El asesinato de la realidad. Autora: Emma Rubio

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Baudrillard dice: “Esto es la ilusión de un crimen, del asesinato de la realidad y del exterminio de una ilusión, la ilusión vital, la ilusión radical del mundo”[1]. Sí, hemos asesinado a la realidad, hemos traicionado el secreto del mundo a través de las huellas de la inexistencia. Pues es en la apariencia, en la simulación e incluso en la indiferencia que todos nos volvemos asesinos de la realidad. Vivimos en una ilusión del mundo. Como bien decía Heidegger en su obra de 1927, vivimos bajo la dictadura del “se” en la que se dice, se piensa, se hace.

Aquí es donde cabe su cuestionamiento filosófico: ¿Por qué el ser y no la nada? ¿Por qué existe la realidad en lugar de nada si somos mera simulación? En palabras de Baudrillard, “la ausencia de las cosas por sí mismas, el hecho de que no se produzcan a pesar de lo que parezca, el hecho de que todo se esconda detrás de su propia apariencia y que, por tanto, no sea jamás idéntico a sí mismo, es la ilusión material del mundo”[2]. En efecto, somos lo que hemos imaginado que seríamos, es una especie de juego de realidades en las que se difumina la verdad.

En mi labor como ser humano, tengo que estar en contacto con los demás seres y es de llamar la atención la poca conciencia de sí mismas que tienen las personas. No hace mucho, impartí una clase sobre Albert Camus y su filosofía del absurdo, teniendo como problema filosófico la cuestión del suicidio y comparto con el pensador argelino la idea de que el suicidio es el problema filosófico por antonomasia pues es precisamente el tema de la muerte la que nos conduce a la vida. Asumir que de cualquier modo moriremos, es un acto que nos lleva a una gran liberación. El saber que tenemos la decisión de seguir viviendo pese a lo que implica la vida con sufrimiento y dolor, es un acto de rebeldía. No darse la muerte por propia mano teniendo la conciencia de que es una posibilidad es en el pensamiento de Camus la liberación de la esclavitud. Sin embargo, hoy día son pocos los que se detienen a pensar en la existencia misma. La sociedad habita el mundo en este ejercicio de la simulación, ya ni siquiera hay un horizonte de la misma, parafraseando a Baudrillard; vivimos en un mundo en el cual, la función más elevada del signo ha sido la de desaparecer la realidad y a la vez, enmascarar la desaparición de la realidad[3]. ¿Qué significa esto? Que es tan profundo el juego de la simulación que no logramos distinguir a la realidad de la simulación y por tanto, la simulación termina siendo nuestra realidad. Las redes sociales (como ya lo mencioné en textos anteriores) son un ejemplo claro de esta disolución entre lo que somos, lo que debemos, y lo que queremos ser. Funesto el hecho de que no somos quien realmente somos desde lo más esencial de nuestro propio ser como lo dictaba el gran Píndaro: “Llega a ser el que eres”.

¿Qué nos ha llevado a tal dinámica simulatoria? Quizás la misma naturaleza del mundo, quizás si hubiese sido perfecto, el mundo se limitaría a no existir; y si acabara existiendo, dejaría simplemente de hacerlo. Es justo la esencia de un crimen perfecto, no dejar huellas. Por ello, lo que nos asegura la existencia del mundo es su carácter de accidentalidad, criminalidad e imperfección. No podemos proyectar en el mundo más orden o desorden del que ya hay, no podemos transformarlo más de lo que a sí mismo se transforma, es justo la debilidad de nuestra radicalidad histórica. Entonces ¿todos esos pensamientos de cambios, utopías revolucionarias, toda esa poética de la subversión resultan ingenuas ante la inestabilidad del mundo? Pensemos que no, que para ello es que tenemos la voluntad. Quizá no añadiremos nada a la nada del mundo pues formamos parte de ella. El exceso está en el mundo, no en nosotros. El mundo es lo excesivo, es lo soberano. Esto desde el pensamiento del pensador francés, nos previene de la ilusión de la voluntad, de la creencia y el deseo. De la ilusión metafísica de existir para algo y de hacer fracasar la continuación de la nada. Para Baudrillard la voluntad es una especie de prótesis que nos fue dada, sin embargo yo difiero, considero que la voluntad es esa especie de pulsión que nos hace ir más allá, que nos hace movernos en el plano existencial. Quizás sea una especie de contribución involuntaria a nuestro propio destino, un impulso tan grande que como decía Nietzsche, que por miedo a no desear nada, preferirá el deseo de la nada, convirtiéndose así, a través del despliegue de la voluntad sin objeto, en el agente más seguro de esa continuidad de la nada que es justo la prolongación del crimen original.

¿Es el mundo una ilusión radical? Es una mera hipótesis que nos plantea Baudrillard, de cualquier modo, es insoportable la idea y para conjurarla debemos darle fuerza a la realidad, hacerla existir y significarla, eliminar cualquier carácter de secreto, de accidentalidad, expulsar las apariencias, extraer desde lo más profundo su propio sentido, comprender que la simulación es una gigantesca empresa de desilusión, de ahí que no debemos apelar a la realidad sino a la ilusión.

Hay que devolver su fuerza y sentido radical a la ilusión, sacarla de la idea de ser una quimera que tan solo nos aleja de lo verdadero. La ilusión es indestructible, dice Baudrillard: “Lo que en la verdad sólo es verdad cae bajo el golpe de la ilusión. Lo que en la verdad supera la verdad depende de una ilusión superior. Sólo lo que excede la realidad puede superar la ilusión de la realidad”[4].

Sí, tal parece que me ha dado un lapsus de pensamiento positivo de ese que tanto me alejo por considerarlo un mero placebo mental, pero es mi desesperación ante un mundo de simulación, una simulación en la que las personas creen que existen en versión original, sin saber que sólo son una especie de caso especial del doblaje, una versión excepcional para los Happy few, bajo la mirada de una retransmisión instantánea de todos los acontecimientos (me aterro al ver en las redes sociales sus transmisiones en vivo) antes lo habríamos vivido como un control policial y hoy es tan sólo una promoción publicitaria del yo narcisista que permea en las mentes de la sociedad. Me preocupa darme cuenta de que ya no somos ni alienados ni desposeídos. Tenemos toda la información que queremos, ya no somos espectadores sino actores del performance llamado existencia como si un ser superior nos haya dado como compensación un simulacro de historia para hacer soportable a la humanidad su propia existencia. El pensamiento crítico también es víctima de esta lógica, se enrosca sobre sí mismo. Toda esta parafernalia no es más que el epifenómeno de la disolución de nuestra realidad como si los medios y lo virtual tuvieran una función clorofílica en nuestro ser. Kamper decía algo a cuento; decía que cuando el horizonte desaparece, se levanta el horizonte de la desaparición. El ser humano tal parece que no ha hecho conciencia de que no sólo la inteligencia artificial sino toda la tecnología ilustra el hecho de que detrás de sus dobles, prótesis, clones biológicos e imágenes virtuales el ser humano en realidad está aprovechando para desaparecer. Toda esta tecnología que pretende ser interactiva en su inicio, termina siendo una responsabilidad diferida. Posiblemente la intención original fue que el ser humano fuese más libre, sin embargo, parece ser que la libertad que se ha conseguido es la de la propia voluntad.

Lo triste de todo esto es que ante esta simulación, ya no sabemos qué hacer con el mundo real, ya no vemos la necesidad de ese residuo llamado existencia y al parecernos tan embarazoso hemos puesto lo real en paro técnico.

¿Qué hacemos con este desecho exponencial? ¿Lo relegamos al basurero de la historia? ¿Lo ponemos en órbita y lo mandamos al espacio? No será tan fácil (espero) liberarnos del cadáver de la realidad. He aquí nuestro crimen, todos somos asesinos de nuestra propia existencia y ha sido tan perfecto nuestro crimen que ni huella hemos dejado.La ilusión puede que nos haga resucitar a nuestro cadáver a través de la conciencia de sabernos mortales y que sólo de cara a la muerte es como podremos comprender que hemos habitado en la simulación de nosotros mismos, contribuyendo a la farsa y aniquilación de la realidad.

@Hadacosquillas


[1] BAUDRILLARD, Jean, El crimen perfecto. Ed. Anagrama. Barcelona 2009. P. 9.

[2] Íbid. P. 13

[3] Cfr. Ibid. P. 17

[4] Ibid. P. 34

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