El autoritarismo vuelto costumbre. Autor: Ignacio Betancourt

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Marcha del 2 de octubre
Marcha el 2 de octubre de 2011 en la Ciudad de México.

Se habla de fechas, de un día en especial, de un terrible 2 de octubre en la plaza de Tlatelolco de la Ciudad de México, la memoria de una matazón en una lamentable y lluviosa tarde, la memoria del crimen de Estado. La utilización que un sujeto nombrado Gustavo cuyos apellidos fueron Díaz Ordaz, realizó (con su secretario de Gobernación) ordenando al ejército una masacre contra la población inerme que se había reunido para manifestarse contra el autoritarismo atroz de un mal Gobierno, según esto omnipresente y omnisapiente. Era secreta e intangible tan nefasta autoridad, reconocible más por el resultado mortal de su actuar a nombre de un país cuyo nombre, a ratos, sería mejor no recordar.

Sin embargo, no se trata de sólo una fecha o de un acontecimiento trágico, se trata simplemente de la continuidad de una actitud arrogante y criminal del poder político y de una creciente indignación popular contra un autoritarismo cada vez más desvergonzado, que al paso de los años se volvió fatalidad aparentemente ineludible. Una manera de ser vuelta costumbre, convertida en destino nacional a través de los siglos. Por ejemplo aún hoy se desconoce el número de asesinados ese 2 de octubre en Tlatelolco, entre doscientos y trescientos dicen los estudiosos. Según el Gobierno no pasó de treinta, cual si las cifras anularan los asesinatos. Fue el cambio cultural de un país, iniciando con la sangre de una población digna y contestataria. Somos dados a mirar la realidad como nacida del instante en el que ocurre, cuando el acontecimiento sólo es la consecuencia de procesos a veces de siglos. El 2 de octubre no nació un dos de octubre, se había venido gestando desde hacía algún tiempo, especialmente debido al enraizamiento de un autoritarismo cada vez más evidente en todos los resquicios de la cotidianeidad (por ello fue heroica la participación estudiantil y popular). Desde la familia con el machismo paternalista del llamado jefe de la misma hasta el llamado presidencialismo habían fracasado, pues no lograron la  condensación de una supuesta sabiduría social en la conducción de un país que debido a los propios yerros y su grotesca manipulación lo condujo a la más cínica de las depredaciones por parte del poder político. ¿Qué opinan los viejos de hoy? ¿y los jóvenes?

Pero además existe otra vertiente menos espectacular, cuya gravedad radica en ser aparentemente omisa ante los problemas sociales. Simplificando caricaturescamente la realidad, se oculta o disimula la colaboración por lo general discreta de una parte de los pobladores, quienes por intereses personales, engaños o franca coincidencia ideológica con los depredadores, contribuyen a la consolidación de los peores autoritarismos. Dime con quién andas y te diré quién eres, podríamos decir frente a realidades tan atroces.

Somos siempre, individual o colectivamente, una continuidad ineludible, una cadena de hechos íntimamente relacionados aunque no siempre evidentes, y por lo tanto como ciudadanos somos promotores, cómplices (u oponentes) de cuanto ocurra. La disposición “popular” al contribuir de las maneras más insospechadas, a veces con los peores personajes, es una mala tradición que ha contribuido al atraso de los pueblos y a la pérdida de oportunidades de cambio social. Nunca han sido suficientes las buenas intenciones.

La diversidad implica riesgos, por supuesto, aunque dada su implícita riqueza siempre valdrá la pena intentarla. Simplemente habría que tener más cuidado con los buenos  modales de la ciudadanía pues cualquier pluralidad contiene sorpresas. “Todo es posible en la paz” (su paz), ya lo decía don Gustavo Díaz Ordaz.

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