Grandes metonimias y pequeños universos

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Grandes metonimias y pequeños universos

María del Pilar Torres Anguiano

–Oh, sabio Pitágoras ¿A qué te dedicas?

Se dice que, en una ocasión, alguien se refirió a Pitágoras en esos términos, a lo que él respondió no ser un sabio, sino alguien que ama y aspira a la sabiduría: un filósofo. Siempre me ha entusiasmado la etimología de esta palabra. Tan agradable es conocer a un sabio que considera que no sabe lo suficiente, como desagradable es conocer a un ignorante que se cree sabio, o alguien que confunde saber algo, con saberlo todo… sabiondos, les llamamos coloquialmente, y en las redes sociales hay muchos. Sobre todo, en esta época de pre-inter-meta-campañas en la que todos nos convertimos en analistas políticos.

“Dame tu teléfono para ponernos de acuerdo sobre el proyecto”. Así le dije a un compañero, el cual, haciéndose el simpático, tomó su celular y me lo entregó en la mano preguntándome a qué hora se lo devolvería, porque lo necesita. Fue un intento de broma sin gracia, pero sonreí porque hay que convivir. Creo que todos conocemos a alguien así. Como al joven le incomodan las metonimias, supongo que habrá que cuidar mis expresiones con él: por ejemplo, la próxima vez pediré un vaso con agua, en lugar de un vaso de agua… sobre todo para evitarme sus chistes.

La metonimia es una figura retórica, frecuente y coloquial, que consiste en no utilizar la expresión que es literalmente correcta y recurrir en su lugar a otra palabra que está ligada al concepto por alguna razón. En el mundo de las metonimias los participantes de la conversación saben que el sentido no es literal. Si decimos que el Museo Nacional de Arte expone un Caravaggio, todos sabemos que nos referimos a una obra de la autoría del pintor barroco. Si leemos en los diarios un encabezado sobre las declaraciones de La Casa Blanca, sabemos que se refiere al presidente de los EEUU. Si pedimos una quesadilla en la ciudad de México, sabemos que nos referimos a algo que puede o no llevar queso y no pasa nada. Hace unos días recibí un mensaje de WhatsApp de un número desconocido que decía: “Nuevo número. Regístralo. Saludos”. Respondí el mensaje preguntando de quién era ese número. “Mío”, respondió. Lo peor de todo, es que inmediatamente supe de quién se trataba, un amigo muy querido. Pero este no me hizo enojar.

La metonimia no es solo un juego lingüístico o una figura literaria, sino una operación cognitiva fundamental en procesos básicos como la percepción, la atención y la memoria y, por lo tanto, también en la filosofía.

Volviendo a los griegos (otra metonimia), resulta que Sócrates y Pitágoras solo son filósofos, no sabios. Me pregunto qué habrá pensado este último al ver que, sin darse cuenta, le puso nombre a la madre de todas las ciencias. Tal vez, al querer escapar de una etiqueta, se le atribuyó otra. Así suele ser, probablemente porque los humanos somos propensos a las falacias y las metonimias: convertir a la inclinación de alguien en una disciplina, tomar el efecto por la causa, confundir al todo por la parte… como los políticos y economistas, que les encanta decir que combatirán la pobreza, pero con sus acciones les dan la espalda a las personas que se encuentran en tal situación. Abstracciones. Metonimias. Equívocos. En este sentido, podríamos aclarar que no hay filosofía, sino filósofos: esos señores que se preguntan si el universo tiene sólo una historia posible, cuál es la naturaleza de la realidad y de dónde viene todo lo que nos rodea.

Stephen Hawking se hizo las mismas preguntas y dedicó su vida a encontrar la respuesta. Sin embargo, asegura que la filosofía ha muerto porque no se ha mantenido al corriente de los desarrollos modernos de la ciencia. La mayoría de los científicos no la toman en serio; sin embargo, asumen las preguntas filosóficas. Ignoro si alguna vez se planteó que la filosofía tal vez sea una metonimia.

En una de sus obras más importantes, Hawking afirma que nuestro universo no es único, sino que hay muchos universos –cada uno con infinitas historias, tiempos y estados posibles– que no requirieron de la intervención de ningún Dios. En su teoría, no es contradictoria la idea de que nuestro universo se crea a sí mismo y que lo más probable es que los seres humanos no somos los reyes de la creación. A cada paso la ciencia nos recuerda que toda respuesta que podamos dar está limitada por nuestra incipiente capacidad. Me agrada cuando las verdades científicas golpean la soberbia de la humanidad. Siguiendo el hilo argumentativo de la astrofísica, de alguna manera, estamos constituidos por el polvo de alguna estrella de algún universo. ¿De verdad la filosofía ya no tiene nada que decirnos? No lo creo.

Asimismo, Hawking reconoce que la ciencia física describe cómo se comporta el universo, pero no responde a las causas últimas: ¿por qué hay algo en lugar de no haber nada? ¿De dónde venimos y por qué existimos? Básicamente volvemos al principio, la duda eterna. Entonces, la pregunta es tan importante como la respuesta, o tal vez más.

Concuerdo con la muerte de la filosofía rancia y autoritaria, la que repite dogmas, la que comparte frases. La que no se renueva, la que desde su infinita arrogancia pretende saberlo todo y seguir siendo –nomás porque sí– la ciencia de todas las cosas. Si la filosofía pretende ser absoluta, incuestionable y total, Hawking está en lo cierto: ya no tiene razón de ser.

Pero, por otro lado, si recordamos que la filosofía está hecha por personas, por los filósofos en el sentido etimológico del término, que se acoge a la luz natural de la razón para replantear constantemente pregunta que interroga por el ser, esa no ha muerto.

El propio Hawking nos da la pauta cuando afirma que somos sólo una raza avanzada de monos en un planeta menor de una estrella muy normal. Pero podemos entender el universo y eso nos hace algo muy especial.

¿No es esa misma condición que nos hace ser especiales a la que se refería Pitágoras? Si esto no es filosofía, entonces no sé qué será.

@vasconceliana

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