Es evidente que sectores determinantes de la nomenclatura venezolana pactaron con EEUU para facilitar la extracción de Maduro.
José Reyes Doria| @jos_redo
Con su intervención militar en Venezuela, Estados Unidos hace manifiesta su determinación de recuperar la hegemonía mundial obtuvo en 1945. Durante décadas, su preponderancia coexistió con la desaparecida URSS, en un equilibrio basado en la aceptación tácita de que EEUU era la máxima potencia y los soviéticos jugaban el papel de retador y contrapeso, pero sin capacidad real de contener a los norteamericanos en coyunturas estratégicas. Durante esa guerra fría, se consolidó una versión del derecho internacional al que se sometían todos los países, excepto Estados Unidos en situaciones cruciales, y en menor grado la URSS.
Debido a una compleja combinación de factores, principalmente la emergencia de China como potencia planetaria con capacidad para desafiar la hegemonía estadounidense, hoy los Estados Unidos no son la potencia mundial de antes. Ejercer el papel de máximo poder internacional le cuesta cada vez más. La conciencia de tal situación y el ánimo de recuperar la supremacía global, es una certeza que permea el establishment gringo, no es una locura que se le haya ocurrido solo a Donald Trump.
El golpe a Venezuela indica que, más allá de la las contradicciones internas propias del sistema político gringo, EEUU tiene, como Imperio-Nación, la determinación de contener la expansión china y recuperar la hegemonía mundial. Así, el objetivo fundamental de la intervención en Venezuela ha sido precisamente hacer una demostración de poder sin Ley, a fin de enviar un mensaje contundente a todo el mundo respecto a sus pretensiones. La demostración de poder fue realmente apabullante. Venezuela no es un país menor, no es la Panamá de Noriega; tiene importantes estructuras de seguridad y control como para obstaculizar una operación como la que todos vimos.
Es evidente que sectores determinantes de la nomenclatura venezolana pactaron con EEUU para facilitar la extracción de Maduro. Pero, aun así, la operación requería el despliegue militar y tecnológico que, hoy por hoy, solo Estados Unidos tiene, pues requería que, en pocos minutos, se destruyeran en territorio venezolano instalaciones militares, fuentes de energía, vías de comunicación y demás infraestructura y recursos con capacidad de reacción que pudieran complicar seriamente la operación quirúrgica. Por lo demás, el hecho de que altos personajes de la élite chavista-madurista hayan contribuido de alguna forma con los militares gringos, no resta potencia a la operación, al contrario: ello hace patente que las fuerzas de inteligencia norteamericanas son capaces de imponer una colaboración de ese calibre.
En este contexto, puede observarse con mayor claridad que EEUU apuesta al poder desnudo, sin sutilezas legales ni discursivas, con el objetivo de expresar con la mayor estridencia que están dispuestos a todo para seguir siendo la máxima potencia mundial. Es claro el objetivo de lanzar una advertencia amenazante a toda América Latina, y desalentar cualquier intento de abrirle las puertas China y Rusia, los grandes adversarios de EEUU, sobre todo a China. Por su parte, chinos y rusos también son fuertemente interpelados con el golpe gringo en Venezuela. En términos de estrategia geopolítica, se trata de un posicionamiento que busca obligar a China y Rusia a definir posturas e intenciones.
Es interesante la idea que manejan diversos analistas, en el sentido de que EEUU estaría promoviendo un escenario mundial donde tengan preponderancia tres potencias: los propios Estados Unidos, China y Rusia. En este proyecto, cada una de las tres potencias tendrían reservada y respetada una zona de influencia: Rusia en Europa central, facilitándole el dominio en Ucrania; China en Asia, permitiéndole la consolidación de su dominio sobre Taiwán; en ambos casos EEUU cedería sus posiciones e intereses en Ucrania y Taiwán. En este reparto del botín, desde luego, Estados Unidos se quedaría como el amo del continente americano.
Esta especie de Triunvirato mundial, sin embargo, estaría plagado de múltiples condicionamientos. Porque Estados Unidos no se va a conformar con dominar solo América, pues es evidente que no renunciará a sus intereses e influencia en Medio Oriente y en Europa Occidental, ni en el Pacífico asiático. Del mismo modo, Rusia no tendría el camino allanado en Europa, pues, aunque obtuviera Ucrania, difícilmente podría condicionar a una Alemania que cada vez muestra más disposición a fortalecerse en todos los terrenos para enfrentar nuevos afanes expansionistas rusos; y éstos le tienen pavor histórico a los alemanes. En el caso de China, por más que sea una enorme potencia económica y comercial, le será muy difícil lidiar con una potencia como Japón o con una economía como la de Corea. Esto significa que ese Triunvirato planetario estaría sesgado en favor de EEUU, con la clara intención mostrada por Trump de que ellos sean el principal triunviro, con China en segundo lugar sin capacidad de desafiar a EEUU y Rusia en un lejano tercer lugar.
El golpe norteamericano contra Venezuela ha dado lugar a innumerables reflexiones desde múltiples enfoques. En este espacio, como se puede ver, nos enfocamos en lo que podría denominarse el poder sin Ley, la fuerza y la potencia política, económica y militar sin más, la realpolitik; porque así han sido los actos y los dichos de Trump y de la nomenclatura venezolana que colaboró en el golpe a Maduro. La fuerza como único fundamento, sin florituras alusivas a la legalidad, mucho menos a la legitimidad.
La propia figura del Triunvirato mundial, es decir el reparto descarado del mundo antes mencionado, es un tema incompatible con el derecho internacional. Hay quienes afirman que, con el golpe a Venezuela y la crudeza de su explicación por parte de EEUU, regresamos a la Era de la Fuerza en las relaciones internacionales. Me parece que es una reflexión muy acertada, que evoca coyunturas recientes o modernas como los momentos previos a la Primera y Segunda Guerras Mundiales, o al expansionismo napoleónico a principios del siglo XIX.
Sin embargo, habrá que remontarse a la Antigüedad griega y romana para encontrar referentes igualmente útiles al respecto. Por ejemplo, el historiador griego Tucídides (460-396 A.C.), con su teoría del derecho de la potencia imperial a dominar a los más débiles, desarrollada en su Historia de la Guerra del Peloponeso, en el apartado del Diálogo con los Melios. En la guerra final entre Atenas y Esparta, los atenienses sometieron ciudades libres para fortalecerse. Antes de atacar la isla de Melos, los atenienses enviaron embajadores a dialogar, buscando convencerlos de que reconocieran el hecho de que Atenas era un imperio abismalmente más fuerte y que a ambas partes convenía que los melios se sometieran incondicionalmente.
Los atenienses impusieron la condición de dialogar sin consideraciones morales ni alusiones a la justicia, pues esos conceptos carecen de practicidad en las relaciones de poder entre dos ciudades concretas como Atenas y Melos. Hasta nuestros días, Tucídides se sigue estudiando como referente teórico de la geopolítica.
Los romanos también desplegaron políticas de fuerza inapelable en su expansión imperial. Tenían, como los griegos, leyes e instituciones, pero en momentos cruciales imponían la potencia del poder militar y económico. Antes de una guerra proponían un acuerdo de paz, con todas las ventajas para Roma. Si los rivales aceptaban, Roma exigía, entre otras cosas, que el país les entregara rehenes como garantía de cumplimiento de los pactos; por lo general esos rehenes eran familiares del rey o el rey mismo. Pues bien, la presidenta interina que sustituye a Maduro, Delcy Rodríguez, dijo en su toma de posesión que EEUU tiene a Maduro y su esposa como rehenes y que eso era inaceptable. Lo que parece, como dijimos antes, es que la nomenclatura venezolana, incluida la propia Delcy, son quienes, como los galos ante Julio César, entregaron a su rey como rehén.
Finalmente, en materia de geopolítica, Tucídides estableció la teoría de que cuando una potencia emergente acumula poder para desafiar a otra potencia vigente, es inevitable una confrontación total que arrojará como resultado la aniquilación de una y la destrucción de la otra. Su ejemplo más célebre fue la guerra mortal donde Esparta aniquiló a Atenas. La gran pregunta que se impone con mayor interés luego del golpe norteamericano en Venezuela, es si, como dice Tucídides, se produzca una guerra total entre la potencia vigente, EEUU, y la potencia emergente, China. Imposible saberlo, no siempre se cumplió esa teoría: por ejemplo, no hubo guerra EEUU- URSS. Lo cierto es que países como México siempre pierden algo o mucho en estas coyunturas, con o sin guerra entre potencias.
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