Por Paola Schietekat Sedas[1]
Hace más de diez años la Embajada de la República Islámica de Irán me invitó a una de sus celebraciones de la Revolución de 1979. Habré tenido 17 o 18 años y como cualquier adolescente, la invitación me hizo sentir importante y, ¿para qué negarlo?, también me había comprado el discurso dicotómico anti-imperialista, anti-yankee. Recuerdo la Embajada como una casa preciosa con una alberca y jardines inmensos donde, me contaron durante el evento, el exembajador Mohammad Hassan Ghadiri Abyaneh invitaba a jóvenes mexicanos a jugar voleibol y les ofrecía un patrocinio completo para ir a estudiar a la ciudad de Qom, en Irán.
Este año volví a la Embajada sosteniendo fotos de las niñas y niños asesinados por el régimen, acompañando a la comunidad iraní y entonando “zan, zendegui, azadi”, “mujer, vida, libertad”, mientras los invitados, algunos de ellos antiguos conocidos, entraban a la Embajada rodeando las vallas de seguridad, las mantas y a los cuerpos de seguridad que nos superaban a los manifestantes 4 a 1. Desde el asesinato de Mahsa Amini, la movilización de la comunidad iraní en México ha sido recurrente, aunque cada vez se escucha menos español y más persa, a medida que el interés de aliadas y aliados mexicanos va mermando.
Lo mismo sucede con los medios, que no solo desvinculan las protestas en México y en el mundo de la indiferencia del Estado mexicano ante las atrocidades de la dictadura islámica, sino que descuidan hasta su geografía básica, refiriéndose a Irán como “país árabe”. La ignorancia se hace notoria hasta entre quienes pretenden saber del tema y pintan un binario absurdo: quienes rechazan al Ayatollah, quieren de vuelta al Shah, y quienes defienden la revolución islámica, son los anti-imperialistas, o sea, los buenos.
Y entre quienes no saben del tema, la reacción más benevolente es la de confundir a Irán con un país árabe, pues llegan quienes se alzan de hombros y reducen la riqueza de una cultura milenaria a los últimos cuarenta años y dicen “pues esa es su cultura”, encasillando en ese enunciado incluso a los iraníes que gritan desesperadamente frente a las Embajadas de la dictadura para que los escuchen. Por un lado, islamófobos y racistas que dan la bienvenida a migrantes de países que tildan de civilizados, pero rechazan migraciones de países que consideran incapaces de adaptarse a un concepto occidental. Por otro lado, los defensores de la teocracia que replican la imagen orientalizada de los iraníes como defensores de la dictadura y a los que se salen de la norma, como acarreados o espías. La premisa es la misma para ambos: una infantilización, deshumanización y desacreditación de las personas que deberían estar al centro de esta conversación.
En la protesta tuve un intercambio con una mexicana que usaba el chador y que sin una motivación más allá que la de querer pertenecer a algo más grande que ella, y tal vez un modesto salario por parte del gobierno iraní, defendía a un gobierno extranjero sin ver la problemática detrás de hablar por encima de mujeres iraníes que han vivido en carne propia la violencia que perpetra la dictadura. Regurgitando argumentos viejos, la mexicana denunciaba el que los hombres protestaran contra el velo sin darse cuenta de que las mujeres somos el catalizador de movimientos más grandes porque la pobreza y la violencia siempre se feminiza. En México y en Irán, las mujeres somos las víctimas que más caro pagan la corrupción, la violencia institucional y la marginalización de minorías.
Entonces, ¿qué puede esperarse? Suscitar disonancia cognitiva era casi imposible porque, como lo dijo mi amigo Maruán Soto Antaki, las dictaduras no son ideologías, son dictaduras y recaen en el solo principio draconiano de mantener el poder y el control. Por eso entraba a la Embajada tan tranquilamente el cuerpo diplomático de la India, país cuyo partido gobernante ha impulsado políticas de exterminio contra musulmanes. La ideología solamente son la divisa que se usa para sembrar la autocracia.
Creo que todos caemos en contradicciones de vez en cuando: nos preocupamos por el cambio climático mientras que consumimos plásticos de un solo uso, o trabajamos como policías para contener las manifestaciones contra gobiernos que nos flagelarían por tener un hijo fuera del matrimonio, o conducimos los coches de los diplomáticos invitados a una “celebración” de un país que buscaba ejecutar a artistas para enviar un mensaje de disuasión a las protestas. Pero creo que hay cosas que sí son indefensibles como, por ejemplo, entrar a comer a la Embajada de un gobierno que mata a hombres, mujeres y niños por pedir libertad y democracia, y solamente incomodarse al ser amedrentado con un cartel con la cara de uno de esos niños. Denuncio, sí, nuestra ignorancia sobre Irán, que nos impide profundizar en conversaciones importantes y causar más indignación, pero a los asistentes a la “fiesta” del jueves 9 no les atribuyo ignorancia, sino descaro.
[1] Paola Schietekat Sedas es economista conductual, Lic. en RRII y Antropología por la Universidad Americana de Kuwait y maestra en políticas públicas por la Universidad de Oxford. Twitter @paola7kat
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Conociendo a muchos persas o iranies en mi residencia en Las Vegas, me permiten comentar, sin total conocimiento de causa.
Es verdad que el hecho de ser musulmanes y con muchas similitudes fisicas con los arabes que, llevan a la mayor parte de la gente a confundir a ambas comunidades, la lengua no es común, los iranies hablan farsi, una gran parte de ellos son blancos muy similares a los europeos y otros etc. que los llevan a ser diferenciarse a los arabes.
Pero dejando de lado estos ligeros problems, el comportamiento de estos inmigrantes políticamente hablando, me hace recordar al comportamiento de cubanos, venezolanos, nicaragüenses, que siguen siendo fieramente anticomunistas, antiizquierda, etc, sin entender el papel que Estados Unidos juega en los problemas que estos paíse tienen al convertirse autmaticamente, en enemigos del imperio por tratar de llevar una vía independence, lo que les acarrea, principalmente, bloqueos económicos, sabotajes terroristas, agresiones militaries directas.
Muy lamentable el sufrimiento de las mujeres iranies, las cuáles son obligadas a seguir extrictamente la ley Islamic, pero lo mismo debiera decirse de las Sauditas, afganas y otras, situación que sin bién no se elude, sí se le resta importancia, ya sea por afinidad política caso Arabia Saudi, que tal ves este cerca del cambio de actitud debido a que ya no es tan firme aliado imperial, o desden absoluto, caso afgano.