Las aves migran en otoño. Autora: Pilar Torres Anguiano

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Fotografía de Sergio Barba
Fotografía de Sergio Barba

La naturaleza siempre ha sido un misterio, fuente de inspiración y de imaginación. En especial las aves. Si no, pregúntenle a Dédalo y a Ícaro, quienes estaban presos en la isla de Creta por orden del Rey Minos. El rey controlaba mar y tierra, por lo que, para escapar, padre e hijo fabricaron alas con las plumas de las aves y volaron, como ellas, buscando ser libres.

Las aves siempre han migrado aunque no notemos su paso y aunque no siempre hayamos sabido explicarnos este fenómeno. Aristóteles, por ejemplo, en “Historia de los animales”, decía que algunas aves viajaban a regiones más cálidas durante el tiempo de frío, otras hibernaban en las cuevas o dentro de los árboles y unas más transmutaban en otros animales para protegerse.

Ahora sabemos que cuando inicia el otoño, las aves viajan miles de kilómetros para buscar un lugar mejor en dónde pasar el invierno. Se enfrentan a muchos peligros y a muchos problemas. Se calcula que, al menos, la mitad de ellas no logrará llegar. Pero su instinto las sigue impulsando, aunque no tengan el viento a favor.

Antes de iniciar su migración, las aves se preparan. Algunas comen todo lo que pueden, pues saben que no volverán a comer hasta llegar a su destino, otras se alimentan en el camino con lo que pueden. Algunas aves migran de día y se orientan por la posición del sol. Otras, lo hacen por las noches y las estrellas son sus guías.

Aunque algunas aves vuelan en solitario, la mayoría emprende su viaje en parvadas. Es una manera de ahorrar energía porque juntas lidian con la resistencia del viento. En sus rutas, siguen los cursos de los ríos, las montañas, las playas, descansan en los lagos y padecen las ciudades que son hostiles con ellas.

En Alemania en 1882, un cazador disparó a una cigüeña que volaba en grupo. Cuando recogió su cuerpo, vio que el ave llevaba una flecha clavada en el cuello. La flecha era de una tribu de África Central. A la cigüeña la llamaron Pfeilstoch, la disecaron y colocaron en una exhibición zoológica de la Universidad de Rostock. Al menos, la vida de Pfeilstoch sirvió para extender científicamente los viajes de las aves… pero no sé qué diablos necesitamos nosotros para entender, de una vez, que la especie humana también es migrante por naturaleza. Y que estas aves también vuelan por largas distancias aunque estén heridas.

La migración humana tiene causas muy complejas y a la vez, muy simples. Implica una movilidad en las relaciones de poder, en el deseo de cambio, en la desapropiación… pero también en la naturaleza y la libertad.

Michel Foucault hace referencia a una racionalidad occidental que nos clasifica, cataloga, disciplina, vigila y castiga en función a parámetros artificiales y de acuerdo a miradas normalizadoras como lo son las políticas públicas, las fronteras, las instituciones exageradas. Y sí, la migración incomoda, visibiliza nuestras carencias como sociedad, provoca, irrumpe y cuestiona.

Miles de personas viajan todos los días buscando refugio, oportunidades y sobrevivencia. Pero ese instinto natural es violentado por la xenofobia, la política, el egoísmo, la discriminación. No solo el de los gobiernos, también el de las personas. Estamos acostumbrados al racismo de Trump, pero cuando ese racismo viene de nosotros mismos, es como esa flecha en el cuello de la cigüeña.

Los argumentos xenofóbicos se ocultan detrás de una aparente preocupación económica: nos quitan nuestros trabajos, se quedan con nuestras oportunidades, nos traen delincuencia (y un lamentable etcétera). En filosofía, eso se llama falacia de suma cero y consiste en creer que la realidad es exactamente como un juego de mesa, en donde si uno gana es porque el otro pierde.

Así, solemos pensar que si alguien obtiene un trabajo es porque se lo arrebató a otro, si uno es rico es porque el otro se hizo pobre. No siempre es así. El mundo no es una alacena con víveres limitados. No somos los burros entre quienes se van a repartir los olotes de aquel dicho. La riqueza se genera con el trabajo de la gente.

Cada día son miles los migrantes que abandonan sus países en un largo recorrido de tropiezos, abusos y discriminación. Por eso la importancia de visibilizar esta situación. Por eso la importancia de viajar en caravana.

La xenofobia no es diferente al proteccionismo económico, solo que más cruel. Nos niega la posibilidad de vincularnos con el prójimo, haciéndonos más pobres en riqueza y en humanidad. Humanamente esto es inaceptable. Me niego a aceptar que ha fracasado el multiculturalismo o que es solo un eslogan.

El día de hoy, al recibir el Premio Princesa de Asturias, el filósofo Michael J. Sandel, dijo que hay que seguir el compromiso de Sócrates de invitar a los ciudadanos, independientemente de sus antecedentes o circunstancias sociales, a hacer preguntas difíciles sobre cómo le hacemos para convivir. En un momento en que la democracia se enfrenta a tiempos oscuros, hacer estas preguntas es nuestra mayor esperanza para arreglar el mundo en el que vivimos.

Las aves siempre han migrado aunque no notemos su paso y aunque no siempre hayamos sabido explicarnos este fenómeno. Seguimos sin saberlo. A ver si ya vamos aprendiendo.

@vasconceliana

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