Los augures romanos o el ídolo del conocimiento. Autor: Luis Sánchez

Cuenta Tito Livio, en su Historia Romana, que en el año del consulado de Q Servilio y L. Genucio se produjo un hundimiento del suelo en el foro romano. Tan profundo era éste que no pudieron rellenarlo con la tierra que cada cual llevó según sus posibilidades.

Los augures, adivinos que eran consultados para emprender cualquier asunto importante, “por aviso de los dioses” sostuvieron que lo que se debía hacer ahí era sacrificar a lo mejor de la juventud romana. 

Fue M. Curcio quien, voluntariamente y montado en un caballo ricamente enjaezado, se inmoló arrojándose al abismo.

También registró Tito Livio que durante el consulado de P. Volumnio y Ser. Sulpicio “apareció inflamado el cielo; la tierra experimentó terribles sacudidas; una vaca habló, y esta maravilla, negada el año anterior, fue creída en éste. Entre otros prodigios llovieron pedazos de carne… la que cayó sobre la tierra, permaneció muchos días sin corromperse”. *

Si le damos crédito al autor, por estos registros habríamos de suponer que el pueblo romano era sumamente crédulo y supersticioso. Por supuesto la lectura contextualizada nos permite ver que, en su origen, estos singulares sucesos en realidad no tienen nada de singulares.

De este último, el de la vaca que habló y el chaparrón de carne, señala que los augures se valieron para recomendar la abstención de toda “discusión civil” y preparar al pueblo para una guerra que preveían.

¿Cuál era la “discusión civil” entonces entre el senado y los tribunos del pueblo? La promulgación de una ley agraria mucho tiempo aplazada, contraria a los intereses de los patricios (la clase alta de Roma) y favorable a los del pueblo.

Livio registra al respecto: “Los tribunos recriminaban diciendo que aquello se hacía de intento para estorbar la ley: de pronto (porque todos los años se reproducía el mismo círculo de acontecimientos)… se buscan nuevos enemigos; infámase a una colonia fiel y vecina; el senado declara la guerra a los anziotas inocentes”.

En otra ocasión, cuando el cónsul L. Cornelio nombra dictador (figura legal para casos especiales en la antigua Roma) a M. Claudio Marcelo para llevar a cabo los comicios, los augures declararon que “parecía viciosa la elección de dictador” y que por ello no tenía validez. 

Los adivinos argumentaron con muchas sutilezas su visión, pero los tribunos reviraron, luego de exhibir la vaguedad de todas ellas: “¿Quién no ve que a los ojos de los augures el vicio consiste en que el dictador es plebeyo?”

Y sin embargo, cuando por primera vez el pueblo romano tuvo la oportunidad de elegir tribunos militares entre los plebeyos, los eligió de entre los patricios. Tanto temían la ira de los dioses, deidades que no veían bien que las magistraturas fuesen profanadas por ciudadanos indignos, o séase, el pueblo.

La lista de castigos divinos era terrorífica: la caída de Roma ante sus enemigos, la peste, lluvias de piedras o animales, abismos que surgían espontáneamente entre sus calles, anuncios de fuegos en el firmamento, malas cosechas, sequías, etcétera.

Supongo que de la religión se han valido muchos para ejercer el poder y la influencia; para someter a los gobernados. Y aunque los expertos aseguran que la historia nunca se repite, yo creo que por lo menos sí los vicios humanos.

Me pregunto por ejemplo: ¿No sería posible que hoy en día exista una institución parecida, o ejercida en los mismos términos en que la ejercían los augures romanos?

Pienso por ejemplo en los tecnócratas.

Los títulos expedidos en el extranjero, evidentemente en el primer mundo, por las universidades de mayor renombre ¿no podrían ser una nueva modalidad de acreditación de “consultores” afín a la perpetuación de la clase alta, de los ricos e influyentes, en el poder?

Porque no es el grueso del pueblo el que egresa de esas universidades.

En nombre de la ciencia hoy en día se dice quién es apto y quién no para cubrir un puesto importante en cualquier ámbito del quehacer humano. De más a menos: tantos grados académicos tienes, tanto vales.

No quiero decir que saber sea malo ni mucho menos. Voy de acuerdo en que quien va a desempeñar una tarea sea apto para desempeñarla. Pero esto no siempre tiene que ver con aquello.

Si las universidades nacieron como un genuino intento para conducir por la línea del progreso a hombres y mujeres; para volverlos productivos y eficientes; para que su saber redunde en beneficio de su entorno; vuelvo a preguntar: ¿No es posible que en algún momento de esta loable forma de proceder se haya torcido el espíritu del progreso, y el conocimiento haya quedado relegado a segundo término en el mejor de los casos? Quiero decir ¿que se haya promovido que los títulos sean el objetivo más que la vocación científica?

¿No es posible que alguna entidad haya entendido esto como nuevos auspicios y esté obteniendo beneficios en dineros e influencia acreditando, más que a personas capaces, personas dúctiles y desentendidas de su entorno?

Dígaseme exaltado, pero valga el dicho, la mula no era arisca.

Pongo un ejemplo que registra Jesús Silva Herzog en su Breve historia de la Revolución Mexicana. Un periódico que “consigna en tono festivo” cómo justificaban los estadunidenses que la empresa del ferrocarril en México fuera administrada casi enteramente por personal gringo en la época del porfiriato.

“-Tú eres americano -Sí, señor. -Pase usted y siéntese. -¿Qué son ruedas? -unas cosas redondas. -¿Dónde va la lumbre? -En el fogón. -¿Para dónde caminan las ruedas? -Para adelante.

-Es bastante, usted puede ser maquinista.

-¿Qué es usted?  -Mexicano. -¡Oh, tú molestar mucho todo el tiempo! -¿Sabes tú inglés? -No, señor. -¿Qué cantidad de combustible consumirá una locomotora corriendo a doce leguas por hora y subiendo una pendiente de 3% con presión de 100 libras? ¿Cuál sería el número de calorías desarrolladas? ¿Cuál es el consumo de agua y aceite? ¿Cuál es la fricción sobre los rieles? ¿Cuál el trabajo de los émbolos y el número de vueltas de la rueda? ¿Cuál es la cantidad de vapor que se consume en una subida de 4% y dos leguas de longitud?… -Señor, no sé, porque me pregunta muchas cosas y de una vez. -¡Ah!, tú, mexicano, no saber nada. Tú muy animal, necesitar muchas patadas. Tú no servir para maquinista. Tú no servir mas que para garrotero, en un tren de carga. Tú no ascender por no contestar.”**

Hay quienes afirman que AMLO está cubriendo puestos claves en su administración con gente inepta para poder controlarlos y que está despidiendo a la gente capaz y preparada. Luego de ver la exhibida de los candidatos a la CRE (Comisión Reguladora de Energía), uno no podría pensar de otra manera. Sin hablar de otros ejemplos a cuento, léase Conacyt.

Puede ser que el pueblo de México haya pasado a ser un pueblo profundamente científico. Pero, y sin tratar de justificar las decisiones de nuestro presidente, ¿no es posible que los augures de la técnica se hayan degradado y estén mejor usando al ídolo del “conocimiento” para influir en la percepción política del pueblo?

@bonsiul

*Tito Livio: Historia Romana, Primera Década. Porrúa, 1976.

**Jesús Silva Herzog: Breve historia de la Revolución Mexicana. FCE, 1973.

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