Aforismos e imprudencias. Autora: Pilar Torres Anguiano

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Cantinflas, en ‘El padrecito’,

En política, la línea recta casi nunca es la distancia más cercana entre dos puntos.
Jesús Reyes Heroles.

Sábado doméstico. Trapeando la casa en lo que la lavadora termina el ciclo. En esos momentos uno enciende la tele para escucharla mientras sigue sus labores. ¿Qué pongo? Noticias, no. Recetas de cocina, no gracias. Programas de analistas que siguen comentando lo de la boda fifí y la portada del Hola, ya aburren. En otro canal están pasando El padrecito, de Cantinflas. Me la sé de memoria pero tengo que dejarle. Me pone de buenas y además me acuerdo de San Miguel de Allende, de la Iglesia de San Francisco y de que apenas ayer fue su fiesta patronal.

El Padre Damián, siempre barroco e imprudente, está a punto de confesar a un señor asustado, a quien le pregunta si ‘acá entre nos’ alguna vez ha robado, se ha echado a algún cristiano, o peor aún, si se ha metido en política. Cuando el feligrés responde que no, el padrecito respira aliviado y lo anima: si no te has metido en política, entonces tus pecados no han de ser tan graves. Este podría ser uno de los aforismos más arraigados en el inconsciente colectivo del mexicano promedio.

¿Habrá que ser un economista tecnócrata, un abogado positivista, un politólogo socialista, un intelectual idealista, un tuitero promedio o un influencer fifí  para entenderla mejor?

Ya en serio: ¿Eso de la política será un arte, una ciencia o una técnica? Para la filosofía clásica, la política estaba subordinada a la ética; pero a partir del siglo XVI –de sus maquiavelos, de sus reformas y de sus etcéteras– la concepción de la política comenzó a generalizarse como un ars gubernandi, lo cual implica que es por una parte ciencia y por otra virtud. En ese sentido, aquello que guía la política tendría que ser algo así como una estructura racional que se ubica a medio camino entre la sabiduría y la prudencia.

En un sentido tradicional, el ejercicio político se refiere a una actividad propia de personas que se supone deben ser experimentadas, sagaces y que conozcan los principios, métodos e historia de su profesión. Hoy en día, la política sigue siendo una práctica y una técnica cada vez más compleja y sofisticada. Los hombres y mujeres que se dedican a ella, actualmente están más preocupados por proyectar una imagen jovial, una forma de vida sana, atlética y de cercanía a la gente. Adoptan perros, andan en bici y son veganos (en México todavía no).

Sea cual sea el caso, hay temas y autores que nunca dejarán de ser vigentes, como es el caso de Baltazar Gracián, autor del siglo de oro español.

En su experiencia, el de la política es un mundo hostil y falaz en el cual las virtudes han cedido su paso a las apariencias. Es en ese contexto en el cual las buenas personas han de recuperar terreno para desenvolverse adecuadamente en ese mundo y buscar el bien común. Para ello la virtud de la prudencia es el arma indispensable.

Una de sus obras más importantes es Oráculo manual y arte de prudencia, una prosa didáctica de 1647 en la que, a pesar del estilo barroco, se adelanta a su tiempo y expresa su pensamiento en aforismos breves y contundentes, en lugar de grandes tratados. En ella afirma que algunos de los saberes necesarios para conducirse en la política son: saber hacerse a todos, saber vender, saber declinar a otro los males, saber soportar necios, saber pedir y saber olvidar.

Así, por ejemplo, nos enseña la importancia de la inteligencia práctica al decir que los muy sabios son fáciles de engañar, porque aunque saben lo extraordinario, ignoran lo ordinario del vivir, que es más preciso. […] ¿De qué sirve el saber si no es práctico?

Sorpresivamente, este autor barroco influye en pensadores fundamentales para la filosofía del siglo XX, como Nietzsche y Schopenhauer. Este último, por cierto, inclusivo aprendió español para traducir esta obra al alemán. Su pensamiento es de una vigencia asombrosa, tanto en la forma, como en el fondo. Algunos aseguran que Gracián podría considerarse el autor del primer libro de autoayuda.

Desde luego, no es para tanto, pero no les vendría nada mal a los influencers leer un poco a Baltasar Gracián. Tal vez ya no saldrían tantas campañitas lamentables, como esa de “orgullosamente indio” que inundó nuestras redes sociales esta semana. No les costaría trabajo. Podrían hacer de cuenta que están leyendo tuits. Sus aforismos cabrían en 280 caracteres. Y son concisos, no cantinflescos.

Pasó un largo rato. Se terminaron el padrecito y el ciclo de la lavadora. Ya tengo que tender la ropa o se va a arrugar… y no terminé de trapear. Me doy cuenta de que sucumbir a mis tentaciones no fue una decisión prudente. Ahora, a pagar las consecuencias.

Al menos, en mi pequeño universo, aquella no fue una decisión tan imprudente como la de salir en la portada de la revista más clasista, siendo uno de los hombres cercanos al presidente electo de un partido de izquierda. Debió saber que, a partir de hoy, todos lo recordarán por esa foto y esa boda fifí. No en vano, Jesús Reyes Heroles, un ávido lector de los aforismos de Gracián, afirmaba que en política la forma es fondo.

Termino con otro aforismo que nos será de mucha utilidad a todos y que también habría sido de mucha utilidad a los novios:

“Atención a no errar una, más que acertar cien. La censura popular no tendrá en cuenta las veces que se acierte, sino las que se falle. Los malos son más conocidos por murmuraciones que los buenos por aplausos. Todos los aciertos juntos no bastan para desmentir un solo y mínimo error”.

@vasconceliana

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