La supuesta fatalidad. Autor: Ignacio Betancourt

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Se dice que el sistema político mexicano (y sus instituciones) ha sido diseñado o lo han ido construyendo desde las más antidemocráticas de las cúpulas del poder “para privatizar los beneficios y socializar las pérdidas”, lo cual significa un permanente e ineludible maleficio en demérito de la población de nuestro país. Lo anterior, podemos afirmarlo, es bien sabido por las mayorías, pese a ello de manera cotidiana, de las más inimaginables maneras se propicia la resignación colectiva frente a esa supuesta fatalidad.

La aceptación popular frente a tamaña agresión es tolerada de manera inercial y pasiva, debido a que los sistemas educativos, las iglesias, la concepción de la familia (fomentada por la derecha más intransigente) y la propia cultura nacional,  vuelven el abuso parte de un proceso formativo colectivizado en donde las mayorías resultan inevitablemente condicionadas para percibir tal realidad como algo inevitable y natural.

Los abusos que desde todo tipo de poderes (políticos, civiles, militares, educativos, religiosos, familiares, etcétera) se establecen para la población como algo propio de su condición de existir, son promovidos, difundidos y generalizados en un desaforado intento por volver el mal trato, lo injusto y lo excluyente como algo cotidiano y normal. Si dicha situación opresiva es parte “natural” de la historia patria, resultarían hasta punibles los intentos por cambiarla. De esta manera el aplastamiento de las poblaciones se llega a entender como parte “normal” en el día a día de la ciudadanía.

De lo anterior se podría concluir (y hasta justificar) el acendrado individualismo de muchos y la indiferencia de hombres y mujeres de todas las edades que ajenos a la impunidad predominante en el poder económico y político que depreda al país, se empeñan en verlo (y padecerlo) como algo inevitable y propio de la naturaleza del mexicano. De tal condición se desprende la normalización de lo más deshumanizado y enajenante, situación en la que habitan millones de conciudadanos, los mismos que ahora, con los recientes cambios políticos que conmocionan al país ante la aparición predominante de un nuevo grupo político (nuevo en lo que una historia patria longeva y excluyente incorpora) se encuentran ante la posibilidad de cambiar mucho de todo aquello que se suponía obligadamente necesario.

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Pero mientras la ciudadanía más consciente va construyendo los cambios que tanto urgen en el país, esta columna dejará de aparecer los dos siguientes viernes (el 20 y el 27 de julio). Así que hasta el 3 de agosto retomaremos el contacto, por lo tanto hasta luego y buenas vacaciones. Concluyo citando dos viejos versos del norteamericano Walt Whitman (1819-1892): “Muero con los agonizantes y nazco con los recién nacidos,/ y no quepo entre mi sombrero y mis zapatos.”

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