cuestión central radica en saber si, con estos elementos, será posible una transformación del régimen que incluya una transición hacia una cultura política que deseche la trampa y la simulación, que implante normas e instituciones que reconozcan realmente al pueblo y a la ciudadanía (son dos conceptos y realidades distintas) como sujetos políticos a los cuales facilitarles el acceso a las decisiones públicas de trascendencia, no solo como receptores pasivos de dádivas, entre muchos otros elementos que implica una transformación política democrática-popular.

Como dice el título de esta columna, los componentes de la actual coyuntura política también pueden derivar en una restauración del régimen político clásico que predominó entre 1952 y 1994, con un poder político centralizado en un Presidente ultra poderoso, un partido prácticamente único, un Congreso sometido, e impunidad ante los abusos, la corrupción y la ineficacia, y una sociedad carente de espacios para expresar la diversidad cultural, política, ideológica, regional, económica y de intereses. Este régimen así descrito nunca se fue del todo, pero desde el año 2000 ha habido intentos, auténticos o no, de cambiarlo; no se avanzó mucho y en el sexenio de Enrique Peña Nieto hubo una regresión cínica y hasta hoy impune al saqueo depredador e indolente de las arcas públicas. Pero así sea solo porque no había un partido o bloque político dominante, había impulsos por democratizar la vida pública.

La moneda está en el aire: Transformación o Restauración. Los resortes del ejercicio del poder, por la naturaleza misma de éste, tienden a la concentración y la personalización. Veremos qué ocurre en los próximos años. En cuanto a la oposición partidista, además de la extinción real del PRI, el otro dato significativo es que el partido de la derecha, el PAN, retrocedió en su posicionamiento político hasta los años noventa, cuando ganaba apenas sus primeras gubernaturas; en materia de prestigio e imagen, está en una situación inédita de amplio rechazo por parte de la sociedad. Sin embargo, es el único partido político que hay en México (Morena y MC son movimientos dependientes de un liderazgo personal, no sabemos si se van a institucionalizar).

Salvo una sorpresa mayúscula, que nunca hay que descartar, en 2024 el escenario casi seguro es que gane la Presidencia de la República el candidato que elija AMLO, abanderado por Morena. El PAN, como en sus orígenes, tendrá que reeditar la “brega de eternidad” que proclamó su fundador y abandonar la calentura de querer regresar al poder en el corto plazo, porque esa pretensión es políticamente inviable y éticamente inaceptable. El panorama es bastante interesante: podemos transitar por una etapa similar a la de 1929 con un partido de Estado totalmente ajeno a la democracia o avanzar hacia un verdadero régimen democrático popular. El mérito de AMLO ha sido ponerlo sobre la mesa y ponerlo en marcha, pero habrá que ver haca dónde se dirige realmente el país.

José Reyes Doria
José Reyes Doria

Politólogo por la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM.
Asesor parlamentario en diversos órganos de gobierno y comisiones de la Cámara de Diputados del Congreso de la Unión.
Colaborador en portales informativos. Conferencista sobre temas legislativos y políticos. Consultor en materia de comunicación política, prospectiva y análisis de coyuntura. Contacto: reyes_doriajose@hotmail.com

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