Más que un juego. Autora: Pilar Torres

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Que no se acabe el mundial

“Por favor, que no se acabe el mundial.”
Todos, cada cuatro años.

Todos nos ponemos tristes cuando termina el mundial de futbol (paradójicamente, aquí el alcance del término se restringe a los que formamos parte del universo de los futboleros). No sé ustedes, pero yo, cuando era niña, justo al terminar la ceremonia de clausura, calculaba cuántos años cumplidos tendría para el próximo mundial. Me desesperaba imaginando la cantidad de días que faltaban. Ya saben, ese abismo que se abre cuando cobramos conciencia repentina del tiempo. Y es que, ¿cuánta vida y cuántas cosas caben en cuatro años?

Desde el niño o la niña que sueña en convertirse en el próximo crack, hasta el oficinista que se las arregla para ver los partidos a escondidas, todos formamos parte de esto. Hace algunos años un amigo y yo nos metíamos en alguno de los salones audiovisuales de la universidad en la que trabajábamos para ver los partidos. Nunca nos cacharon.

Me van a perdonar, pero el futbol no solo es futbol; también es historia, es negocio, es política, es industria y es estética. Algunos dicen que es lo más importante de lo menos importante. En su libro “Fútbol y globalización”, el internacionalista francés Pascal Boniface afirma que, en cierta medida, representa el grado máximo de la globalización. Tiene razón, además de deporte es un fenómeno geopolítico, un espectáculo increíble y una alegoría del mundo. El simbolismo de los rituales es claro: las banderas, los himnos nacionales, los cánticos y los mosaicos que se forman en las tribunas; los puños arriba y los gritos de guerra. Todo aquello conforma el escenario perfecto para un campo de batalla. Es prácticamente inevitable que se aviven los sentimientos nacionalistas en los jugadores y aficionados, a manera de catarsis.

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Desde “La Poética” de Aristóteles, el término catarsis –que significa purificación– se refiere a aquello que se produce en el espectador de una puesta en escena trágica. Con todo lo que sucede en el estadio, los espectadores se identifican, participan y, definitivamente, se transforman y diluyen en la algarabía colectiva.

El futbol trae consigo conceptos de nobleza, heroísmo, templanza, fortaleza y otras virtudes que mueven a las personas. Cuando el espectador se identifica con los jugadores y padece junto con ellos, se produce esa catarsis. Por ello, nos dejamos seducir por la nobleza de los islandeses, el honor de los coreanos, la simpatía de los senegaleses, la fuerza de espíritu de los croatas, la disciplina de los ingleses y el multiculturalismo de los franceses.

A veces, sin embargo, las hostilidades se salen de control y se convierten en un verdadero conflicto internacional, como en 1969, cuando el futbol fue la gota de derramó el vaso entre El Salvador y Honduras, quienes se declararon oficialmente la guerra después de un partido entre sus selecciones nacionales.

Y es que, como todo fenómeno humano, no está exento de revivir rivalidades entre países, rencillas internacionales, horrores de guerras pasadas y cuentas pendientes. Ejemplos hay varios: violencia en los estadios, gritos homofóbicos y cánticos fascistas, como el “Za dom spremni” (por la patria, ¡listos!). Se trata de un grito de guerra ideado por los ustashas, el grupo derechista y ultranacionalista croata, cuya sombra rodea los estadios del país finalista. Por cierto, hace algunos meses, Kolinda Grabar-Kitarović, la carismática presidenta de Croacia –famosa por su afición al futbol– decepcionó a mucha gente que reclamaba la prohibición del grito en los estadios, al responder que es sólo un antiguo saludo militar croata, subestimando sus implicaciones xenofóbicas (algo así como cuando los mexicanos nos atrevemos a decir que gritarle “¡puto!” al portero del equipo contrario no es homofóbico).

Dentro y fuera de la cancha se hace presente lo mejor –y a veces lo peor– del espíritu humano. Pero el futbol también es ocasión de superar esos problemas y de mostrar un rostro más humano. Por su universalidad, representa la complejidad del mundo actual, en el que hay hooligans, homofóbicos y supremacistas blancos.

Pero también hay cosas increíbles que debemos aprender: como el respeto de los japoneses –tanto jugadores como aficionados– que dejan limpio su vestidor y su tribuna, el entusiasmo y buen humor del grupo de mexicanos que se las arreglaron para viajar a Rusia en autobús, la diversión de los senegaleses que efectúan su calentamiento bailando, el pundonor de los peruanos festejando su gol aunque hayan sido eliminados o el sentimiento de los periodistas panameños que lloran al escuchar su himno por primera vez en un mundial.

Por último, vale la pena celebrar la fuerza de espíritu de los croatas que se sobrepusieron a la Guerra de los Balcanes y hoy tienen el reto de no permitir que su triunfo sea ocasión de tolerar brotes de xenofobia y el fascismo; y la pluralidad de la selección de Francia, aquel país cuya revolución dio a luz a la era moderna y a la declaración de los derechos del hombre, y que hoy tiene entre sus miembros a 16 hijos de migrantes, mostrando que aquél lema de Libertad, igualdad y fraternidad –a pesar de todo– sigue vivo.

En este deporte, como en la vida real, los aficionados pueden estar divididos entre su algarabía por el triunfo y la frustración por la derrota. Los vencidos, pesimistas. Los vencedores, esperanzados.

Pero en el futbol, como en la vida, a veces se gana y a veces se pierde. La rivalidad solo debe ser temporal y –en ambos lados de la tribuna– hay que bajarle dos rayitas. Siempre es posible un partido de vuelta (algunos esperaron por lo menos 18 años para ganar el partido que anhelaban). Lo importante es no rendirse y no dejar de jugar limpio, para no fallarle a la afición.

@vasconceliana

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