CONTRAATAQUE. Autor: david pérez

david pérez | @davidperezglobal
Esta semana el fútbol volvió a exhibirse como lo que es, un campo de disputa. No sólo por lo que pasa en la cancha sino por quién tiene derecho a habitarla.
En Alemania, una mujer fue designada como directora técnica de un equipo masculino de primera división. Es la primera vez que ocurre en alguna de las cinco grandes ligas europeas. El dato se repitió como si fuera una curiosidad estadística, casi anecdótica. Pero no lo es. No es un detalle. Es una fisura en una estructura en un territorio exclusivo de los hombres.
En México, casi al mismo tiempo, el entrenador Sergio Bueno dijo en voz alta lo que muchos aún piensan en voz baja. Sus palabras hacia una árbitra no fueron un exabrupto aislado, fueron la expresión de una cultura. El insulto machista no es un error de carácter, no es la pasión del momento, no es una «simple» expresión de enojo, es una forma de marcar territorio. De recordar quién manda. De intentar devolver las cosas a su «orden».
Y sin embargo, en ese mismo contexto, la misma árbitra mexicana que recibió el insulto, se prepara para participar en el próximo Mundial. No llega como concesión ni como cuota simbólica. Llega porque su trabajo la ha colocado allí. Y como muestra de ello basta elegir de manera aleatoria un partido de una liga europea para darse cuenta que el nivel general de los árbitros es bastante pobre, tanto que ni siquiera se han podido adaptar a la herramienta del VAR. Pero su presencia, lejos de ser celebrada sin matices, sigue siendo leída por algunos como una anomalía.
Tres hechos. Tres escenas. Un mismo problema. Porque aquí no estamos discutiendo si las mujeres «pueden» estar en el fútbol masculino. Eso ya está resuelto en la práctica. Lo que está en juego es otra cosa, es si quienes han controlado históricamente ese espacio están dispuestos a cambiar. Y, sobre todo, cómo reaccionan cuando ya no pueden impedirlo.
El fútbol, como tantas otras instituciones, ha construido su identidad sobre una idea de masculinidad que no sólo excluye, sino que se defiende activamente de cualquier alteración. Por eso cada avance femenino no se vive como una evolución racional sino como una amenaza. Por eso la primera entrenadora no es sólo una entrenadora, es un desafío. Por eso la árbitra no es sólo una profesional, es una intrusa para quienes no conciben el juego sin la jerarquía de género que domina este deporte.
Aquí conviene desmontar la trampa de creer que estos casos son excepcionales y que, precisamente por eso, deben celebrarse como signos de progreso suficiente. No. Que sean excepcionales es el problema. Que sigan siendo noticia es el síntoma.
Porque mientras una mujer dirige en Alemania, en otros lugares se sigue cuestionando si debe hacerlo. Mientras una árbitra mexicana llega a un Mundial, en los estadios se siguen escuchando insultos por su condición de mujer.
La pregunta, entonces, no es si el fútbol está cambiando. Lo está. Las preguntas son en qué dirección está cambiando, a qué costo y quién paga esa factura. Por eso no basta con señalar a un entrenador por sus palabras. Eso es lo más fácil. Lo difícil es reconocer que esas palabras encuentran eco. Que no son una excepción, sino una continuidad. Que forman parte de una cultura que normaliza la exclusión y castiga a quien la desafía.
Lo que ocurre en las canchas, en los vestidores y en las transmisiones deportivas describe quiénes pueden ocupar el espacio público sin ser cuestionados y quiénes tienen que justificar constantemente su presencia. Por eso, la llegada de una entrenadora, el ascenso de una árbitra y el insulto de un entrenador no son hechos aislados. Son piezas de una forma de ser y de hacer.
Porque cada vez que una mujer entra al juego, no sólo ocupa un lugar, lo redefine. Y cada vez que alguien intenta expulsarla simbólicamente, deja en evidencia que el problema nunca fue su capacidad, sino el miedo a perder el control.

david pérez
Analista con formación en filosofía, historia, resolución de conflictos y derechos humanos. Ha sido columnista en El Siglo de Torreón, Grupo Reforma y Grupo Milenio. Dirigió el grupo de investigación en materia de derechos humanos del Mecanismo de Esclarecimiento Histórico que investigó las violaciones graves a los derechos humanos cometidas en el periodo de 1965 a 1990 en México. Actualmente conduce el podcast Pensar la Vida y dirige la editorial independiente Pacífico Global Media.
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