El antimundo o la insurrección: reflexiones acerca de un porvenir. Autora: Emma Rubio

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Soy una mujer de la generación que vivió en el fin de la guerra fría hasta el comienzo de la guerra contra el terrorismo. Soy de ese 9 de noviembre de 1989 y del 11 de septiembre del 2001. Soy de la generación de ciudades “democráticas”, del triunfo de la libertad, soy nieta de Fukuyama y es así como el mundo se ha quedado solo en el mundo con sus mentiras y paradojas que le constituyen.

Bien lo dice Camille de Toledo que el triunfo de la democracia, la caída del muro de Berlín, el derribe de las Torres Gemelas son justo el combate de la libertad ante un oscurantismo. Se ha derrumbado la conciencia en esta orfandad del mundo.

Llevo conmigo a Cioran pues hay ocasiones que la falta de esperanza vale más que la desilusión, por ello, prefiero irme a habitar al antimundo que describe el autor francés, donde los valores se invierten de nuevo tras Nietzsche, tras la muerte de Dios, tras el hedonismo. Un mundo que apenas balbucea, un espacio, una lengua que aún se busca; donde se siguen gritando viejos lemas: “Democracia”, “Libertad” en política. “Transgresión” y “Banalidad” en el arte.[1] Soy habitante de ese antimundo en el que todos somos conocidos como los “Desesperados” que lloramos y como dice De Toledo: “Si alguien preguntase qué tiene por delante que los hace llorar en coro responderían (mos): Es una nostalgia, pero bien curiosa. No lloran por lo que dejó de ser, lo que desapareció, lo que se les queda atrás. En realidad, no es la nostalgia de un pasado que ya no es, sino la de un futuro que podría ser”.[2]

Un día me encontré parada en medio de una calle de la gran Ciudad de México, escuchaba a la multitud de voces, recibía mensajes uno tras otro en el móvil. En mi cabeza solamente retumbaban las palabras que alguna vez me inculcaron: “Todos son libres de elegir, de soñar, incluso, de rebelarse”, decido no ir a laborar y meterme a una sala de cine, la película resulta irrelevante, fue un mero pretexto para estar conmigo misma, comer palomitas y tan sólo pensar en cómo vivía como los otros millones de seres muy a mi pesar en la arquitectura de un Mundo Unido en donde “todo está dentro, nada afuera” en donde se dijo que “el capitalismo es el único régimen auténticamente revolucionario”. Desesperada, comienzo a buscar una respuesta dentro de mi mente, consciente de que pertenezco a un país tercermundista, recuerdo mi pasión por Trotski, mi encantamiento por la cultura punk y mi deseo por ser activa en la escena, demandar la injusticia social, mi enojo contra el sistema (cosas de juventud dirían en ese tiempo mis mayores), finalmente mi acto más revolucionario en ese entonces fue decidir estudiar filosofía.

Pero hoy después de algunos ayeres me cuestiono: ¿La indignación, la resistencia, la protesta, la revuelta, la insurrección, pertenecen al pasado? Hoy me siento asmática del alma como Camille.

Intento degustar los sabores del tiempo, soy testigo de dos derrumbes históricos, dos hitos que marcaron el futuro de la sociedad mundial, me volví adulta y ahora adulta, reclamo a los mayores por sus egos miserables, su liberación sexual, sus revoluciones fallidas, sus partidos, su historia que ya no quiero. Quiero una historia NUESTRA que se origine no de una protesta económica o de justicia sino de una causa bronquial. Protesta ante una asfixia ante un único sistema político, social y cultural. Camus nos pregunta en su gran obra de 1951 ¿qué es un hombre rebelde? Es un hombre que dice no pero no es un no de renuncia sino un hombre que dice sí desde su primer movimiento. Camus nos invita a pensar sobre el contenido de ese no, pero hoy ya no nos interesa tanto el contenido sino el por qué ya no tiene contenido ¿contra qué o quién decir no? Vivimos en una época en la que al parecer ya todo ha sido probado. Estoy hastiada y hay sinceridad en mi indignación, tanta que incluso cae en lo obsceno. ¿En qué momento se ha neutralizado la rebelión? ¿Acaso fue en la unión matrimonial entre democracia y liberalismo y de ahí no ha parado este porvenir macabro? Citando a Camille: “Prefiero concentrarme en el empleo vulgar y repetido de la expresión “Es el fin de la historia”. Hay que entenderla como lo hace un niño, por la noche, cuando se cierra el libro, la voz se calla, se apaga la luz y desaparece la sombra de quien nos acompaña en el sueño, dejando tras ella una frase dulce y amarga: “Duerman tranquilos”.[3] Sí, soy hija de este elogio fúnebre. Me han hecho creer que las independencias: pasadas, la alienación: superada, el punk: pasado, el rock: superado, el sindicalismo: superado, el comunismo: pasado, la modernidad: superada. Fukuyama lo presintió desde mediados de los años ochentas y hoy, nos regocijamos mutilando el porvenir, pues si, en efecto como escribió Dostoievski en Los hermanos Karamazov: “Si nada es verdadero, todo está permitido” entonces me encuentro ante el espíritu del fin, esta situación de asfixia que no permite que oxigene y me mantiene inmóvil. Soy viuda sin haberme casado.

Las guerras no han cesado, los muros no han dejado de construirse, principalmente los muros invisibles, las brechas entre clases no se disuelven sino al contrario se acrecientan. Falló su homogeneización social, fue un fiasco su unidimensionalidad. ¿Y ahora qué? Quizás como nos dice Godard en su film El elogio del amor “no existe el deber de recordar, sólo tenemos el derecho al olvido”. Pero si hay algo que justo no olvido es que tengo formación filosófica y por tanto, me considero con el deber de actuar. Considero que es momento de una insurrección, salgamos del encierro asfixiante del mundo, aspiremos libertad, demos vida y enterremos a esos cadáveres ideológicos que cargamos en la mente. Desmintamos al humanismo que sólo ha inducido al desplazamiento del deseo de justicia, que propone la práctica de la caridad en detrimento de la equidad, que pasa por alto las causas de injusticia, miseria y pobreza. Acabemos con ese humanismo que exime de cuestionar los modos de distribución o de producción, de reparto, de gestión de riquezas y bienes. Ese humanismo de simpatía aristotélica, conmiseración agustiniana, compasión spinozista o condolencia kantiana como bien dice Michel Onfray. Acabemos con ese humanismo que da vacaciones a la política, que desaparece la historia en pro de una interpretación de la realidad acorde a categorías antiguas. Evitar esa exaltación a Dios y divinización del hombre que solamente producen alienación, sometimiento, menoscabo de los individuos, asfixia. Propongo una insurrección, que nos fabriquemos prohibiciones imaginarias para comenzar a saborear los goces de la emancipación.

@hadacosquillas


[1] Cfr. TOLEDO, Camille. Punks de Boutique, confesiones de un joven a contracorriente. Almadía, México 2008.

[2] Íbid. P.17.

[3] Íbid. P. 38

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