Ahora, o quién sabe cuándo. Autor: Ignacio Betancourt

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Sí. No es lo mismo ganar una elección con treinta millones de votos, que construir un gobierno en una sociedad de ciento veinte millones de habitantes entre los cuales se encuentran los dueños de las empresas (ellos se llaman a sí mismos dadores de empleo) quienes en realidad sólo están legalizando la explotación de millones de trabajadores. Se trata simplemente de transformar una realidad que durante siglos predominó, se trata de cambiar una manera de vivir que había sido normalizada por los propios explotados. No es fácil cambiar una cultura, se trata de manera general de modificar una manera de pensar.

Por algo la propuesta priista de Miguel de la Madrid, fracasó. Su llamada pomposamente “Renovación Moral de la Sociedad” se topó con la pared que sus propios correligionarios habían construido para perpetuarse. Los cambios internos de una población condicionada a la corrupción del “si mi jefe roba yo también puedo robar algo”, es tarea de mucho tiempo.

Las acciones del nuevo gobierno son tarea de cantidad de años pues la indignación de los ladrones afectados (principalmente dueños de medios de comunicación y sindicatos que sólo representaban los intereses de los explotadores) es mayúscula.

Sí. Alguien que durante generaciones ha ido heredando las raterías a la familia, se va a sentir profundamente “ofendido” con los cambios que ahora se plantean desde el centro del poder político.

Basta un botón para muestra: la actitud de la Confederación Patronal de la República Mexicana (Coparmex) quien a través de su presidente acusa al actual gobierno federal “del embate contra la Sociedad Civil y Organismos Autónomos”, razón por lo que lo llama a “respetar la autonomía desde un presidencialismo acotado”; así llama él a la lucha contra la corrupción de la cual se ha beneficiado durante décadas. Censura según sus muy particulares intereses la reducción presupuestal al Instituto Nacional Electoral (INE) y al Instituto Nacional de Estadística y Geografía (Inegi) pues supone que con ello los debilita. Además defiende de manera beligerante al encargado de la Comisión Reguladora de Energía (CRE), acusando al aparato estatal “de trabajar en servicio de intereses políticos particulares”.

El dirigente de los mayores explotadores de la población, considera que “es alarmante el discurso desde la Presidencia contra los órganos autónomos de la Sociedad Civil”. Y sin el menor sonrojo que su cínica actitud debería producirle, aún se atreve a acusar que “nuestro país no puede regresar al autoritarismo del siglo pasado (aunque ellos sigan explotando a los ciudadanos desde hace siglos) en que las voces opositoras eran disminuidas”. Y aún intenta volverse garante de una demanda (que muy probablemente no le corresponde), al afirmar que “En México debe seguir vigente el principio, de tanta sociedad como sea posible y tanto Gobierno como sea necesario.”

La mala costumbre de enriquecerse a costillas de los demás no desaparece de un sexenio a otro, habrá que reeducar a la población pero también a los grandes empresarios. En estos momentos de máxima tensión entre los explotadores de siempre y un gobierno que aspira a cambiar la realidad del país, solamente la participación decidida de una población harta de ser humillada podrá consolidar un intento inusitado y tal vez inesperado de cambiar la cotidianeidad de millones que casi se habían acostumbrado a ser engañados, o a sobrevivir de las migajas que los poderosos de siempre les concedían.

Ahora, o quién sabe cuándo, es el momento de la participación efectiva de las mayorías, pese a los yerros (y los aciertos) de un inexperto gobierno. ¿Seremos capaces de transformar a México entre todos?

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