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Hitlerianos, jesuitas, narco, periodistas: ¿acierta o exagera AMLO ante sus críticos? Autor: José Reyes Doria

FOTO: DANIEL AUGUSTO /CUARTOSCURO.COM

José Reyes Doria | @jos_redo

Cuando el escándalo de la Casa Blanca, en 2014, la inmensa mayoría de la prensa mantuvo silencio durante varios días. Desde que Aristegui Noticias publicó el reportaje hasta que Angélica Rivera salió a defenderse en un video, los medios de comunicación callaron, a excepción de Reforma y alguna nota de La Jornada en interiores. Ni el resto de los periódicos, ni los noticieros de televisión y radio, ni los columnistas, con algunas excepciones, tocaban el tema. Otra cosa fueron las redes sociales, donde se expresó de forma abrumadora el repudio absoluto contra ese caso que emblematizaba la vocación de corrupción y saqueo del gobierno de Enrique Peña Nieto. Después del video de Angélica Rivera, el tema se comenzó a ventilar de forma generalizada en los medios.

Hechos como éste avalan en parte la narrativa del presidente López Obrador de que los periodistas y columnistas que ahora lo critican, antes callaron como momias y no dijeron nada sobre el régimen de corrupción, masacres e impunidad. Sin embargo, en el tema de la Casa Blanca, y en la generalidad de la relación prensa-poder, nunca existen modelos puros como los que denuncia el Presidente; al contrario, es una relación compleja, como toda relación de poder. Prueba de ello, es que precisamente fue Carmen Aristegui quien dio a conocer el escándalo de la Casa Blanca y, ahora, cuando difunde notas u opiniones críticas sobre su gobierno, López Obrador la descalifica en automático señalando que ella defiende los intereses de los conservadores.

Es verdad que periodistas y columnistas emblemáticos como Carlos Loret de Mola, Carlos Marín, Joaquín López Dóriga, Raymundo Riva Palacio, Denise Dresser, Brozo, Enrique Krauze, Héctor Aguilar Camín, entre muchos otros, tenían una postura ante los gobernantes de los últimos sexenios; en general no criticaban temas esenciales de las estructuras del régimen neoliberal y callaban ante ciertos hechos de corrupción e impunidad, pero también es verdad que emitían críticas puntuales sobre otros aspectos de la acción gubernamental. Además, obedecían a los intereses y estrategias de grandes grupos de poder como Televisa, Tv Azteca, Radio Fórmula, Reforma, etcétera. No sabemos si siguen alineados a esos intereses o si al menos cambiaron los términos del alineamiento.

La cuestión estriba en que ningún medio de comunicación, en tanto que son grupos e interés y de poder, es neutro ni está integrado por apóstoles de la verdad, sino que se mueven en gran parte por sus propios intereses y por ello, siempre encuentran un modelo de relación con el gobierno, sea apoyando, sea atacando. Pero siempre se juegan posiciones, influencia, prestigio y dinero. Por eso, la mejor postura para leer las noticias, reportajes y opiniones de los medios y periodistas es el escepticismo de origen, sin dejar de analizar en sus méritos la información presentada. Sin descalificar absoluta y automáticamente todo lo que venga de los “chayoteros” del neoliberalismo, ni santificar todo lo que viene de los medios amigos del gobierno.

Eso, en cuanto a la prensa. En lo relativo a los críticos, el reciente caso del asesinato de dos sacerdotes jesuitas en Chihuahua, ha desatado, por enésima vez, la discusión en torno al tema de la estrategia del gobierno de AMLO para combatir al crimen organizado. El posicionamiento de la Conferencia Episcopal Mexicana, ante este crimen fue durísima, señalando numerosos hechos y factores irrefutables que ilustran que la estrategia contra la violencia criminal de AMLO no funciona y que debe revisarse con la participación de la sociedad.

La respuesta de AMLO fue todavía más severa, descalificando a la Iglesia católica por estar apergollada por la oligarquía. Algo similar ocurre con la comunidad judía, a partir de las frecuentes críticas del judío Carlos Alazraki a la llamada Cuarta Transformación. López Obrador estalló y calificó a Alazraki de hitleriano, desatando así la inconformidad de la comunidad judía por obvias razones, pues fue precisamente Hitler quien llevó a los hornos crematorios a seis millones de judíos. Seguramente AMLO no tenía en la cabeza la cuestión judía cuando llamó hitleriano a Alazraki, pero después de la pública inconformidad de esa comunidad, el Presidente, fiel a su estilo, dobló la apuesta, y lejos de matizar, reiteró su idea de que Alazraki es seguidor del nazismo.

Así, hemos visto innumerables casos de confrontación de AMLO con la prensa y con sus críticos de diversos sectores sociales, en una especie de monólogos intransigentes que buscan aniquilar al enemigo.

Por parte de López Obrador, a medida que su sexenio se adentra en la recta final, observamos una intensificación en su defensa ante las críticas y denuncias relativas a su gobierno. No está dispuesto a dejar pasar ni un solo cuestionamiento en materia de corrupción, ineficiencia, ilegalidad, impunidad, fallas en sus megaproyectos, estrategia criminal, conductas dudosas de sus colaboradores. Pero hay que tener en cuenta que, en general, los gobiernos tienen más errores que aciertos, más insuficiencias que logros, todos los gobiernos, en todo el mundo; por eso, a medida que avanza el sexenio, será más difícil defender la eficiencia de su gobierno. De ahí viene, en parte, la intensificación de la defensa de AMLO y la consecuente escalada en la descalificación de periodistas y críticos, sin reparar en que sean iglesias, comunidades religioso-culturales, gobiernos extranjeros, grupos sociales que gozan de legitimidad como feministas o ambientalistas, periodistas críticos como Carmen Aristegui, Twitter, expertos en aeronáutica o en economía.

Cada vez son más duras las descalificaciones y políticamente eso no es aconsejable. Pero goza de una popularidad a prueba de todo, razón que tal vez explique esta estrategia de confrontación acérrima para defender su legado de un gobierno con cero errores, una gestión gubernamental sin fallas y con 100 logros inmaculados.

Por parte de periodistas y críticos, en general están en una dinámica de condenar y satanizar prácticamente todo lo que hace el gobierno de AMLO. Los errores los magnifican hasta la náusea, los programas y proyectos los decretan fracasados sin evidencias adecuadas, las sospechas de corrupción las extienden a todo el gobierno y la familia presidencial, la violencia criminal la llevan al audaz despropósito de llamarle a López Obrador el Presidente Narco.

No hay punto medio para el diálogo político público en México. Es vedad que la llamada Cuarta Transformación desató pasiones, devociones y resentimientos, pero aun así sería sano un espacio para el diálogo y el entendimiento. Lamentablemente, no será posible en este sexenio, menos ante la adelantada dinámica de la sucesión de 2024. Por eso, ante la pregunta que da título a esta columna, ¿acierta o exagera AMLO en la descalificación de sus críticos? Me parece que la respuesta, salomónica, sería: sí y no.

José Reyes DoriaPolitólogo por la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales, y Maestro en Auditoría Gubernamental por la Facultad de Contaduría y Administración, ambas de la UNAM. Asesor parlamentario en diversos órganos de gobierno y comisiones de la Cámara de Diputados del Congreso de la Unión. Colaborador en portales informativos. Conferencista sobre temas legislativos y políticos. Consultor en materia de comunicación política, prospectiva y análisis de coyuntura. Contacto: reyes_doriajose@hotmail.com rdj082013@gmail.com

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