Engaños coloridos

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Sor Juana Inés de la Cruz

Pilar Torres Anguiano

“Siempre he dicho que uno envejece más rápido en los retratos que en la vida real”.
Gabriel García Márquez, Doce cuentos peregrinos.

El otro día quería alcanzar un libro en la parte más lejana del librero. De puntillas, me estiré lo más que pude, como cuando era niña y quería llegar hasta las galletas de la alacena. Mi falta de pericia hizo que Los pilares de la tierra me cayeran encima. Ni siquiera era el libro que quería. Y todo por no ir por un banquito. Las más de mil páginas de una de mis novelas favoritas sacudieron un poco mis ideas. En lo que me reponía del golpe, volví a ojearla y también a hojearla. La novela gira en torno a la construcción de una gran catedral gótica en la edad media, y a los negocios, conflictos y guerras de vanidades que involucraba una obra de esa magnitud. Alguna vez la comentamos en clase mis alumnos y yo. Reí recordando el comentario de uno de mis millennials con respecto al personaje del Obispo Walderan: “ese era un güey que se creía hecho a mano, miss”.

En efecto, aquel personaje estaba motivado por la vanidad, como en mayor o menor medida también lo están las grandes obras de la humanidad, tanto las reales como las ficticias. Es lógico, somos mortales y al mismo tiempo creados a imagen y semejanza de un ser supremo (seamos o no creyentes, nos comportamos como hechos a mano). En El caminante y su sombra Nietzsche señala que quien niega su propia vanidad suele poseerla en forma tan brutal, que debe cerrar los ojos para no despreciarse a sí mismo.

Hablando de grandes templos y grandes vanidades, tenemos el caso del templo de Artemisa que estaba ubicado en la antigua ciudad de Éfeso. Se dice que su construcción tardó casi dos siglos y se considera una de las siete maravillas del mundo antiguo. El templo fue destruido por un incendio provocado por alguien que únicamente quería ser famoso y lograr que se hablara de él por siempre.  Los efesios, por su parte, respondieron al ultraje prohibiendo mencionar el nombre del agresor para no darle el gusto.

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Ah, la vanidad, mi pecado favorito, dice Satanás, o al menos así lo dice aquél que fue interpretado por Al Pacino en El Abogado del Diablo al final de la película, cuando el protagonista no terminaba de salir de la trampa de su propio ego, para entrar en otra. Y es que, teológicamente, podría decirse que la vanidad es en potencia todos los demás pecados. Moralmente, tiene la posibilidad de disfrazarse y hacerse pasar fácilmente por grandes virtudes; además pareciera contener el secreto de la inmortalidad, de la adaptabilidad y de la mutación.

A propósito de personificaciones del mal, recuerdo otro ejemplo: en su momento, Marcial Maciel se las arregló para que en algunas misas celebradas en su orden religiosa, los asistentes incluyeran en las peticiones, que Dios les otorgara más santos en vida, ‘como nuestro padre fundador’. Es verdad que acabo de mencionar un caso extremo y patológico, pero que tal vez –incluso ese– comenzó con alguna buena intención de alguien. Y es que, en cuanto a sus alcances, la vanidad es perfecta. Puede colarse por cualquier rincón de la vida cotidiana y puede colgarse de cualquier oportunidad: de la erudición de una científica, de la habilidad de una empresaria, de la sensibilidad de una artista, del prestigio de un periodista, incluso de la bondad de un filántropo o de la genialidad de un escritor, de las buenas intenciones de un político.

En ese sentido, son destacables lo que Freud llamaba, los tres grandes golpes al narcisismo colectivo y a la vanidad humana: La revolución copernicana al demostrar que no somos el centro del universo; el evolucionismo, que demostró que la humanidad no es la joya de la creación, sino el eslabón de una cadena; y el psicoanálisis, al mostrarnos que nuestra conducta está determinada en gran medida por procesos inconscientes.

Personal o colectiva, no debe ser fácil someter la vanidad a la realidad. Sor Juana lo sabía y en medio de su genialidad, tomando distancia entre su esencia y su célebre retrato, nos habla de cómo los sentidos son burlados por algo superficial que embellece en apariencia lo que el tiempo desmiente.

Este que ves, engaño colorido,
que, del arte ostentando los primores,
con falsos silogismos de colores
es cauteloso engaño del sentido;
éste, en quien la lisonja ha pretendido
excusar de los años los horrores,
y venciendo del tiempo los rigores
triunfar de la vejez y del olvido,
es un vano artificio del cuidado,
es una flor al viento delicada,
es un resguardo inútil para el hado:
es una necia diligencia errada,
es un afán caduco y, bien mirado,
es cadáver, es polvo, es sombra, es nada

Sería bueno tener en cuenta la reflexión de Sor Juana mientras buscamos la selfie perfecta para las redes sociales, cual Kardashians en Instagram, porque de alguna manera, desde el momento en que se tomó la foto en cuestión, nos convertimos en algo distinto de lo que realmente somos. Al menos, seamos conscientes de ello.

Por cierto, el libro que buscaba en la parte de arriba del estante era el tomo I de las obras de Sor Juana, editadas por el Fondo de Cultura Económica, que contiene su lírica personal. Entre sus 640 páginas, además del célebre soneto, encontré envolturas de chocolates (esas de papel metálico de colores) que me gusta dejar de recuerdo y de adorno en mis libros, como me enseñó mi abuela. Estoy segura de que soy la única de sus descendientes que lo hace. También encontré una simpática y muy antigua foto con mis amigos de la universidad. Nos vemos alegres, unidos y desmadrosos, como suelen verse los jóvenes en sus fotos. Volví a guardar el libro junto con sus hallazgos, buscando triunfar de la vejez y del olvido, en una necia diligencia errada. Porque eso sí, a propósito de la vanidad, nunca subiré esa foto a facebook. Salgo horrible.

@vasconceliana

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